Hace unos años empecé a deshacerme de supersticiones y de cábalas, a evitar entregarme al azar y el capricho de unos dados lanzados por un hombre barbudo. Me dije que podía llevar la vida sin dependencia de seres superiores, únicamente echando mano de la razón y el autocontrol.
Por: Giuseppe Ramírez
Muchas veces tras la lectura de una novela o un cuento, más que la urdimbre de la historia, o el nombre de tal o cual personaje, lo que se instala en la memoria es una frase potente revestida de gran significado o todo un universo de preguntas. Puede llegar a tanto la fascinación, que fácilmente la incorporamos en nuestro vocabulario, e incluso la convertimos en una muletilla que incomoda a los demás.
Durante los últimos meses, una frase leída en Vida feliz de un joven llamado Esteban, de Santiago Gamboa, me ronda la cabeza. Un personaje de la novela se refiere a la semana del 6 al 13 de noviembre de 1985 en Colombia como una “Conspiración metafísica”. También podría decirse que fue una “Semana siniestra, aciaga”. Pero la primera tiene connotaciones más profundas y, por lo tanto, más esquivas. Hay que decir que ambas tragedias se pudieron evitar: el plan del M-19 se había hecho público con semanas de antelación (incluso, después de la toma, una salida dialogada habría cobrado menos vidas de civiles); los geólogos habían advertido el peligro del volcán Nevado del Ruiz. Tales situaciones, agravadas por lo sucesivo de su ocurrencia, son el resultado de la sevicia, irracionalidad y negligencia de unos cuantos. Pero no me detendré en los acontecimientos ampliamente conocidos, objeto de sendos libros y documentales, sino en esos eventos que alteran nuestras vidas y nos parecen la unión de fuerzas que de ningún modo podríamos contener.
Hace unos años empecé a deshacerme de supersticiones y de cábalas, a evitar entregarme al azar y el capricho de unos dados lanzados por un hombre barbudo. Me dije que podía llevar la vida sin dependencia de seres superiores, únicamente echando mano de la razón y el autocontrol. Sin embargo, desde ese mismo día, paradójicamente, tal vez por la nueva perspectiva, me pregunto por qué no puedo tener el control absoluto de mi vida, por qué siento que algo empuja en cierta dirección y yo no puedo evitarlo—el origen de tal suerte de cosas puede ser el mismo que provoca una seguidilla sospechosa de pares altos en una partida de póker—, que a lo máximo que puedo aspirar es a retrasar lo inevitable. Pienso en los artistas, los atletas, los científicos que parecían no tener otra alternativa en la vida: venían programados con el ímpetu y el talento para desarrollar esos oficios; aquellos que despojados de cualquier influencia en sus hogares se inclinaron por determinada carrera debido a las condiciones innatas de su ser. Y la Naturaleza se me antoja asimétrica, malvada.
Pero una maestra intenta sacarme de eso que ella cree equivocado y me dice que la disciplina es lo importante, que únicamente el trabajo denodado da sus frutos. ¿Y qué de aquellos que trabajan y trabajan y nunca lo logran, como si algo se obsesionara en desconocer su esfuerzo? Entonces dicen los críticos que no nacieron para eso, que hace falta talento, y esa palabra parece cifrar el destino de los desgraciados. ¿Y esos que con un pequeño movimiento en determinada dirección provocan que todo coincida hasta llevarlos al objetivo? No sé. Me pregunto dónde torcerá el destino. O dónde la vida nos mostrará que no podemos torcerlo. O ante cuál situación nos detendremos a pensar que la vida es una lotería infinita y que, como en ese cuento de Borges, “el azar interviniera en todas la etapas del sorteo…”. Pero por qué si la gente cree estar destinada para algo inevitable, o si solo es la personificación de azares infinitos mira, al cruzar, a ambos lados de la calle.
Y en esa tómbola perpetua los que rehúsen jugar serán despreciados. Y otros intentan maquinar una ambiciosa Teoría de juegos mientras siguen echados a su suerte.

