Después de entender mi fracaso, de comprender que empezaba a olvidar, hubo un momento donde la lluvia trazó la misma ruta sobre mi cara. Supe que, si su voz ya no hacía parte de mí, las sombras en algún momento la devorarían y se haría más difícil recordarla. Guardé más de un minuto de silencio por el amor muerto.

 

Por: J. S. Lugo

Hace pocos días regresé a la ciudad donde fui feliz. Pasé por calles donde mi boca guardó besos en otro cuerpo; esquinas en las que abracé nuevas ilusiones y donde volví a creer que todo era posible.

Fue una época donde arriesgué todo: cambié mi ciudad natal, me inscribí en un trabajo nuevo y aposté mi corazón. Pero esa vez, solo esa vez, el azar correspondió con amor. Chivirico fue quien compuso la banda sonora de esos días. La mermelada justa para sobrevivir a la aventura.

Con el tiempo los altibajos económicos impulsaron las dudas amorosas. Largos eran los ayunos, pero más largas las discusiones. Fue la primera vez que un amor me agonizaba en los brazos en su mejor momento.

Las lágrimas no solucionaron nada. Insistir tampoco sirvió para recomenzar. El pronóstico fue implacable.

Los días antes del retorno tratando de encontrarle eco a mi amargura caí en los boleros. Ahí, en ese música compuesta para el enamoramiento o la separación, nunca para el camino, como lo dijo Tite, fue donde logré mantenerme lucido.

No sé qué habría hecho sin esa música que cada tanto me devolvía la ilusión de regresar y, también, de vez en vez, me sepultaba cualquier atisbo de esperanza.

Recuerdo que en ese primer retorno, en un rincón del alma, guardé el fracaso de no escuchar su voz esa noche antes de dormir. La voz de Miltiño, sus fraseos, sumados a las trompetas me lanzaron un golpe de knock out que recibí de frente.

Hubiera sido fácil si después de caer en la lona todo hubiera terminado. Pero como todo animal antes de morir, un impulso, solo uno, me devolvió las ganas de ponerme de pie, de seguir luchando, de prolongar el instante cósmico que me había unido a ella.

No hallé el consuelo de estar en un lugar en el que mi corazón no estaba. Busqué por todos los medios el camino que me llevara de nuevo, que me hiciera volver a ver esos ojos, los cabellos sueltos; que me dejara escuchar su voz.

Mientras encontraba la solución para volver, imaginaba las formas en cómo le contaría las cien mil maneras en las que sufría y las otras cien mil maneras en las que la seguía queriendo a pesar de la distancia.

Al volvernos a ver el tiempo no fue suficiente para todo lo que quisimos hacer. Mi corazón recordó todo lo que le gustaba de ella. Visitamos lugares donde dejamos imágenes talladas sobre el tiempo; cruzamos distancias dejando huellas de nuestro amor salvaje. Aunque esa forma de amar nos costara la vida, no pensamos en nada más.

Luego nos separamos. No de forma definitiva, pero ya nada volvería a ser igual. El viento, el trueno y la lluvia me trajeron su mensaje de dolor y le comunicaron mi coraje.

Por eso, cuando volví a pasar por las calles donde solíamos caminar, sin la pretensión de encontrarla, el corazón se me arrugó. No fue fácil hallar el camino para salir de los recuerdos y pasé un par de horas perdido, viéndome deambular por el dulce laberinto que armaron mis recuerdos.

Así, perdido como estaba, intenté revivir su voz. La misma que, después del amor, alcanzaba notas cristalinas, cual una cascada que me hacía soñar. Pero no lo logré. Abrí puertas. Giré a la derecha, luego a la izquierda. No encontré en mi laberinto el camino que me llevara a escucharla. Solo la veía muda en mi memoria.

Después de entender mi fracaso, de comprender que empezaba a olvidar, hubo un momento donde la lluvia trazó la misma ruta sobre mi cara. Supe que, si su voz ya no hacía parte de mí, las sombras en algún momento la devorarían y se haría más difícil recordarla. Guardé más de un minuto de silencio por el amor muerto.

Ahora que veo todo en retrospectiva, que entiendo con claridad lo que viví y la música que me acompañó mientras amaba, pienso en la frase de mi abuelo que me decía cuando escuchábamos música. “Nunca se ama como se quiere, pero siempre se puede amar un poquito mejor cuando se escuchan boleros”. Yo le diría, esta vez, que para olvidar, también se necesitan dosis de bolero.