Del mismo modo, las víctimas del conflicto armado colombiano que han tenido que cruzar las fronteras del país en busca de protección internacional han sido invisibilizadas como víctimas. Tanto la sociedad como el Estado los han considerado simplemente como parte de la emigración internacional colombiana…

 

Por Wooldy Edson Louidor

Con respecto a las migraciones, hay una tensión entre, por una parte, la voluntad de contabilizar con cifras y estadísticas lo que estamos hablando, estudiando o gestionando; y, por la otra, la certeza de que todos y todas tenemos un origen migrante –apenas buscamos en nuestra genealogía– y de que las migraciones son una marca de fábrica de nuestro mundo globalizado y, por lo tanto, un fenómeno planetario cada vez más difícil de cuantificar. De hecho, entre las primeras disciplinas que estudiaron el fenómeno migratorio figuran la demografía y la economía, es decir, dos ciencias para las cuales los números son esenciales. También la Biblia, desde el Antiguo Testamento, construye narrativas centradas, en el carácter extranjero, migrante y diaspórico del pueblo elegido por el supremo Yahveh y en la obligación “divina” de acoger a los extranjeros o forasteros.

De allí, de esta tensión metodológica: narrar y relatar las migraciones (con testimonios y relatos biográficos) o contabilizarlas (con estadísticas y cifras), surgen pues varias preguntas: ¿De qué manera y en qué medida cuenta el relato de vida de la persona migrante (que nos cuenta sus trayectorias y experiencias subjetivas)? ¿Sirven de algo los testimonios de quienes la acompañan? ¿Quién tiene legitimidad o la voz autorizada para hablar en propiedad sobre las migraciones? Esa tensión metodológica devela también otra tensión de naturaleza epistemológica, a saber: ¿Qué tipo de conocimiento sobre las migraciones es válido o legítimo? ¿Cuáles son las condiciones que lo hacen válido? ¿Hasta dónde (los límites)? ¿Quién estipula estas condiciones y límites?

Las migraciones evidencian la naturaleza política de cualquier debate metodológico y epistemológico, en la medida en que dicho debate (por más conceptual y teórico que aparente ser) nos lleva a un campo de lucha entre un plexo de actores que buscan ser reconocidos como una “voz autorizada” y, de allí, hacer valer e imponer su “conocimiento” e incluso definir las reglas de validez o legitimidad de cualquier conocimiento en la materia. Y quien tiene el conocimiento –en el campo de las migraciones, como en casi todos los campos– tiene también el poder, entre otras, el poder de definir, categorizar y decidir qué se debe hacer. Puede pues crear la realidad y, de allí, incidir en su transformación o en su mantenimiento.

Por ejemplo, durante mucho tiempo el Estado colombiano trataba a todas las personas obligadas a desplazarse del campo a las ciudades como migrantes “campo-ciudad”, sin brindar ninguna asistencia y protección a muchas de ellas que eran indudablemente víctimas del conflicto armado; sabiendo que la guerra colombiana ha afectado principalmente a los campesinos en más del 80 por ciento. Había que esperar hasta la década de los 90 del siglo pasado (como consecuencia de la gran presión ejercida por organizaciones de la sociedad civil, como la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento –CODHES– y la Pastoral Social de la Iglesia Católica), para que dicho Estado empezara a registrar a dichas personas migrantes como desplazados forzados internos.

Del mismo modo, las víctimas del conflicto armado colombiano que han tenido que cruzar las fronteras del país en busca de protección internacional han sido invisibilizadas como víctimas. Tanto la sociedad como el Estado los han considerado simplemente como parte de la emigración internacional colombiana, sin reparar en los daños que han sufrido como víctimas de la guerra y –a menudo–  como exiliados, refugiados y desarraigados.

Vale subrayar que, además del Foro Internacional de las Víctimas –FIV–, las mujeres colombianas han jugado un papel clave en la creación de iniciativas transnacionales (en países como España, Ecuador, Inglaterra, etc.) para luchar por el reconocimiento y la reparación integral de la población víctima del conflicto armado en el exterior. Figuran entre dichas iniciativas: la Colectiva de Mujeres Refugiadas, Exiliadas y Migradas – España; Red de Víctimas Colombianas por la Paz en Latinoamérica y el Caribe. Constructoras de paz; Comisión de Verdad, Memoria y Reconciliación de las mujeres colombianas en la diáspora…

Hoy nos va quedando claro que requerimos a la vez de estadísticas y relatos para conocer –con cifras y testimonios– la compleja realidad de nuestras víctimas del conflicto armado en el interior y el exterior de Colombia; así como necesitamos de todas las voces -colectivos de migrantes, académicos, organizaciones de la sociedad civil y la cooperación internacional, entidades estatales, etc., para aprehender las múltiples dimensiones del fenómeno migratorio en Colombia y, sobre todo, sensibilizar a nuestra sociedad y Estado sobre la necesidad de conocer nuestra propia historia migrante –como personas, familias y país– y de ser hospitalarios.