DONDE EMPEZÓ TODO

Transcurridas más de tres décadas la respuesta sigue enterrada en el lodo. Y uno puede desenterrar.

 

Texto / Camilo Alzate – Fotografías / Rodrigo Grajales

Verde algodón

Voy a presentir que Restrepo conducía su Renault 4 por una recta interminable. La radiación revolvía nebulosas de aire caliente haciendo burbujas encima del pavimento, aunque los arrozales y algodonales del contorno se agitaban verdes, envalentonados por las lluvias de noviembre. Debió aproximarse a ese pueblo de temperaturas violentas pasado el mediodía o quizá más tarde, eso nunca se supo. De haber llegado temprano, a lo mejor hubiera logrado saldar las cuentas pendientes sin que la tempestad y la noche lo sorprendieran cobrando facturas ajenas. Como fue un trabajador incansable –y además acababa de comprar casa– iba ajustando la cartera de ventas de un compañero de la empresa incapacitado por enfermedad. Así ganaría unos pesos de más. Ni conocía bien la ruta de sus clientes, ni tenía pensado amanecer por el camino.

No hay quien notara si Guillermo Restrepo, treintañero, alegre, de sonrisa estrepitosa, detuvo el carro en Guayabal para bogarse una gaseosa antes de entrar al pueblo aquel que quedaba más allá. No hay personas que confirmen o desmientan si de verdad durmió en un hotel de cuatro pisos situado en las calles centrales. No podría asegurar y escribir aquí con certeza que estuvo echándose unas cervezas en la plaza, tal vez el sofoco se le atragantaba antes de enrollarse bajo la cama. El Renault 4 jamás fue hallado, ni el maletín de agente viajero, tampoco sus documentos. Ninguna persona resultó capaz de reconocer al hombre recién casado que sonreía sin motivo en la foto con la que fueron a buscarlo de hospital en hospital, de pabellón en pabellón. “Varios meses fuimos”, contó Stella Hincapié, mi tía, que era su cuñada. “Meses buscándolo”.

Stella recuerda a doña Mariela Ángel muy anciana –yo también la recuerdo: marchita, reseca– imaginando durante años las facciones del hijo desaparecido en el rostro de cualquier loco callejero. Los hijos aminoraban la velocidad del automóvil para que ella negara con sus propios ojos: “no, ese no es mi muchacho”. Es que tantos quedaron deschavetados, dementes, perdidos en un torrente de griterías, como si la mugre del fango les hubiera ensuciado el entendimiento para que jamás encontraran el regreso.

La esposa o los hermanos de Restrepo se turnaron para viajar los fines de semana a ver si encontraban su rastro hurgando puestos de salud, metiéndose en las carpas improvisadas, registrando estaciones de bomberos o coliseos que tiritaban de gente recogida, avisperos desesperantes. Aquello fue todo el diciembre de 1985. Luego todo enero, todo febrero. Desfilaron por cada morgue de esos municipios al lado contrario de la cordillera tratando de reconocer en algún cadáver pestilente una señal. Sus manos, sus pestañas deshechas, la horma de sus orejas. Pero nada. Los cuerpos disminuían conforme pasaban los días. Cada semana partían de Pereira en zigzag por alguna de las dos torturantes carreteras que atraviesan la cordillera hasta el Tolima.

Fue inútil. Nadie podía dar razón de él. No existían testigos. Únicamente faltó indagar en el pueblo aquel donde pasó la última noche, preguntarle al portero del hotel, interrogar las camareras que preparaban la sopa, llamar a los clientes que visitó, pero no quisieron pagar. Faltó escarbar ahí, en ese lugar donde se remangó la camisa para cenar cuando la emisora dijo que se calmaran, que no era necesario preocuparse. Donde sintió los truenos seguidos del aguacero fuerte y más tarde la algarabía de media noche y después la nada. Buscarlo allá.

No, no había manera.

Lo dijo un piloto a la mañana siguiente: ese pueblo ya no existe. A Restrepo lo cogieron las últimas luces del 13 de noviembre de 1985 cobrando deudas ajenas en Armero.

Nevado del Ruiz con la nieve completamente cubierta por las emisiones de ceniza a finales de 2015.

Amarillo nieve

El 22 de diciembre de 1984 especialistas de Manizales encontraron los primeros manchones amarillos tiñendo la nieve del Ruiz, un indicador claro de la presencia superficial de azufre. Gonzalo Duque, el hombre que ha dedicado su vida a estudiar el volcán, recordó que en aquellas fechas –casi un año antes a la tragedia– conversando con cultivadores de papa de las faldas del nevado estos le confirmaron que sentían ruidos, olores extraños y pequeños sismos que se repetían con frecuencia.

