Hoy tuve tiempo y almorcé en casa, estaba nuevamente en la cocina, bebiendo una copa de vino, cuando entró de nuevo el perro con expresión de querer decirme algo. Esta vez me adelanté a él y di un par de ladridos muy convincentes.

 

Por: Camilo Villegas

Anoche fui a casa de mi madre y mientras esperaba la cena, cogí un yogur de la nevera, me lo tomé intentando establecer una reflexión profunda sobre su fecha de caducidad (26/10/2019). Me parece excelente que se imprima esa información en la tapa. Constituye un síntoma de que Colombia es un país avanzado. ¿Pero será aquel pensamiento sobre la fecha de caducidad una reflexión filosófica?

Mientras analizaba el anterior cuestionamiento, de la nada entró el perro a la cocina y me preguntó si me iba a fumar el Marlboro de las 8:00 pm para de paso él poder salir al parque conmigo. No le contesté porque, sabiendo como sé que los perros no hablan, deduje que aquello sólo podía ser una alucinación auditiva, producto del hambre o de un sueño nada reparador. Por eso, se me heló la sangre en las venas (¿en dónde si no?) cuando mi mamá, que estaba en su habitación viendo la tele, me preguntó: Cami, con quién hablas. Con nadie mamá, balbuceé intentando ocultar mi consternación. Pues si no te importa hazlo en voz baja, añadió ella.

Permanecí unos minutos observando atónito al perro y luego continué tomándome el yogurt como si no hubiera pasado nada (a partir de cierta edad, los sucesos sin explicación se multiplican como hongos).

Hoy tuve tiempo y almorcé en casa, estaba nuevamente en la cocina, bebiendo una copa de vino, cuando entró de nuevo el perro con expresión de querer decirme algo. Esta vez me adelanté a él y di un par de ladridos muy convincentes. ¿Por qué ladra el perro?, preguntó mi mamá. Porque quiere salir, dije, es su hora. Pues sácalo, dijo ella. Le puse la correa, nos fuimos a la calle y estuvimos una hora hablando de Nietzsche sin levantar sospechas.