Jhonattan ArredondoG“He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos,
y voy al olvido…”
                                                                                 Porfirio Barba Jacob

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Cementerio, al lado, la cárcel. Cementerio grande y blanco, blanco como todos los cementerios. Sepulturero; el sepulturero observa a todos los que entran en campo santo; a toda la procesión de peregrinos que llegan a visitar a los que se han ido, a los que no volverán nunca. Peregrinos que llegan de todas partes de la región.

Todos compran flores para adornar las tumbas; tumbas blancas, con epitafios y números. Adentro de las tumbas, los cuerpos óseos o en descomposición. Cuerpos y esqueletos de los que antaño fueron personas; de las personas que caminaban por las callecitas plateadas y huecudas de Cartago. Personas que fueron pueblo.

Las familias se agrupan al frente de las tumbas; las tumbas son adornadas con claveles, rosas, begonias y flores de platanilla. Las familias escuchan al cura que da inicio a la misa; misa en celebración del día de las ánimas. El ambiente es pesado, como en todos los cementerios; como en todos los campos santos. El viento es frío, como el frío que emanan las cajas mortuorias. El viento pasa rápido entre la multitud, atraviesa los vestigios y se convierte en otra cosa, en otra cosa que no es viento. Ese viento pasa entre la multitud de peregrinos que se encuentran rezando unas plegarias, y parece dejar un leve murmuro que, seguramente, viene de allá arriba, del cielo azul y lejano. Algunas lágrimas se deslizan sobre las mejillas; las lagrimitas que no son lagrimas sino goticas de agua que brotan del corazón, de los corazones afligidos por el dolor eterno. Los niños saltan y corren por todos lados; ellos, los niños, aun no alcanzan a comprender el vacío, la nostalgia y la melancolía que deja la Sra. Muerte.

La misa termina. El cura da sus bendiciones y se va. El sepulturero observa cómo se va la procesión de peregrinos que vinieron de todas partes de la región; cómo retornan las familias con los ojos aguados a sus hogares. El cementerio poco a poco se va desalojando; se va despojando de la humanidad, de la vida y del pueblo que camina por las callecitas plateadas y huecudas de Cartago. Las tumbas quedan adornadas con claveles, rosas, begonias y flores de platanilla. El cementerio se queda con su olvido; con los silencios que dejan sus ecos en la memoria, en los recuerdos que nos persiguen como fantasmas. El campo santo se queda con su profunda soledad, mientras el cielo llora por sus muertos.