Un grupo de ambientalistas de la Fundación Ecológica Autónoma y varios funcionarios del Centro Nacional de Investigaciones Ecológicas, entre ellos Guillermo Castaño, escalaron el glaciar en cercanías del cráter Arenas. Durante este y posteriores recorridos en los primeros meses de 1985 confirmaron lo mismo que había encontrado Gonzalo Duque en diciembre: el volcán nevado del Ruiz estaba expulsando azufre y ceniza, pero ahora también se arremolinaban pequeñas fumarolas visibles en algunos puntos del macizo. Instantáneamente armaron el escándalo.

–¿Cómo se detiene la actividad de un volcán? –Me pregunta Guillermo Castaño, curtido ambientalista. Él mismo se responde:

–No hay cómo, compañerito, es imposible. Pero sabíamos que iba a explotar, y lo sabíamos porque tomamos las fotografías con las manchas amarillas de los puntos donde las erupciones rompían la nieve. Nunca tenía porque morirse toda esa gente.

Los ambientalistas desarrollaban en ese entonces un sólido trabajo comunitario con campesinos del Parque Natural de los Nevados en la cuenca alta del río Otún. Aunque el Otún se origina en el glaciar del Santa Isabel (otro nevado vecino), se creía que una erupción potente fundiría no solo el hielo del Ruíz sino también el de las montañas aledañas, provocando avalanchas que devastarían las cuencas.

La Fundación Ecológica Autónoma preparó una conferencia con filminas, las diapositivas de la época, para proyectar en Pereira en todos los sitios imaginables. Visitaron escuelas, colegios, juntas de acción comunal, potreros, canchas de baloncesto y esquinas repletas de mocosos. En los barrios la gente observaba curiosa una foto donde se veía –todavía se ve– al guardabosque Gustavo Marín parado sobre el corte de perfil de suelo cerca al volcán. “Cada capa del barranco es de un color distinto”, explicaba Gustavo al público, “porque muestra una edad geológica diferente. O, mejor dicho, cada una de esas capas que se ven en el barranco fue una erupción anterior del Ruíz. Si ya explotó antes tenemos que estar preparados para que explote de nuevo”.

Elsa, la compañera de Gustavo, se recuerda leyendo a la gente fragmentos de esa crónica de Fray Pedro Simón donde se documenta la mayor erupción del nevado de la que se tenga memoria, ocurrida en 1595. Según testimonios de aquella época, la gente podía escribir en plena noche con la luz del volcán en la villa de Cartago Viejo, situada donde hoy se levanta la ciudad de Pereira.

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Las autoridades en cambio dijeron que estaban creando alertas exageradas, luego los llamaron “obsesivos con el tema” y finalmente acusaron a los ambientalistas de causar pánico económico y terrorismo. Según los funcionarios oficiales, las advertencias sólo infundían miedo a la población. “Y que nosotros lo que estábamos haciendo era bajar los precios de la vivienda, que íbamos a quebrar la economía con tanto alarmismo”, asegura Guillermo Castaño, “nosotros éramos unos loquitos, nadie nos creía”. El secretario de gobierno de Pereira, Jonás Ochoa, dispuso un Jeep con agentes de inteligencia del F2 para que impidieran a Castaño denunciar la gravedad de la situación bloqueando su entrada a las comunidades, según comenta el viejo ecologista.

Mientras tanto, en el páramo los campesinos ya no soportaban la lluvia de cenizas. El hedor a azufre molestaba hasta en la ciudad de Manizales y las reses morían intoxicadas en la tierra fría. Por todos los caudales que escurren de la montaña flotaron peces envenenados. La Aeronáutica Civil suspendió cualquier vuelo en un radio de muchos kilómetros alrededor del cráter. Parte de la nieve en la cara suroccidental se derritió debido al aumento de la temperatura por los gases, quedando descubiertos unos arenales anchos. En la vertiente oriental la ceniza volcánica contaminó los acueductos de varios pueblos. Una columna de vapores emanando del nevado podía divisarse los meses previos a la catástrofe.

Muy a pesar de todo, el 17 de septiembre de 1985 El Diario del Otún titulaba: “El volcán no nos debe asustar (…) Hasta el momento no se han presentado movimientos de intensidad, lo que no demuestra en los actuales momentos ningún peligro ni lo anterior significa que vaya a haber explosión en próximos días”. Dos meses antes de la tragedia el mismo diario escribía (septiembre 20) “puede asegurarse que el nevado del Ruiz de Manizales no ha comenzado a dar señales que indiquen una próxima erupción volcánica” y luego (septiembre 26) “la serenidad debe primar en lo referente a estos asuntos que tienen relación con la actividad advertida en el macizo del Ruiz, desechando posiciones que tiendan a crear una alarma injustificada”.

