ABELARDOFlaco favor le hacen al sector cultural acciones colectivas de este tipo, cuando la percepción de varias de las personas que luego consulté, y que han estado allí en diferentes fechas, es esa: la de absoluta descoordinación y desperdicio de recursos.

 

Por: Abelardo Gómez Molina

La ciudad es un espacio inherente al habitante de este siglo. En ella trascurre el día a día de miles de millones de personas. De hecho, los llamados citadinos somos la mayor parte de la población mundial desde hace lustros, mientras el campo queda despoblado.

Esta dinámica hace que pensar la ciudad, tomarla, hacerla propia en todos sus espacios, incluidos aquellos que en el pasado señalaban como “territorios de miedo”, me parece lo más sano. Alabable, además, que esta iniciativa nazca de la fusión de colectivos que tienen múltiples visiones respecto de la ciudad, a Pereira, en este caso.

Por eso saludo y aplaudo iniciativas como Ciudad_Es, que sobre el papel parecen lo más sensato. No hay reparo alguno a propuestas que suman la experiencia y visión de “40 colectivos”, según escucho de los organizadores. Pero otra cosa es lo que se vivencia y escucha por parte de quienes asisten al Parque Olaya Herrera.

Asistí como forista de Ciudad_Es el anterior jueves de agosto, por invitación de uno de los organizadores de tal encuentro colectivo. Desde semanas antes me informó si podía participar interviniendo en un foro sobre derechos humanos, al cual también estaban invitados un director de cine y una representante de la “Ruta pacífica de mujeres”. Di con gusto el sí, solo pedí que acordáramos el momento y tiempo de participación, pues inicialmente me habló de tres horas.

Seleccionada la fecha y restringido el tiempo de participación a dos horas, pregunté luego sobre el tema particular, pues “derechos humanos” es un asunto amplio, con muchas ramificaciones. Allí tuve la primera sorpresa: pasaron varios días sin respuesta hasta que por fin recibí una debido a mi insistencia: “derechos humanos”, reiteró. Quien me invitó solo agregó que se exhibirían unos documentales y luego habría discusión sobre ellos. Apenas quedó respirar y repasar algunos conceptos y nuevos asuntos sobre el tema, con la esperanza de no ser tomado como un improvisador.

Llegué a la hora en punto que había anunciado y luego de un breve saludo protocolario se me asignó un puesto en una mesa donde estaba otra de las invitadas. Vimos el documental, al cual le prestaba atención apenas una docena de los presentes.

La gran mayoría del público ubicado en el parque daba la espalda a lo exhibido, mientras se dedicaban a beber, fumar o, simplemente, conversar en pequeños grupos. Alejados por completo del asunto del documental y de lo que yo creía era la convocatoria en esa franja horaria.

Terminada la proyección, ya desconcertado por el evidente desinterés de los presentes, me dispuse a hablar con la otra invitada (al director de cine nunca lo vi por allí mientras estuve).  Y una nueva sorpresa me dio el anfitrión mientras me entregaba el micrófono: “hablen (así, en plural) solo cinco o diez minutos”.

Quizá no sea la persona más ocupada de Pereira, tampoco soy la más experta en el tema, pero cancelé otras actividades e incluso repasé el delicado asunto de los derechos humanos esperando el desarrollo amplio o, por lo menos serio, del tal “foro”. Sobra añadir que la perplejidad que leía en el rostro de mi acompañante en la mesa era también mía. Y ninguno de los presentes tampoco aportó nada luego de la esmirriada intervención conjunta (lo digo por el escaso tiempo permitido).

Deseo expresar que el desorden y falta de manejo de eventos de tal magnitud, en los cuales se hacen convocatorias amplias para que en el parque se realicen actividades que igual sucederían sin necesidad de instalar casetas, amplificación o pantallas, hacen evidente el más grande desperdicio y los convierten en un completo sinsentido.

Reitero, respaldo iniciativas de este tipo, fruto del trabajo colectivo y que abordan la ciudad como espacio de todos y para todos, sin restricciones, salvo las que la armonía y convivencia demandan de cualquiera de nosotros. Otra cosa es el desarrollo organizativo de las mismas.

Flaco favor le hacen al sector cultural acciones colectivas de este tipo, cuando la percepción de varias de las personas que luego consulté, y que han estado allí en diferentes fechas, es esa: la de absoluta descoordinación y desperdicio de recursos. Enfatizo que la impresión no es solo personal, también involucra a otros participantes, incluso algunos que se presentarán el próximo fin de semana y que ya han tomado medidas para ponerse a salvo de la improvisación organizativa.

“Ingenuidad de los chicos organizadores”, me dijo alguno con benevolencia. Espero que sea solo eso y que, para futuros encuentros, si los hay, la actividad organizadora sea de mayor calibre, la misma que exige eventos tan amplios que se toman uno de los principales parques de la ciudad durante todos los fines de semana de un mismo mes. De pronto ese es el primer error: pretender abarcar tanto.

Ahora, solo espero que quienes respondan a esta opinión personal -enfatizo en esto-, lo asuman con la altura y la capacidad argumental que nuestra sociedad necesitan, lejano del lenguaje de letrina que se suele dar en los foros de internet.