A lo mejor sin saberlo, el humanista Santiago Londoño Londoño materializó con su ejemplo aquella vieja aspiración: “Uno debe vivir como piensa o no pensar en absoluto”.

 

Por / Gustavo Colorado Grisales

El protagonista de esta historia amaba el riesgo. Por eso piloteaba él mismo su avioneta personal y le gustaba moverse en motocicleta a altas velocidades. De hecho, su vida terminó después de estrellarse contra un camión  cerca de Zarzal, Valle del Cauca, un  primero  de agosto de 1982.

Esa inclinación hacia el riesgo lo llevó a vivir en contravía de su clase social, destinando su talento y su fortuna al servicio de los marginados, de los que el sociólogo Franz Fanon denominó “Los condenados de la tierra”.

Además, fue lo que en otras épocas llamaban “Un humanista”. Vale decir, alguien movido por una cosmovisión que logró el milagro de conjugar lo mejor de la ciencia, la política y la poesía para  mejorar las condiciones de vida de la gente aquí y ahora.

Dicho de otra forma, lo contrario de una utopía.

Hablamos de Santiago Londoño Londoño, médico oncólogo, líder político, militante comunista y hombre cívico que dejó su impronta en la historia de Pereira, al punto de que fue admirado y respetado a partes iguales por simpatizantes y contradictores.

 

Para muestra, unos versos escritos en su honor por Luis Carlos González, el poeta oficial de la ciudad:

Como todos los dignos, en su genio sereno

 tiene recio refugio un principio atrevido,

 muchas veces el cielo muy cercano ha tenido

 por amor a las alas y desprecio del cieno.

Parte de su vida y obra la podemos descubrir -o redescubrir- en el breve y bien documentado libro Santiago Londoño Londoño, el hombre y la leyenda, del  investigador y  escritor pereirano Javier Amaya, quien fue testigo cercano de una parte del periplo vital de Londoño Londoño.

Remitiéndose siempre a testigos y a fuentes escritas de toda confianza, el autor de esta biografía nos ofrece, en  poco menos de cien páginas, una mirada en perspectiva de este hombre fiel a sus convicciones hasta el último de sus días.

Porque hay quienes  bajan la bandera a mitad de camino y reducen sus  ideales a mera retórica: la cáscara hueca de lo que nunca fue.

Otros en cambio, poseídos por una tenacidad sin límites, hacen de su vida una revolución permanente que  parece alimentarse tanto de los logros como de las derrotas.

Dotado de un fino humor que lo ponía a salvo de cualquier  forma de soberbia o patetismo, confesó una vez que se había vuelto  comunista por un tranvía. Así se lo declaró a la periodista Marta González Villegas en entrevista publicada en el periódico La Tarde el 20 de abril de 1976, y  reproducida por Amaya en su libro.

Yo era estudiante avanzado de medicina, y al regreso una tarde de la escuela fuimos interrumpidos -cuando viajábamos en el tranvía- por una manifestación de una gente que gritaba cosas y nos impidió seguir el camino. Llegué tarde y cansado al apartamento, porque me tocó caminar bastante. Me encontré allá con un amigo y le dije: llegué tarde a la cita que tenía contigo, porque había una manifestación de unos desarrapados gritando horrores y no pude llegar a tiempo. ¿Qué es lo que pasa? Él, estudiante avanzado de derecho, me dijo: mira, esa gente reclama tales y tales cosas.

                                                              

En  distintos momentos de su vida Santiago Londoño Londoño volvería a esa imagen y la evocaría como su primera toma de conciencia política contra un sistema del que su propia familia formaba parte.

De hecho, su madre María Edma (Emma) pertenecía a una de las familias más adineradas de la ciudad.

Desde ese día, el joven estudiante de medicina se hizo comunista, de aquellos para quienes la teoría y la práctica constituyen una sola materia indisoluble. Un artífice de esa Revolución Permanente que soñara Lev Trotsky, y que lo  llevara a la muerte a manos de un  asesino que lo atacó en su refugio de Coyoacán, México.

Para probarlo están sus obras sociales y culturales, que abarcan un amplio catálogo del que Javier  Amaya señala algunos aspectos: donación de los primeros equipos de radioterapia del Hospital San Jorge de Pereira, según lo registra el periódico El Tiempo en su edición del 26 de junio de 1964; donación de los terrenos donde hoy funciona el teatro municipal que lleva su nombre; auspicio a la Sociedad de Amigos del Arte; cesión de un edificio de su propiedad en Bogotá para el funcionamiento del periódico Voz, órgano del Partido Comunista; aportes para el traslado e instalación del Bolívar Desnudo en la plaza principal de Pereira y creación de la Casa de la Amistad con los Pueblos, como agente de paz y respeto a las diferencias.

Esta última es otra de  las facetas de su personalidad destacada por Javier Amaya en el texto: lejos de las ortodoxias tan caras a las militancias extremas, Santiago Londoño era un convencido del carácter imprescindible de la paz para emprender cualquier mejora en las condiciones de vida de la sociedad.

Amaya lo presenta de esta manera en la página 64 del libro:

La otra característica que lo destacaba era que a Santiago no le interesaba el poder y tampoco ejercerlo, a diferencia de otras personas en su mismo círculo inmediato. Nunca quiso ser cacique político de nadie. Si hubo alguien ajeno a la práctica del estalinismo, que se puede definir como la antidemocracia, el hambre de poder y la eliminación de la crítica dentro de los partidos revolucionarios, ese fue Santiago. Cuando de necesidades económicas se trataba, para adelantar el trabajo político, siempre proponía soluciones y terminaba asumiendo la carga más pesada, una y otra vez

Y bien sabemos que desde el comienzo de los tiempos los apetitos de poder son los grandes enemigos de la paz.

Como todos los hombres que descuellan sobre la medianía, Santiago Londoño Londoño padeció toda suerte de ataques rastreros por parte de sus detractores. Desde quienes señalaban su homosexualidad siempre asumida, hasta publicaciones en los medios nacionales donde se le acusaba -sin que jamás  presentaran prueba alguna- de traficar con armas y de promover el reclutamientos de jóvenes colombianos para convertirlos en milicianos en Cuba, país donde estudió y ejerció la medicina.

Desde luego, no es la intención del autor del libro presentar un personaje sin los claroscuros propios de la condición humana. De hecho, en la vida de su biografiado, como en la de todos, abundaron las contradicciones.

Es más, no faltaron las inconsecuencias. Pero al final de su aventura el fiel de la balanza se inclinó del lado de la coherencia. De esa correspondencia entre el discurso y la práctica tan difícil de alcanzar. A lo mejor sin saberlo, el humanista Santiago Londoño Londoño materializó con su ejemplo aquella vieja aspiración: “Uno debe vivir como piensa o no pensar en absoluto”.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada