Aunque se hablaba de lo divino y lo humano, tres cosas azuzaban el nacionalismo de los discutidores: James Rodríguez, la situación de Venezuela y la emigración de estudiantes colombianos hacia Argentina, en constante crecimiento durante el último lustro.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Nada como un café céntrico para tomarle la temperatura a una ciudad, a un país o, en estos tiempos de conexión al instante, al planeta entero.

Por eso me siento al menos una vez por semana a escuchar esas conversaciones en las que, siguiendo la manida frase, un grupo de parroquianos se reúne “A arreglar el país”.

O a acabarlo de joder, depende desde donde se mire.

Por alguna razón durante mi última visita el ambiente patriotero andaba bastante inflamado.

Rezagos de la seguidilla de fiestas patrias en julio y agosto, tal vez.

Aunque se hablaba de lo divino y lo humano, tres cosas azuzaban el nacionalismo de los discutidores: James Rodríguez, la situación de Venezuela y la emigración de estudiantes colombianos hacia Argentina, en constante crecimiento durante el último lustro.

Me tomaría un catálogo entero relacionar la lista de insultos proferidos contra el entrenador francés de origen argelino Zinedine Zidane, admirado en estas tierras… hasta que decidió poner en el banco a James .

“Ese hijueputa siempre le tuvo inquina a James”, sentenció con tono bíblico un sesentón de pelo blanco, levantando su dedo índice hacia la concurrencia, que asintió con una copiosa salva de palabrotas.

Varios de ellos me miraron, a la espera mi aprobación, por lo que decidí fijar mi atención en el caminado de una belleza mulata que cruzaba la calle.

Como atendiendo a un llamado, todos volvieron la vista hacia esas piernas de fuego.

Esa fórmula siempre funciona.

Gracias a esa visión me salvé de un linchamiento verbal. Creo que James es un excelente jugador. 

Superlativo, si se quiere, en el contexto nacional.

Pero en una máquina de producir dinero como el Real Madrid, que se ha dado el lujo de desechar futbolistas mejores, el colombiano fue apenas un buen suplente.

Zidane actuó en consecuencia y por estas tierras no se lo perdonan.

Los regionalismos y nacionalismos son tan peligrosos por eso: enceguecen y no dejan ver las cosas en su justa dimensión.

Y eso, cuando se traslada al mundo de la política suele desatar fuerzas tenebrosas.

Échenle una mirada a un buen libro de Historia Universal y verán.

Entonces le correspondió el turno a Venezuela: todos los ocupantes del café pidieron golpe de estado contra Maduro, pero ya.

“Nos estamos llenando de venecos”, sentenció un hombre con pinta de abogado o algo así. Una decena de individuos se desató en aplausos.

De nuevo miré hacia la calle y mi Ángel de la Guarda, que nunca falla, envió en mi socorro a un anciano que hacía cabriolas con sus muletas.

Por lo visto, estos tipos olvidaron que hace apenas tres décadas Venezuela se llenó de colombianos que huían de la pobreza y la violencia.

Lo mismo que ahora, pero en dirección opuesta.

Les llegó la hora a los argentinos, por quienes profeso un afecto muy particular, empezando por Andrés Calamaro, Ernesto Sábato y Lionel Messi.

“Esas gonorreas nos tienen bronca a los colombianos”, gruñó un hombretón metido a la fuerza en una camiseta de esqueleto, o musculosa, como las llaman en el cono sur. Además exhibía en el antebrazo el tatuaje de un dragón en llamas.

Razones de sobra para ser prudentes.

Si estos ultranacionalistas se detuvieran a pensar un poco, encontrarían que las acciones de la policía se concentran -como es su obligación- en quienes llegan a ese país a delinquir.

Les he preguntado a un par de decenas de colombianos residentes en Argentina y nadie tiene motivos de queja.

Pero vaya explíquele eso a un especialista en mirarse el ombligo, que es, en últimas, la única gran pasión de los regionalistas y nacionalistas.

Incapaces de ver más allá de sus narices se refugian en la improbable perfección de lo vernáculo.

Y de paso arrojan al infierno a todo lo demás.

Por eso, he decidido emprender mi discreta retirada de este lugar.

Mi Ángel de la Guarda ha sido más que generoso por hoy. “No hay que abusar”, dice mi mamá Amelia.

Por una vez en la vida he decidido hacerle caso. 

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=2c26Cz1ngMw