Sí parecen estar desencantados de sus líderes o gobernantes, pero cambiarlos por otros menos malos no garantizará un cambio de paradigma en el sistema económico, político y social tan desigual que impera y es criminal con las mayorías de la población mundial y con el planeta mismo.

 

LUIS CARLOS RAMIREZ LASCARROPor: Luis Carlos Ramírez Lascarro

Este ocho de noviembre, con la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, se completó una trilogía de votaciones que han planteado, de distintas maneras, la sensación y casi certeza de que el principio sagrado occidental de la democracia está en una crisis sin precedentes difícil de salvar. La trilogía pasó por el plebiscito del dos de octubre en Colombia e inició con el del veintitrés de junio en Inglaterra. El Brexit, el No al Plebiscito y la elección de Trump, sorprendieron al mundo y refrendaron una nueva y estrepitosa derrota de los grandes medios dominantes y de las firmas encuestadores que, cada vez, parecen estar más perdidos de la bola.

Las tres elecciones se caracterizaron por apelar a las emociones básicas de muchos electores, invocando miedos o enemigos colectivos que fueron personificados en Inglaterra y E.E.U.U. por los inmigrantes, en reacción a quienes se exacerbó el nacionalismo, buscando reivindicarlo y recogiendo un sentimiento antiglobalización que podría impulsar otros proyectos ultranacionalistas que oscurecen más el horizonte si se recuerda a Rusia y Corea del Norte, por no abrir más el abanico.

En el caso colombiano fueron tantas las falacias que se propagaron y los miedos que se invocaron, que no vale la pena volver a revolcar aquí esas vergüenzas.

Dejándonos llevar por esos mismos miedos uno no se pregunta tanto por la forma cómo Trump consiguió invertir una tendencia que lo daba perdedor y terminó imponiéndose en la recta final de la campaña, sino por a dónde vamos a parar, si el sistema político dejará suelta esa rueda que parece venir a rebarajar los naipes de la geopolítica global, si esa arquitectura mundial que se definió, más para mal que para bien, luego de la segunda guerra mundial, será derrumbada o remodelada en medio de una ventisca inclemente.

Esta última elección da pie para pensar que ya nada es igual en ninguna parte, pero no da la certeza de que los ciudadanos estén realmente desencantados profundamente con el estado actual de las cosas. Sí parecen estar desencantados de sus líderes o gobernantes, pero cambiarlos por otros menos malos no garantizará un cambio de paradigma en el sistema económico, político y social tan desigual que impera y es criminal con las mayorías de la población mundial y con el planeta mismo. Sistema que nos está llevando a la debacle, al agotamiento de los recursos y más temprano que tarde a la extinción, a la autodestrucción como especie.

Las actitudes previas a la mudanza del nuevo habitante de la Casa Blanca llevan a preguntarnos si este 8-N superará en importancia al tristemente recordado 11-S, que definió este siglo XXI y probablemente el milenio en curso, si el aprendiz de presidente realmente abrirá las puertas a la demencia sin consecuencias previsibles y allanará los caminos para un apocalipsis nuclear que parece inevitable al dejar salir los más oscuros y pestilentes sentimientos del alma gringa, que no son nuevos ni estaban enterrados bajo kilómetros de tierra, pero que se controlaban o disimulaban con una diplomacia tantas veces poco efectiva. ¿Terminará siendo el desastre descomunal que, también, predijeron Los Simpson?

El señor Trump cree que el cambio climático es un cuento chino y prometió cancelar el Acuerdo de París que, si bien no es la solución a todos los problemas medioambientales, permite concluir que no hacer algo de manera efectiva desembocará en resultados terribles. Es indudable que levantará un muro contra los extranjeros, sin importar si es físico o virtual, ideológico o económico, pero lo construirá o lo terminará de construir, o quitará las barreras que han tenido más o menos reprimido al demonio de racismo y xenofobia que siempre ha ondeado sobre las cabezas y en los corazones del gigante del norte.

¿Qué puede esperarnos al tener a la cabeza del Gran Hermano, del Policía Universal, a un misógino evasor de impuestos, grandilocuente, desfachatado y frívolo?

Ojalá ninguno de nuestros miedos se materialicen y esta inestabilidad y desconcierto no pasen de ser una mera impresión. Ojalá nos equivoquemos quienes consideramos que lo que viene es el Apocalipsis zombie y los Juegos del Hambre.

Amanecerá y veremos…

Cuando venga el veinte de enero, serán menos los que estén celebrando la fiesta de Sincelejo, que los que estemos esperando ver arrellanarse en la silla de Lincoln al excéntrico y polémico magnate Trump, cruzando dedos y apretando nalgas para que no se caigan, esta vez, las barandas ya golpeadas de la gran corraleja del mundo.