Gustavo ColoradoEl fútbol se convirtió en el sueño de redención para muchas familias. Todos  piensan en Falcao García, en Juan Guillermo Cuadrado o en James Rodriguez. Nunca  les pasa por la cabeza que esos ganadores constituyen la excepción y no la norma.

Por: Gustavo Colorado

El último día de 2013 me reuní con Steven y  Geovanny en una cafetería de Perla del Sur, una barriada  obrera de la Ciudadela Cuba, en Pereira. Tenían una historia para contar y sabían de mi  interés por los tejemanejes de los carteles que controlan  el negocio del fútbol, empezando por el más poderoso de  ellos: la Fifa, cuyos caminos torcidos volvieron a salir a la luz con motivo de la adjudicación del Mundial de  2022 a Quatar, un país  sin tradición futbolística, pero poseedor de petro dólares para dar y convidar.

Cuando  contaban 18  años de edad Steven y Geovanny fueron contactados por un empresario a quien se refieren  como Pacho, una especie de delincuente de élite. Se habían destacado en los torneos aficionados de la ciudad  y el hombre  prometió llevarlos a prueba al Cádiz, un equipo de la segunda división española con esporádica presencia en la Liga mayor. Corría el año 2003 y apenas se iniciaba el éxodo de jugadores colombianos al exterior, animado  por la presencia del seleccionado nacional de mayores en tres mundiales consecutivos.
Después de recibir sus pasaportes y visados en regla viajaron a España en junio de ese año. Para  entonces ninguno había salido de su ciudad natal. Motivados por el empresario, los dos muchachos pensaban que el Cádiz podría ser apenas el punto de tránsito hacia  uno de los clubes grandes, como el Madrid o el Barcelona.  De esa dimensión eran sus sueños.

Todo empezó a disolverse cuando Pacho desapareció sin dejar pistas. Luego de aterrizar en Barajas les presentó a un español llamado Sergi, que haría de puente con el club, según les dijeron. Pero en realidad  los entrenadores de ese equipo no se enteraron nunca de su existencia.  Los tuvieron durante un mes entrenando en unas canchas ubicadas en los suburbios de esa ciudad portuaria. Cuando no entrenaban  descansaban en habitaciones en las que convivían con jóvenes como ellos, llegados de países como  Argentina, Brasil, Ecuador, Honduras, Perú, Togo, Camerún, Nigeria y Colombia. Día tras día pasaban por allí unos hombres  que los veían jugar y registraban en cámaras de video cada uno de sus movimientos. Al final resultó que, de  150 jugadores, solo  veinte fueron incorporados a las divisiones menores de algunos clubes desconocidos. Los demás fueron abandonados a su suerte, porque de los empresarios que los llevaron nunca se volvió a saber.

Los dos jóvenes pereiranos trabajaron en lo que pudieron, hasta conseguirse los tiquetes de regreso a su país. Ni siquiera contemplaron la posibilidad de quedarse en España, pues tenían una idea fija: encontrar  a Pacho  y hacerle pagar lo suyo. Diez  años después, me confiesan que pensaron incluso en la opción de matarlo, pero al final se conformaron con que les devolviera lo gastado en pasajes y estadía en Madrid.

Cuando pregunto por Pacho, me dicen que anda de correría por Tumaco, Buenaventura, Quibdó, Carepa, Apartadó o Pescadito, uno de  esos lugares en los que florece la miseria y por eso mismo el fútbol se convirtió en  el sueño de redención para muchas familias. Todos  piensan en Falcao García, en Juan Guillermo Cuadrado o en James Rodriguez. Nunca  les pasa por la cabeza que esos ganadores constituyen la excepción y no la norma. Por eso están dispuestos a  aceptar la invitación del primer  vendedor de promesas que aparezca por sus aldeas. No importa si un día tienen que repetir  el largo y tortuoso camino transitado por  muchachos como  Steven y Geovanny.