Cenizas de revoluciones

El curso de los acontecimientos no contribuyó a aclarar las cosas: tras alcanzar su cota máxima en 1971 y 1972, las protestas empezaron a declinar. Los intelectuales, llamados a arrojar luz sobre los hechos, andaban más ocupados en ajustar sus discursos a  las ortodoxias ideológicas globales que en pensar su propio país.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

De la aldea al planeta

Precisar en detalle los acontecimientos locales para establecer su relación con hechos universales es el propósito de muchos historiadores.

Solo de esa manera es posible identificar los elementos comunes y las diferencias que, cada uno a su manera, marcan el devenir de una sociedad.

Por distintas razones, la década del sesenta del siglo anterior ha sido abordada por muchos investigadores como un punto de quiebre en la política, la sociedad y la cultura al menos en lo que corresponde al mundo occidental.

Pero no siempre los estudios se ocupan de indagar en las raíces recientes y remotas de una sucesión de eventos que tuvieron en el célebre mayo francés del 68 su punto más alto, al menos a nivel simbólico.

En el caso de Colombia esa década transcurrió sobre tres grandes líneas: los gobiernos del Frente Nacional, el surgimiento de las guerrillas de corte comunista influenciadas por la Revolución cubana y la irrupción de grandes transformaciones culturales que, en muchos sentidos, crearon las bases para una protesta estudiantil que alcanzó su máxima intensidad en 1971, durante el gobierno  del conservador Misael Pastrana Borrero.

Y decimos protesta estudiantil porque no resulta claro si el estudiantado colombiano alcanzó de veras a forjar un movimiento organizado, con unos propósitos y un enfoque definido acerca de cuáles eran sus propios intereses y cuál su papel en una sociedad  que vivía su tránsito de lo rural a lo urbano de una manera caótica y violenta.

Es en ese terreno donde el historiador Álvaro Acevedo Tarazona se plantea sus preguntas sobre lo que significó esa época para la Historia de Colombia, interrogantes que trata de resolver a lo largo de las casi setecientas páginas de su libro 1968 Historia de un acontecimiento.

Una obra de tan vasto alcance precisa  de una estructura que le permita transitar todo el tiempo un camino de ida y vuelta sin perderse en el intento.

Por eso el profesor Tarazona plantea su trabajo como un debate entre distintos momentos de la historia nacional y universal, de modo que al tirar  de un determinado hilo pueda identificar sus repercusiones cercanas o remotas para situarse en el devenir de unos hechos que a veces se antojan simple consecuencia de lo acontecido en otros lados, y a veces parecen ser de veras el germen de grandes transformaciones en  el ámbito nacional.

Si de lo que se trata es de situar las protestas de los estudiantes colombianos en un contexto más amplio, resulta indispensable remitirse a los grandes movimientos desencadenados en países como Argentina, México y Brasil.

Las luchas de los estudiantes en Córdoba  durante la segunda década del siglo XX, la matanza perpetrada en la llamada Noche  de Tlatelolco en 1968 y  el papel jugado por los universitarios brasileros en las grandes reformas sociales y la posterior reacción de las dictadores, nos ubican en un territorio que ayuda a entender la temprana presencia del estudiantado colombiano en momentos tan significativos como la masacre de las bananeras, la dictadura de Rojas Pinillla y las reformas al sistema educativo implantadas en consonancia con los intereses norteamericanos durante el Frente Nacional.

 

La revolución que no fue

Corrían los tiempos de la Guerra Fría. Los satélites de Estados Unidos y la Unión Soviética se alineaban en dos bandos solo en apariencia monolíticos. Habían transcurrido veinte años desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los hijos de quienes habían muerto o habían padecido los horrores de esa confrontación tenían razones de sobra para desconfiar de sus mayores. De paso, habían leído a Marx, a Freud y a Sartre. Por lo tanto, tenían una mirada distinta  acerca de la política, el sexo y la sociedad.

