Confundir estrellas fugaces con satélites

Mientras el arte no sea política de estado o no nos ganemos el Baloto del apoyo internacional, seguiremos confundiendo estrellas fugaces con satélites, mantendremos inquinas –del latín: ensuciar– con el otro, mientras vemos en la privatización del arte los viajes soñados de Verne.

 

Por / Edgar Eduardo Pulido García

Suele suceder, en las noches despejadas, preferiblemente sin luna y lejos de las luces de la ciudad, que pueden verse, con algo de paciencia y de suerte, estrellas fugaces, una o dos cuando no hay temporada de llovizna espacial.

Mas los satélites pululan, es común a ojos poco acostumbrados confundir uno con otro, aunque diferenciarlos es sencillo: mientras que las estrellas fugaces aparecen como un haz de luz en una pequeña franja del firmamento, dejan una pequeña estela y se extinguen –de ahí fugaz–; los satélites, en cambio, tienen un movimiento duradero, su luz se mantiene constante hasta perderse de la vista de nuestra porción de tierra.

Hace poco se celebraba un nuevo vuelo espacial de Espacex, organizado y financiado por una compañía privada cuyo dueño soñaba desde niño con los libros de Verne; pues bien, para mí esta noticia no pudo ser otra cosa que trágica. Ahí donde algunos ven estrellas fugaces yo veo satélites, me explico: más que ver la realización del sueño de un infante conmovido por la imaginación, yo veo la culminación de un proyecto político, el culmen del sueño neoliberal, la desfinanciación de la ciencia estatal a tal punto que es el sector privado el que ahora lleva la batuta.

Imagino que suenan a chapaleos de un socialista anacrónico (y tal vez lo sea), pero me pregunto: ¿Qué tanto la privatización de los vuelos espaciales está relacionado con la desfinanciación de proyectos espaciales con recursos públicos?

Recientemente en la ciudad de Pereira se han generado varias reyertas entre algunos de los artistas y gestores culturales de la ciudad, unas por la dudosa manera (no lo sé con certeza, y tampoco me interesa) en la que algunas organizaciones se hicieron con algunos de los recursos de la convocatoria “Quédate en casa” y el ahora recién salido del horno nuevo ataque a Giovanny Gómez y a Luna de Locos, por discordias –dis: separación, cordis: corazón– con la manera en la que él y su equipo realizan el festival (tampoco pretendo quedarme en ello).

Ahora, si me preguntan a mí –nadie la ha hecho– como gestor cultural, aunque odio ese mote lo prefiero al de productor, creo que el problema básico está en esas bolsas de recursos, parece una escena de los Juegos del hambre: “Señores colectivos artísticos, gestores… Tenemos para el arte X dinero para este año, que comience el juego”. Y así artistas, gestores y colectivos terminamos en una pelea leonina por los exiguos recursos para desarrollar nuestras apuestas, con el agravante de que el recurso siempre es insuficiente y toca, sí o sí, recurrir a la empresa privada para garantizar el evento.

En mi experiencia personal – como organizador de cinco ediciones del Fedearpaz– he padecido los tormentos de la logística año a año, momentos de ira para garantizar los permisos que por alguna extraña maldición –lo hemos preparado hasta con 6 meses– siempre están latentes a última hora, la tarima a medio armar esperando la electricidad, el público ansioso, y yo dejando mi ateísmo a un lado mientras le ruego a algún dios –a Itayosara usualmente: diosa de la paz– que por favor ese día no llueva porque no hay carpas, el correrío con un equipo que hace todo a voluntad –muchas veces con hambre y a pie incluyéndome–, eso sí, por una camiseta y una escarapela digna de colección, hacia afuera claro están los aplausos, los elogios y las críticas.

De todas las versiones solo una vez hemos podido dar un estipendio pequeño para los artistas –principalmente para los que nos acompañaron durante gran parte de este recorrido–, de resto, con o sin financiación, discordias de un lado y de otro, y al final, luego de que todo pasa, los artistas se van, unos molestos, unos alegres, otros ebrios, el público se evapora con la noche del último día mientras recogemos la basura del parque Olaya. Al día siguiente y al siguiente y al siguiente, las cuentas, un número rojo termina siempre adornando el cuadro de Excel mientras decimos: este año el festival fue todo un éxito.

Cito esto para decir que, si alguien quiere lucrarse, el arte sería la última trinchera. Desde nuestro proyecto la profesionalización del arte ha sido una consigna permanente tan fuerte, creo como la de la paz.

Pese a ello, nuestros recursos nunca han sido lo suficientes para que eso pase de ser una consigna a un hecho. El arte debería dar para ello y no solo eso, también para los gestores y los organizadores, el arte debería generar recursos para que quienes se involucran en él vivan de él, debería ser dignificante para todos y todas.

Pero no es así, y mientras el arte no sea política de estado o no nos ganemos el Baloto del apoyo internacional, seguiremos confundiendo estrellas fugaces con satélites, mantendremos inquinas –del latín: ensuciar– con el otro, mientras vemos en la privatización del arte los viajes soñados de Verne.

*Organizador Fedearpaz