Faltando diez días para la erupción el periódico La Tarde salió a la calle (noviembre 2) con una portada que ahora se antoja vergonzante. Una bellísima panorámica del volcán traía la siguiente leyenda “el nevado del Ruiz se despojó ayer de su manto de niebla para alegrar con la visión de sus nieves perpetuas la retina de los pereiranos. Alzándose sobre la cordillera, el León dormido enmarcó el paisaje andino en un día soleado, dejándonos para el recuerdo esta postal”.

Néstor Velásquez fue otro de los ecologistas que denunció el grave riesgo. Después participó como voluntario atendiendo heridos y sobrevivientes en el coliseo de Lérida, un municipio cercano de Armero. El asunto, apunta Velásquez, consiste en definir qué tanto una sociedad reconoce los procesos de la naturaleza y actúa en consecuencia.

–¿Se hizo eso o no se hizo? ¿Por qué no se hizo? ¿Por qué no se actuó?

Transcurridas más de tres décadas la respuesta sigue enterrada en el lodo. Y uno puede desenterrar. Uno puede releer esos versos del Presidente-poeta en funciones Belisario Betancur, a quien endilgaron la culpabilidad absoluta, aunque detrás suyo se amotinaba la desidia del aparato institucional completo. “Catarata de piedra” es un poema suyo de 1973 con líneas misteriosas de profecía: “piedras brotaban como si fueran / manantiales de dura luz sonora: / subían y descendían las escaleras / hacia el mar, el incienso y la plegaria. / Todo era piedra y luz. / (Sangraba el corazón, el de la piedra / sangraba y el del árbol sollozaba). / Volaba el aire hacia la arena en sueño /sin el consentimiento de la brisa / sometido a los cielos bizantinos, /piedra a gota el Cedrón retrocediendo / hacia la ciudadela y la muralla /como una catarata disecada”.

Y uno tiene que saber que esa comisión de expertos italianos subió a la montaña dos semanas antes y anunció una inminente erupción mientras el Presidente rayaba versos. Y que el montañista Carlos Mauricio Vega pronosticó lo mismo meses antes cuando amaneció al borde del cráter y descubrió la nieve con tintes verde limón. Y cualquiera se marea si se entera que los equipos de monitoreo no funcionaban porque faltaban unos repuestos que el gobierno central jamás se preocupó en reponer, y que los mapas de riesgo llegaron tarde, y que jamás fueron suficientemente difundidos entre la población. Y uno debería recordar aquella reunión institucional en Ibagué, posterior a la catástrofe. Recordar a los funcionarios de Bogotá explicando que, de cualquier modo, aunque lo hubieran intentado, era materialmente imposible para el Estado evacuar y atender 25.000 damnificados, y aquí, en este punto, uno debe imaginar el hijueputazo de Guillermo Castaño pateando furioso la mesa y debe escuchar otra vez sus gritos cuando abandonaba el recinto:

–No sólo eso Ministros, para ustedes mucho mejor, porque menos mal quedaron enterraditos de una vez.

Cráter de la Olleta.

Café tricolor

A mediados de 2007 yo andaba de mochilero por el Caribe. Un sábado acampé en el malecón de Riohacha, acogido por una tribu de hippies, malabaristas sin bañar y artesanos de variado pelambre. Con mucho esfuerzo lográbamos vender algún collar, unos aretes en el mejor de los casos, o rascábamos monedas y botellas de whisky casi vaciadas, de esas que contrabandeaban los nativos desde Venezuela. La rumba del malecón es voluptuosa en toda su extensión: desde las camionetas retumban parlantes con vallenatos capaces de aturdir a una ballena, las guajiras lucen escotada su piel oscura y sus machos exhiben cadenas de oro, o revólveres, o manojos de billetes. En intervalos de veinte minutos rondaba una Toyota blanca con vidrios ahumados frente a una familia de indias wayuu que mendigaban ofreciendo mochilas y dormían –como nosotros– en la playa del antiguo muelle desmantelado. Un artesano samario explicó sin que se lo pidiera: “son los paramilitares poniendo cuidado. Dejan trabajar con el compromiso que no alborotemos”.

En esas manteníamos cuando apareció un niño de doce o trece años vendiendo café negro. Empujaba un carrito lleno de termos. Pasaba y miraba. Miraba y pasaba. El acento le sonó muy guajiro cuando me dijo:

–Qué bonita manilla, primo.