Entre la ansiedad y el hastío se incubaba  un profundo malestar. Y fue en el país de la Revolución Francesa, con sus promesas siempre aplazadas de libertad, igualdad y fraternidad donde estalló una revuelta que parecía capaz de ponerlo todo cabeza abajo.

Pero al final fue solo eso: un parecer.

Los resultados de ese intento han sido documentados hasta el mito. Y el libro de Álvaro Acevedo Tarazona se encarga de explorar sus incidencias en un país en el que gobernaba Carlos Lleras Restrepo, un liberal ortodoxo que intentaba emprender medidas capaces de brindarles opciones a unos habitantes recién instalados en las ciudades, que demandaban, entre otras cosas, más y mejores servicios de educación.

Fue en ese punto donde un sector del estudiantado colombiano -por reflexión o por inercia- se inspiró en algunas de las prácticas del mayo francés del 68 y de movimientos similares en Italia y Alemania.

Solo que el modelo estaba soportado en una revolución que no fue.

Justo cuando los ecos del 68 languidecían en todas partes, las protestas estudiantiles se hicieron fuertes en Colombia.

¿Las razones? Los gobiernos de Lleras Restrepo y Pastrana Borrero intentaban implantar un modelo educativo que priorizara las demandas de un mercado que exigía profesionales y técnicos para un sector industrial que intentaba consolidarse en medio de grandes cambios a nivel internacional.

Estudiantes y profesores se plantaron contra esas reformas en instituciones públicas como la Universidad Nacional, la Universidad de Antioquia, la Universidad del Valle, la Universidad Pedagógica Nacional y la Universidad Industrial de Santander.

A tono con los tiempos, varias universidades privadas también se alzaron frente a las reformas oficiales.

En el camino, algunos líderes estudiantiles se planteaban la necesidad de tejer vínculos con los movimientos sociales de obreros y campesinos.

Mientras eso sucedía, los jóvenes confrontaban el mundo de los mayores y lograban de paso grandes cambios en aspectos tan esenciales como el sexo, el aborto, el rol de las mujeres y la estructura familiar.

A estas alturas, el libro del profesor Tarazona desliza otra pregunta: ¿Existía en realidad un movimiento estudiantil con visos de coherencia, o se trataba apenas  de respuestas coyunturales a una situación de emergencia?

El curso de los acontecimientos no contribuyó a aclarar las cosas: tras alcanzar su cota máxima en 1971 y 1972, las protestas empezaron a declinar. Los intelectuales, llamados a arrojar luz sobre los hechos, andaban más ocupados en ajustar sus discursos a  las ortodoxias ideológicas globales que en pensar su propio país.

 

Entre libros y revistas

En busca de algunas claves  para entender esa parte de nuestra historia, el profesor Acevedo Tarazona se sumerge en los archivos de instituciones públicas, universidades y medios de comunicación.

Allí encuentra que los sectores políticos de izquierda han alimentado un permanente y muchas veces disperso debate sobre lo que, de manera un tanto vaga, se ha dado en llamar realidad nacional. Una realidad hecha más de sospechas que de certezas y más anclada en el prejuicio y el dogma que en el análisis.

Por eso mismo, en un alto número de esas publicaciones el investigador encuentra más ideología que pensamiento, lo que no contribuye a esclarecer los factores que, en gran medida, definirían el rumbo de la educación y de la sociedad colombiana en las décadas siguientes.

Basado en un amplio catálogo de fuentes nacionales y extranjeras, así como en una rigurosa pesquisa en bibliotecas y fuentes documentales, el libro 1968, Historia de un acontecimiento nos ofrece una mirada en detalle y a la vez una perspectiva global de lo que significó la década del sesenta como punto de llegada y de partida para grandes cambios en occidente, al tiempo que ubica las protestas de los estudiantes y profesores colombianos en relación con esos fenómenos y con las crisis experimentadas  por un país anclado entre el feudalismo y la modernidad.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada