Tomás era el otro afectado. Tenía todo preparado para el matrimonio, la novia había aceptado la propuesta: lugar para la recepción, invitaciones, tiquetes a Providencia, un crédito hipotecario a nombre de Tomás que pagarían entre los dos (con la cuota inicial del apartamento pagada por Tomás).

 

Por Giussepe Ramírez

No voy a contar anécdotas de desamor de escritores, ni voy a hablar de la mala suerte de Borges en el amor, ni cómo a Henry Miller una actriz lo volvió nada durante siete años, ni del encoñamiento de Dante con Beatriz, ni del amor incestuoso de José Asunción Silva (¡y eran una sola sombra larga!). Nada de eso. Voy a hablar de gente terrenal.

La primera vez que le puse atención a la letra de El cigarrillo, de Ana Gabriel, estaba en una finca acompañado de algunos amigos y un par de tipos golpeados por hondas penas de amor. La finca estaba empotrada en un cerro. Amanecía. Al frente había un par de montañas que parecían croissants sumergidos en leche. Las nubes sólo dejaban ver los cachos de las cumbres. El aguardiente nos mantenía con calor y las copas pasaban vacías poco tiempo. Los que no sufrían y tenían pareja, escuchaban con horror las historias de los afligidos, rogando al cielo que no les pasara a ellos.

Uno de los tipos, el más grande, algún día sospechó que la novia con la que vivía y llevaba ocho años le era infiel. Empezó a seguirla y hacerle inteligencia. Los cabos sueltos del principio comenzaron a encajar en el rompecabezas de un triángulo amoroso. La pieza final la halló cuando ella se disponía a entrar a un motel, y no era él precisamente quien la esperaba. Estaba afuera y la abordó antes de entrar. Sin rastro alguno de dignidad le pidió de rodillas (sí, a la entrada del motel) que no lo hiciera. A las pocas semanas ella se llevó hasta a Jack, el golden retriever que era de él. Los días que estuvimos en la finca salía muy de noche a llorar y prender un cigarrillo frente a la piscina. Todas las canciones le recordaban a la ex, algunas incluso al amante.

Tomás era el otro afectado. Tenía todo preparado para el matrimonio, la novia había aceptado la propuesta: lugar para la recepción, invitaciones, tiquetes a Providencia, un crédito hipotecario a nombre de Tomás que pagarían entre los dos (con la cuota inicial del apartamento pagada por Tomás). Un par de semanas antes la novia dijo que no. Saltaba del barco nupcial sin reparar en el crédito. Al terminar de contar la historia Tomás se zampó dos aguardientes y escondió la cara entre sus manos. Las nubes desaparecieron y pudimos ver las montañas tapizadas de piñales.

Ante semejantes historias un amigo se me acercó y me dijo que él no sabía qué hacer si la novia lo dejaba. Y ese “no saber qué hacer” significaba simplemente el fin del mundo. No vivían juntos, no tenían hijos, no existía ningún vínculo material, contractual, que los uniera, sólo los regalos clichés de las parejas jóvenes. Tenía menos de veinticuatro años, pero creía que el futuro estaba con ella, no vislumbraba otras opciones. Lo decía con un miedo paralizador. Yo lo miraba sin entender, preguntándole si me hablaba en serio, con ganas de reírme de la irracionalidad del amor, pero un remoto pudor me detenía.

Mientras escribo esto escucho Costumbres (también sonó ese amanecer de historias horrorosas), de Rocío Dúrcal, y los retozos de amor de los vecinos, sobre todo de la vecina (como pasa tres veces por semana), y aventuro un plazo para dejar de escucharlos porque se les colmó la paciencia, porque les cayó el peso de la costumbre y el desinterés mutuo, del aburrimiento y los lugares comunes de cualquier relación.