Cuando el lenguaje no me habite

Impotencia. Sí, eso sentimos al entender que pasarán días sin hallarla, hasta que la vislumbramos como el mayor de los tesoros y celebramos solitarios, anhelando que alguien saboree la alegría de aquel redescubrimiento, pero conscientes de que solo a nosotros nos produce felicidad. De ese tamaño son el sufrimiento y la alegría.

 

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

Augusto Monterroso

Giussepe Ramirez (col)Por: Giussepe Ramírez

Temo el día en que todas las palabras se me escapen. No a la mudez, sino a la posibilidad de que ni siquiera sean pensamiento, abstracción. Justo ahora, mientras presiono esta ‘o’, una cantidad incalculable me huye, impidiendo que estas líneas sean mejores, que suenen más bellas. Vivimos corriendo tras ellas en una conversación intrascendente, cuando nos damos cuenta de que existe una palabra para describir acertadamente lo que estamos pensando, pero en el instante que queremos pronunciarla queda atrapada entre los dientes o entre los laberintos de la memoria y no puede salir.

Maldecimos y miramos al techo creyendo que allí la encontraremos, pero colisionamos con un límite blanco y una luz nada reveladora mientras los engranajes del recuerdo la buscan por infinitas páginas de libros donde creímos haberla visto, en un cartel que nos topamos al pasear o en una canción que pensamos no volver a escuchar porque nos llena de dolor. Intentamos adivinarla y llegar hasta ella guiándonos por el sonido de un par de sílabas y la primera letra. Parpadeamos y pasan frente a nosotros los rostros de las personas que la articularon descuidadamente, sin detenerse a pesarla y estudiarla, sin creer que ellos volverían en forma de palabra.

Impotencia. Sí, eso sentimos al entender que pasarán días sin hallarla, hasta que la vislumbramos como el mayor de los tesoros y celebramos solitarios, anhelando que alguien saboree la alegría de aquel redescubrimiento, de ese hurgar desesperado de algo insignificante, pero conscientes de que solo a nosotros nos produce felicidad. De ese tamaño es el sufrimiento y la alegría.

A esta hora de la madrugada me da rabia que las palabras no me vengan como a Borges o De Greiff, que articular estos párrafos sea un forcejeo que nunca paga ni me deja satisfecho, que escribir me haga sentir tonto casi siempre, que pasar los ojos por los libros no implique apropiarse soberanamente del lenguaje. Que, en fin, el don de la palabra sea asimétrico y algunos estemos condenados al silencio pudoroso, a escuchar a los otros para buscar la palabra precisa y jugar a completar sus oraciones para alivianar la condena de la desmemoria y la ignorancia.

Es insoportable no tener la batería lexicográfica para seducir a quien nos dé la gana, para hacer creer ficciones y manipular los sentimientos, aunque un gran acervo lingüístico no garantice el más mínimo éxito. Ya lo escribió Bolaño en alguna parte: “Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema. Vaya, ni siquiera con un movimiento poético.”. Y aun así sigo creyendo en esto contra lo que lucho, en este invento magnífico que da dolores de cabeza y hace golpear puertas y paredes en busca de salvaciones y respuestas.

Llanto. Con eso venimos y así sobrevivimos por una buena temporada, desprovistos de palabras y mañas discursivas, llenos de mocos y agua salada bajando por las mejillas. Increíble lograr salvarse de semejante hostilidad con algo tan primitivo y poco entrenado. Pero el tiempo va borrando esos vestigios salvajes. Entonces dejamos de llorar o nos escondemos para hacerlo, y a fuerza de articular unos extraños sonidos, como un trino al aire o el canto de una ballena bajo el mar, pedimos amor, agua, comida y exteriorizamos el dolor. Transitamos de lo sencillo a lo complejo para comunicarnos, aunque hayamos atravesado el peor tramo del camino gritando y con los ojos aguados.     

El día que esté vaciado de lenguaje me mostrarán esto que escribí, y no sabré quién fue, quién fui, no entenderé estos raros signos que ahora me dicen algo, que espero digan algo a quien esto lee. No entenderé nada porque la palabra nostalgia no hará parte de mí. No sentiré impotencia porque seré una hoja quemada donde nada tendrá sentido. Tal vez en ese momento deba regresar al llanto, si es que lo salvaje aún me habita.  

@Giusseperamirez