HUGO-ANDRÉS-ARÉVALO-G-columna“…la inseguridad que amenazaba por igual la vida de todos los hombres acabó por unirlos en una sociedad que prohibió al individuo atentar contra sus semejantes”. Sigmund Freud, El malestar en la cultura.

Por: Hugo Andrés Arévalo González

La conocen como ‘La sucursal del cielo’, ‘la capital mundial de la salsa’, pero más allá de todos los eslóganes emotivos que se le diseñen y con los cuales la gente se apropie, hay que ver lo que es y lo que hay: una ciudad movida en general por el desinteresado o el desmemoriado que, con eventos como estos, pretende canalizar su angustia y su estrés de  vivir el día a día violento en una ciudad que pretende evolucionar a prisa y sin tener en cuenta las realidades de su ciudadanía.

Los inicios de cada año se dan generalmente con muchas personas que se inundan de pensamientos positivos, diciendo cosas similares a: “prometo ser una mejor persona; ahora sí cambio, y otros similares”, como si para cambiar lo malo o lo perjudicial siempre haya que esperar a que pase el tiempo. Si bien solo hay algunos días de diferencias entre el 2013 y el 2014, es preocupante el incremento en el número de asesinatos y desapariciones en la ciudad, ocasionadas sobre todo por las bandas criminales dedicadas al tráfico de drogas; también afectan otros tipos de violencia: luchas territoriales, violencia intrafamiliar, violencia juvenil, violencia contra la mujer, hurto, entre otros hechos. Este inicio es un abrebocas de lo que probablemente será el resto del año, y que con seguridad tendrá resultados por completo diferentes a un cambio de conciencia de aquellas personas que esperan el paso de ciertas fechas para poder pensar, reflexionar, denunciar y cambiar en lo que es necesario actuar desde ya.

Durante el primer semestre del 2013 se registró un aumento del 16 por ciento en homicidios. Las comunas donde se presentaron las muertes, se presentan con más detalle en esta infografía completa de El País de Cali, donde se comparan las fechas y las zonas, en comparación con el año 2012.

El 29 de octubre de 2013 el Secretario de Gobierno de Cali, Carlos José Holguín, informó que los índices de violencia habían aumentado en un 12 por ciento en relación al año 2012. Hasta esa fecha, 1.487 personas habían fallecido. En el 2004, los asesinatos superaban las 2 mil muertes anuales, y sin embargo los números siguen en aumento. En un reporte periodístico emitido por el portal Business Insider el 27 de noviembre del 2013,  aparecen las 25 ciudades más violentas del mundo, entre las cuales, la séptima es la ciudad de Santiago de Cali, con 79,27 muertes  por cada 100 mil habitantes (ver informe).

Aunque los datos muestran una cifra mortal pequeña en comparación con la cantidad de personas, lo que nos interesa como seres humanos es que no haya ningún homicidio más. En los primeros días de enero de 2014, Cali es considerada por segundo año consecutivo como la segunda ciudad más peligrosa del país, según Fabián Cardozo, Gestor de paz; el número total de crímenes del año pasado fue de 1.962. Es decir, hubo un aumento de 475 casos de personas asesinadas en menos de dos meses, sin contar el indescriptible sentimiento de inseguridad y vacío de los familiares afectados por los hechos.

Mientras que Colombia se baña en sangre, miseria y pobreza, debido a la lucha contra los distintos tipos de violencia que surgen  por la problemática de las drogas; pareciera que Estados Unidos se viera favorecido estratégicamente por sus políticas hipócritas impuestas al resto del mundo, esto es, porque debido a la división por estados de ése país, su autonomía para ejercer leyes según cada zona, hace que, por ejemplo, el consumo de drogas sea aceptado en ciertos sitios y en otros no, lo que deja ver su postura de doble moral, cuando en cabeza de su presidente, apoya y combate la lucha de las sustancias alucinógenas en Colombia. Esto se puede evidenciar con un reciente caso, donde se legalizó el consumo de marihuana para uso recreativo en los estados de Colorado y Washington (Ver noticia).

Según un análisis de la profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Massachusetts, Angélica Durán Martínez, Los homicidios en Cali no han causado la alarma que deberían, en gran parte, porque se trata de una violencia poco visible”, y esto se evidencia por ejemplo en los horrorosos casos de personas descuartizadas, algunas veces, policías. Estas noticias no salen generalmente en los medios locales, regionales o nacionales reconocidos. En este punto, de alguna manera, aquellos medios denominados “amarillistas”, tales como Q’hubo, son los que finalmente, y pese a todo, registran esta realidad. El silencio es preocupante ante la desgarradora noticia de los médicos que llaman a las familias de los asesinados cuando les dicen que vayan a reconocer qué parte de cuál cuerpo corresponde con la de su familiar, tal como sucede con los cadáveres que ingresan al Hospital Universitario del Valle (HUV) en la sección de Medicina Legal.

Entre el 31 de diciembre de 2013 y el 1 de enero de 2014, de los 60 heridos ingresados al HUV, solo tres casos fueron de personas lastimadas por el uso de la pólvora, otro factor no menos importante y urgente para solucionar (ver reporte). Al dos de enero, el número de afectados ya había llegado a 135. Las características mafiosas de las bandas o grupos que venden la pólvora, lucra a cerca de 25 mil familias que viven de ese negocio en todo el país (ver información). Si entendiéramos que un año que se acaba es simplemente un momento, y que celebrar con el fuego del espíritu el día a día, y disfrutarlo, es mucho más sano y eficaz que quemar el artificial como un espectáculo mafioso y grandilocuente. Podríamos ahorrarnos muchos problemas en general.

El principal factor que materializa la violencia, más allá de la desigualdad y la voluntad para realizar el acto, es la intervención violenta con armas de fuego. Matar a una persona sin una de ellas sería más difícil, porque la víctima huiría y la comunidad podría reaccionar contra el agresor. Sin embargo, lejos de esta visión ideal, la realidad es otra y no menos preocupante: ya se habla del ‘Carrusel de las armas’ (ver noticia completa). La Fiscalía adelanta un proceso de investigación en la Tercera Brigada del Ejército en Cali, donde a la fecha, de las mil armas registradas  e investigadas, se perdió la mitad. El total de armas a revisar por la Fiscalía son 16 mil, y se teme que en una ciudad golpeada por distintos tipos de violencia, los muertos sean más y la inseguridad crezca, fortaleciendo así el temor cíclico de que para tener seguridad, como en el país hipócrita por excelencia, Estados Unidos, haya que tener siempre un arma en el bolsillo.

La solución de la violencia en Cali no le compete sólo al Alcalde de Cali, sino a la ciudadanía. Se requiere una ciudadanía más atenta y que denuncie los hechos, que deje el miedo a hablar. Por otro lado, se requiere una profunda reestructuración política, social, económica y educativa: dar la seguridad necesaria a los ciudadanos que denuncien mientras los cambios políticos, económicos y sociales vayan siendo aplicados de manera eficaz. La política tiene que ser más social, lo que implica que debe haber también una regulación económica por parte del Estado. También educativa: entre menos se eduque para el mercado, no habrá necesidad de consumir cosas que realmente no se necesitan, entre eso, la otra cara de  las celebraciones navideñas que generalmente la gente no ve: restos de contaminación por los desechos de basura de los regalos, la pólvora que se quema y contamina el aire y el agua, y otras muchas imposturas sociales que sobran, cuya eliminación nos quitarían tanto peso material y nos darían un mejor bienestar personal y espiritual.