Por momentos uno alcanza a sentir que ese cuerpo doliente es en realidad el corazón de una ciudad que arde en lo más hondo de sus entrañas, mientras las guitarras, las baterías y la poesía sucia de las bandas de punk marcan con sus imperfectos acordes el ritmo de un mundo que ha enloquecido.
Por: Gustavo Colorado Grisales

“¿O acaso la ciudad no era la suma de cada pequeño egoísmo, cada desprecio, cada acto de pereza y desconfianza y crueldad cometido por cuantos vivían en ella?”

Para llegar a esa sospecha la conciencia que lanza la pregunta ha debido recorrer cada uno de los pasadizos físicos y mentales de un laberinto llamado Nueva York, oscuro y amenazante como la noche del gran apagón de 1977.

Todos los caminos de la ciudad parecen conducir a la sala del hospital Beth Israel donde agoniza Samantha Cicciaro, una adolescente tiroteada en el Central Park durante la última noche de 1976, el Año del Bicentenario, en el que los descendientes de los viejos peregrinos festejaron su llegada a la tierra de promisión.

Por momentos uno alcanza a sentir que ese cuerpo doliente es en realidad el corazón de una ciudad que arde en lo más hondo de sus entrañas, mientras las guitarras, las baterías y la poesía sucia de las bandas de punk marcan con sus imperfectos acordes el ritmo de un mundo que ha enloquecido.

Igual que en una canción de Patti Smith.

Y entonces, como el narrador de la historia, lo comprendemos: el producto más puro de América, su más honda seña de identidad es la locura, la imposibilidad de encontrarse a sí misma entre la alienación de la política, la economía y su manifestación más visceral: el consumo y el derroche como expresiones del sin sentido. Así lo han desnudado sus grandes escritores, desde Melville y Poe hasta este Garth Risk Hallberg, autor de Ciudad en llamas, una despiadada metáfora sobre un mundo que se desploma.

Es Nueva York. La Nueva York celebrada, llorada, envidiada y odiada hasta el hartazgo por todos los habitantes del planeta.

Igual que en la ciudad ubicable en los mapas, los protagonistas van por las calles con sus vidas rotas. No importa si son triunfadores o perdedores: todos deben depositar su ofrenda en el altar del desastre.

Como William Hamilton – Sweeney, por ejemplo. Heredero de una de las más grandes fortunas de la ciudad y convertido en Billy Tres Palos, fundador de una banda de punk llamada Ex Post Facto y adicto a la heroína, el Brown Sugar cantado por los Rolling Stones en una de sus más recordadas canciones.

O como su amante Mercer, un inmigrante de Georgia que llegó desde su pueblo en busca del viejo señuelo: la libertad y las oportunidades, para descubrir al poco tiempo tatuado en el color negro de la piel el mensaje que la ciudad les envía a quienes sucumben a sus encantos: los que entren abandonen toda esperanza.

O puede ser también Regan, la hermana de William, quien comprende muy temprano que su vida, su ciudad, sus afectos y su propio cuerpo son en realidad una prisión de la que no hay salida, salvo la prodigada por la fría caricia de la muerte.

Porque no hay lugar aquí para los grandes mitos. Ni el del fuego familiar, sintetizado en la caricatura de las navidades como sucedáneo de unos afectos que no pueden prosperar en medio de imposturas, traiciones y matrimonios rotos. Mucho menos el de América como tierra abonada para las grandes empresas, porque en la realidad de todos los días los negocios se amasan con crímenes y fraudes , como bien nos lo hace saber la figura de “El hermano diabólico”, un personaje que emerge de las mismas tinieblas para hacerse con el poder en medio de un mundo que naufraga.

En semejante paisaje no hay lugar para el amor, la amistad o alguna otra forma de consuelo. Para todos los expulsados del paraíso que van por la ciudad no hay comunión de almas o algo parecido. A duras penas queda el sexo como incierta y fugaz forma del olvido.

O las jeringas. O las pastillas de colores que fulminan el cerebro y envenenan la sangre. Porque en este desierto de rascacielos, yonquis, putas y especuladores las drogas cumplen el papel de las viejas sustancias rituales que acompañaran el encuentro de los pueblos con sus divinidades.

Pero aquí no hay divinidad distinta al dinero ni conjuro diferente al sálvese quien pueda que se escucha en los gritos callejeros, en las agonías de la cópula y en los estertores de quienes se despiden de sí mismos en los bares, en el metro, en las salas de negocios, en los callejones… o en las salas de hospital donde seres abandonados de la mano de Dios y de los hombres elevan una plegaria al vacío que los cobija.

No es casual que dos de los protagonistas, William y Mercer renuncien a la redención en un sector de la ciudad llamado Hell´s Kitchen: la novela está surcada por parábolas de ese tipo.

De repente, irrumpen personajes que parecen portar algo de esperanza: Pulaski,un policía tullido que aún cree en la justicia. O Richard, un reportero convencido de que todavía es posible escapar al cinismo que lo rodea… hasta que aparece ahogado en una charca del puerto.

Lo demás son sombras. Espejismos que surgen y se desvanecen en la noche. Una noche eterna   que palpita entre los destellos del neón, mientras sus habitantes se deslizan hacia alguna de las muchas bodegas abandonadas durante la crisis inmobiliaria de los setentas, esa quiebra que -como todas- sirvió para volver más ricos a los ricos, mientras dejaba a su paso una estela de desamparados a merced de una ciudad en llamas.

PDT.  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=xACZHv-sLCg