Jhonattan ArredondoGRío de cadáveres, de neumáticos, de guaduas, de cañabrava, de matarratón, de aguamalas, de los sauces y de los antiguos indígenas que antes poblaban estas cálidas tierras.

Por: Jhonattan Arredondo Grisales.

Despierto y observo a la ciudad de los desesperados. Mis ojos saltan a la vista de un pequeño pueblo, uno que lleva sobre su espalda el carácter y el furor de mil demonios. Un pueblito que llora y se lamenta por su hija más cercana; aquella morena, amante de la noche, bohemia y delirante que un día no soportó más al ardiente sol que golpeaba su cabeza y sin pensarlo mucho, se marchó; se fue con las zancadas del tiempo y poco a poco se tornó próspera, deseada e igual de corrupta que su madre.

Más acá, veo al río La Vieja; sus aguas traen toda la “suciedad” de sus vecinos más cercanos: el río Otún, el río Consota y del río Barbas, que no se queda atrás; todas estas “aguas” se entremezclan formando una extraña mezcolanza que luego desembocará en el río Cauca, el río de las magdalenas. También, sobre estas aguas, navegan los areneros que entregan su vida y sus familias a las canoas, a unas tristes y nobles canoas (pequeñas embarcaciones de los sueños); encargadas éstas de sujetar sus dramas a las rústicas tablas que las componen. Nubecitas sobre el agua que le brindan el sustento y el ánimo a las casitas de cartón que se encuentran pasivas y a la espera sobre las riberas del río.

Así mismo, estas aguas se convierten en la excusa perfecta para el divertimento, hay que ver a un chico saltando desde un árbol para zambullirse como un alcatraz que caza sardinas. Éste es el río del sancocho, del bronceo, de las gafas de sol, de los enamorados, de la familia, de los amigos y de las riñas que no han de faltar en este pueblito. Río de cadáveres, de neumáticos, de guaduas, de cañabrava, de matarratón, de aguamalas, de los sauces y de los antiguos indígenas que antes poblaban estas cálidas tierras.

Desde mi balcón alcanzo a ver el pene de la catedral, el barrio La Loma de la Virgen, La Arenera, La Platanera, el barrio Bella Vista (cuna de sicarios), el Conservatorio Pedro Morales Pino (viaje para los oídos), la zona rosa…Veo los samanes, una fábrica que quiere quemar el cielo (Papeles Nacionales S.A), el puente Bolívar y veo pestañeando al sol que se posa al frente con sus rayos centelleantes, rayos que le causan pavor a los techos de zinc; techos que, cuando el sol se encuentra en su punto más alto, sueñan en convertirse en peces.

Aquí, en Cartago, en este extraño lugar; el sol siempre amanece de buenas pulgas, sus rayos, igual a los de Zeus, caen implacables sobre los extensos cañaduzales del norte del Valle. ¡Ay Cartaguito! ¡Qué sol más bello ilumina tus días! ¡Cómo se regocijan tus arados! Tu sol es uno radiante de alegría, es el pálpito de un ferviente enamorado, su calor: abrasador y extenuante, una intensa fogata, una caldera que quiere dejarlo todo en cenizas, en polvo. Rayitos de luz que caen sobre un enjambre de abejas, de abejas africanas. Hilitos dorados que golpean a los vagabundos que transitan por las calles (La Estación). Luz que despierta a los demonios y su deseo de matar, de aniquilar, de no dejar rastro bueno sobre sus calles y sobre los corazones. Fuerte sol que le brinda claridad a los rostros que transitan en la memoria. Esperanza para la ciudad de los desesperados.