–Vale dos mil.

Ninguno tenía plata así que convinimos cambiar la manilla (hilo bordado, colores de Colombia) por tacitas de café cerrero que iría dosificando a lo largo de la noche. En alguna taza me preguntó de dónde venía. De Pereira, le dije, una ciudad frente al nevado del Ruiz. No sé por qué mencioné el nevado. Miento: sí sé. Lo hice porque es lo único que los extranjeros o mucha gente que no es del interior identificaría con facilidad.

–Yo soy de Armero –respondió él–, pero no conozco el nevado. Mi familia cayó allá.

La noche del malecón aturdía. Sirviendo tintos, aquel niño desenrolló en primera persona el desastre de su pueblo ejecutando una rigurosa precisión. Me contó que el 13 de noviembre de 1985, cerca de la medianoche, una erupción de lava fundió la nieve del Ruiz y el agua disolvió los barrancos amasando una avalancha que rodaría cincuenta kilómetros antes de borrar la población de Armero, demasiado retirada de las faldas orientales de la Cordillera Central, pero no lo suficiente para que cuatro lahares, esos titánicos licuados de lodo, árboles, lava y rocas, se regaran aplastando veintitrés mil personas semidormidas.

Después lo confesó: él era primo de Omayra Sánchez. Dijo que ella soportó sumergida tres días y sus ojos sostenían esa mirada borrosa manantial turbio, como de dolor apalancado, y eso era porque el agua estaba estropeando sus riñones. Que apenas la cabeza le sobresalía fuera con el cabello sucio. También unas manos hinchadas, porosas, la piel deshaciéndose. Que los reporteros transmitían aquello en directo, pero en la pantalla ni percibimos el gusto fétido del pantano repleto de cadáveres, ni contemplamos el panorama majestuoso de sublime horror envolviendo los escombros. Dijo que un fotógrafo europeo acompañó la niña hasta el final.

Relataba detalles exactos como la apariencia del barro, la peste a mortecina de aquel escenario espeluznante con brazos y piernas derramadas por doquier, cuerpos sepultados y una confusión de ruinas anterior al tiempo. Y un silencio primitivo. La tierra en sus orígenes tuvo que ser muy parecida a Armero. Habló de sus tíos que “cayeron” en la tragedia. Recordó la vivienda destruida, que a lo mejor tenía un árbol en el jardín que brindaba sombra al portón, recordó la familia disgregada o arrastrada por el lodo. Y habló de su mamá, emigrada al Caribe sin nada al hombro.

“Pero eso fue en 1985”, le dije, “ni siquiera yo había nacido”. Fue mi forma de hacerle entrar en razón. No era posible que hubiese sufrido aquello que narraba, menos debía contarlo como testigo directo.

–Ajá ¿y eso qué? Yo soy de allá, pero nací aquí. Mi mamá es de allá.

Me costó años entenderlo. Es verdad que nació con otro acento y no gastaba su infancia rodeado del fértil valle del Magdalena sino de un mar y un desierto supersticioso a mil kilómetros. Es verdad que su catástrofe personal no se resumía en una avalancha sino en el rebusque de las sobras del Malecón, cada noche, cada mes, cada año. Pero todo eso resultaba irrelevante. Él también era un sobreviviente: otro habitante de ese lugar que ya no existe.

Blanco oscuro

El Ruiz fue Kumanday, “abuelo blanco que echa humo”, adorado por las tribus de pijaos y quimbayas a cada lado de la cordillera. Luis Eduardo Nieto Arteta, Absalón Machado, James Parsons, Antonio García, Jaime Jaramillo Uribe y quién sabe cuántos historiadores más han atribuido a las cenizas del volcán el formidable éxito que en nuestra región tuvo el cultivo del café, sostén de la colonización antioqueña del sur. El nevado hizo al eje cafetero. Y el eje cafetero –reza nuestra fábula chovinista– hizo al país.

Arriba, donde empezó todo, el filósofo Fernando González encontró al verdadero protagonista de esta historia. Caminó sobre él, se hundió en sus grietas, probó los vientos gélidos antes de apuntar en su libreta cualquier día de 1929:

“Hace dos días que estamos perdidos en esta blancura inmaculada del Ruiz, a cinco mil metros sobre nuestros conciudadanos. Sólo los frailejones tristes, místicos, nos recuerdan que estamos en el país del clero. El frailejón, arropado todo él en su lana amarilla crema, es religioso; una religiosidad pura, que acompaña también a la nieve, al cráter y a los arenales… El amor subyace bajo esas formas”.