Algunos personajes de sus novelas y cuentos dejan ver esa característica de la personalidad de Hammet: su irrenunciable vocación de ser coherente, sus convicciones políticas y su voluntad de mantenerse honrado en un mundo que olía a podrido por todas partes.
Por / Gustavo Colorado Grisales
En el año de 1530 los Caballeros de la Orden de Malta le regalan al emperador Carlos V una estatuilla con forma de halcón que, según la leyenda, contenía en su interior una o varias piedras preciosas.
Igual que hoy, así se jugaba al poder político en esos tiempos.
Cuatro siglos después, en la soleada  San Francisco, el detective Sam Spade le sigue el rastro a una  banda de forajidos que a su vez  persiguen la pista de la joya.
Como bien sabemos, El halcón maltés  es la más celebrada novela del escritor norteamericano Dashiell Hammet. La  obra fue llevada al cine por John  Houston en 1941,  en plena  Segunda Guerra Mundial.
El poderoso efectismo del cine hizo que desde entonces asociemos a Sam Spade con el rostro inteligente, duro  y cínico del actor Humphrey Bogart.
Pero Sam Spade es mucho más que eso: es el símbolo de una época en la que las ilusiones de progreso incesante, gestadas desde el Renacimiento y apuntaladas  por la Revolución Industrial, se venían abajo.
Entre una guerra mundial  y otra se produjo el desastre económico de los años treinta y se abrieron las puertas para  que a la alegre y despreocupada década del veinte le sucediera un encadenamiento de pesadillas que ya no  tendría fin.
El sueño americano resultaría ser tan  seductor, elusivo y frágil como  El halcón maltés.
Pero, ¿quién fue este Dashiell  Hammet?
A revelarnos sus múltiples rostros dedica la escritora Diane Johnson las cuatrocientas páginas de su libro Dashiell Hammet, Biografía, publicado en español por Seix Barral en 1985.
Autora a su vez de cinco novelas, Johnson se consagró a escudriñar en la vida  y obra de Hammet  con  agudeza y paciencia dignas del mismo Spade.
Desde los días de infancia del escritor, los conflictos con su padre y su permanente persecución de un algo que siempre se le escapa de las  manos, Diane Johnson teje una trama que muy pronto trasciende los modelos de la biografía convencional para adentrarse en un universo que es a la vez el de la mente de Hammet, lúcida y atormentada, y el estado de conciencia de un país poseído por la corrupción y asediado por el fantasma del comunismo.
El mismo fantasma que anunciaran Marx y Engels en su célebre Manifiesto comunista.
Como Spade, Dashiell Hammet fue un hombre convencido de que se debe vivir como se piensa o no pensar en absoluto.
Por eso, su  biógrafa nos lo muestra paladeando las delicias de su éxito como escritor y guionista de cine, al tiempo que se enfrenta sin miedo a la cacería de brujas desatada por el Comité Nacional para las Actividades Antiamericanas, que acabaría llevándolo a la cárcel durante una temporada.
Eran los días más duros del maccarthysmo.
Algunos personajes de sus novelas y cuentos dejan ver esa característica de la personalidad de Hammet: su irrenunciable vocación de ser coherente, sus convicciones políticas y su voluntad de   mantenerse honrado en un mundo que olía a podrido por todas partes.
Para documentarse a fondo, Diane Johnson  habló con  la exesposa del autor, con sus hijas, colegas, antiguos compañeros de Hollywood, camaradas de luchas políticas y vecinos.
Consultó además antiguos archivos, sobre todo los de los juicios que se le siguieron y eso le permitió aproximarse a los sentimientos del americano promedio durante esos días de paranoia en los que, como en cualquier Estado totalitario, el vecino que compartía la cena con uno la noche anterior era capaz de denunciarlo ante el todopoderoso FBI a la mañana siguiente.
De sus tiempos tempranos como detective de la agencia Pinkerton, Hammet aprendió dos cosas que ya no lo abandonarían: que frente a los embates del poder la vida humana vale menos que nada y que detrás de las vidas en apariencia exitosas alienta siempre esa clase de sordidez que es la expresión más humana del sinsentido de todo.
Es decir, la misma clase de certezas que deja entrever un autor como Albert Camus en todas  sus obras.
Esa desconfianza  en el mundo hizo que a  Hammet no le importaran ni el dinero ni la gloria.
Por eso, cuando los alcanzó, los dilapidó a manos llenas hasta volver a la pobreza y el anonimato iniciales.
Para él esa vuelta al camino constituía la única forma posible de redención.
Nunca le importó si ese viaje implicaba ahogarse en litros de alcohol o perderse en el mundo sin ilusiones y por eso mismo tan sincero de las putas.
Al final el libro de Diane Jonhson nos muestra a Hammet agonizando en su cama de hospital, mientras la leal y estoica Lillian Hellman -escritora, amante y amiga del novelista- lo ve contemplar con horror el rostro de la nada.
Con las alas ya del todo rotas, El halcón maltés alcanzaba finalmente un  instante de sosiego.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada