GUSTAVO COLORADO IZQDe ese combate todos salimos malheridos, algunos incluso muertos, pero nunca se me había ocurrido pensar que las muchachas que alguna vez me hicieron añicos alma, corazón  y vida buscaban arrebatarme algún derecho: simplemente andaban tras lo suyo.

 

Por Gustavo Colorado G.

Acaso sin conocer el célebre texto de Bertrand Russell, la chica de veinte años intentaba consolar a su amiga con una frase  prefabricada: “Nada ni nadie tiene derecho a arrebatarte  tu felicidad”, le decía a través de Twitter, que es donde se dirimen ahora esos asuntos  que ayer se nos antojaban tan íntimos.

Me parece demasiado espinoso definir  la felicidad, en caso de que exista tal cosa o algo parecido en este universo nuestro de olvidos y desencuentros, como para extraviarme además en la pregunta por el derecho a  conquistarla. Hasta ahora he visto en los otros y comprobado en el propio pellejo que los mortales nos juntamos y nos desencontramos en una lucha sin cuartel por algo de plenitud a través del otro, para descubrirnos al final con las manos vacías  y la mirada un tanto más opaca que la tarde anterior. De ese combate todos salimos malheridos, algunos incluso muertos, pero nunca se me había ocurrido pensar que las muchachas que alguna vez me hicieron añicos alma, corazón  y vida buscaban arrebatarme algún derecho: simplemente andaban tras lo suyo.

Egocéntricos como somos, incluso antes de que la sicología inventara el yo, obramos como si la vida nos debiera algo tan intangible como mensurable: por eso reclamamos siempre algún derecho que gravita entre lo material y lo simbólico, verbigracia el techo o la libertad, sin  detenernos a pensar en lo inapelable: que  un azar nos puso en el mundo y lo demás es especulación.

Eso en lo relacionado con la contingente y tortuosa vida individual, porque la sociedad es otra cosa. En 1651 el filósofo inglés Thomas Hobbes publicó su Leviatán, una obra tan citada y malinterpretada como El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, el otro libro de referencia obligada para  corrientes políticas muchas veces antagónicas. La premisa de Hobbes es bien conocida: en esencia, los humanos somos seres ególatras y codiciosos, dispuestos a destrozarnos  en  aras de alcanzar los objetivos y defender los intereses privados. Una especie así no tiene  posibilidades de sobrevivir, sino aparece una bestia más fuerte, capaz de imponer acuerdos y hacerlos respetar. Dicho de otro modo: de  definir un conjunto de  normas capaces de garantizar unos mínimos de  convivencia entre el grupo. Para el pensador ese monstruo necesario es el Estado. Recurriendo a una figura cara a la mitología y a  la imaginación popular lo asocia con el Leviatán, el monstruo marino que aterrorizaba las noches de  marinos y aventureros.

Por eso en la mente del ciudadano el Estado siempre generó sentimientos contradictorios: es la figura poderosa que garantiza los derechos y a la vez la criatura terrible que obliga a cumplir los deberes y por eso amenaza su felicidad, es decir, los intereses individuales. Atrapados en esa encrucijada, reclamamos cada vez  más derechos, al tiempo que hacemos lo imposible para soslayar los deberes. Nada como el campo de los impuestos para ilustrar las cosas. Todo el tiempo pedimos buenas vías, mejores establecimientos educativos, excelentes servicios de salud, campos deportivos para todos. Damos por sentada la existencia de una cornucopia dadora de bienes. Pero cuando Leviatán nos reclama un razonable pago de tributos para cofinanciar  esas obras montamos en cólera. “¡Ladrones, bandidos, abusivos!”, le escuché gritar a un ciudadano durante una jornada de asesorías para el pago de los impuestos por valorización. La destinataria de  sus reclamos era una serena funcionaria de Hacienda que para el energúmeno representaba en ese instante la materialización del Estado.

Como la muchacha del comienzo, el señor en cuestión parecía pensar, no que debía cumplir un deber, es decir, dar algo a cambio de un bien, sino que alguien perverso intentaba arrebatarle su felicidad.

Durante los últimos dos siglos, los seres humanos hemos conquistado más derechos que los  habitantes de la tierra en todas  las épocas anteriores. Pero sería saludable que, por primera vez en mucho tiempo, volviéramos a pensar en los deberes. Cuestión de  equilibrio, nada más.