La dicotomía sujeto que viaja y objeto que es conocido, es ilusoria; tanto el uno como el otro están en relación; el sujeto es el mundo que conoce y cambia, el mundo es el objeto que observa y permanece.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Víctor Hugo, en un apartado de Los miserables, confiesa que viajar es una actividad melancólica donde solo se percibe la fugacidad de la vida al pasar. Esta idea resulta extraña, hoy por hoy cuando se ofrecen paquetes turísticos para que oleadas de personas inunden templos, plazas y monumentos con la seguridad de ir y volver a diferentes lugares. Sin embargo, está la obligación de repensar lo que puede significar viajar y qué mejor manera para hacerlo que utilizando la poesía.

El poeta egipcio, de origen griego, Constantin Kavafis tiene dos poemas que describen, con miradas diferentes, lo que es viajar, Ítaca y La ciudad. Pese a ello: ¿es posible conciliar dos apreciaciones distintas de un fenómeno?, ¿cómo romper con la concepción lineal del mundo que hemos heredado?, ¿acaso es necesario dejar de pensar en términos excluyentes?, ¿hasta qué punto es útil el principio de no contradicción de Aristóteles?, ¿en qué lugar se puede contener lo que parece diferente?

Ante tantas preguntas es preciso tomar el lema de la fenomenología e ir a las cosas mismas, a saber, a la poesía. Ítaca es un poema que toma como referente el viaje que realiza Ulises en la Odisea; Kavafis invita a no esperar viajes cortos y seguros, dejar el temor ante los lestrigones, cíclopes o la ira de Poseidón. Los peligros del viaje son necesarios e inevitables, pero el temor lo lleva en sí el viajero, de él depende cómo afrontar las adversidades.

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¿Cuánto debe durar este viaje? Bastante, se podría decir que el viaje debe ser la vida misma y no unas vacaciones pagas. Ítaca debe estar siempre en la mente del viajero, la meta es el destino final, pero lo que importa no es llegar, es el tránsito que permite descubrirse y descubrir el mundo.

El camino para llegar a Ítaca es el verdadero sentido de esta aventura. En el caminar para alcanzar la meta se habrán de hallar problemas, pérdidas, encuentros, descubrimientos, nuevos lugares, no se podrá viajar y ser el mismo; el cambio es la ley del viajero.

Por su parte, La ciudad es un poema condenatorio que muestra la imposibilidad de abandonar los fracasos que construimos en un lugar (alma); el hombre está condenado a cargar con sus derrotas en todo lugar. El viaje que plantea este poema es estéril, ya que es infructuoso buscar un lugar nuevo donde refundar el ser.

No es posible el cambio, el viaje no puede ofrecer nada al sujeto cuando este lleva en sí todos sus fantasmas y derrotas. Las ruinas acompañan al hombre de manera irremediable. ¿Acaso el ser humano no es más que las ruinas de una vida? El poema no plantea una solución, no es su deber hacerlo, pero sí expone cómo resulta infructuoso el viaje cuando las derrotas siempre están ahí, acechantes, a la espera.

El cambio y la permanencia son las rutas de cada poema, ¿cómo darle una unidad y comprender lo que parece contradictorio? El filósofo paisa Fernando González ofrece una pista; en su libro Viaje a pie señala:

Se nace aventurero; las aventuras están dentro de nosotros y se realizan. Por dentro llevamos la carretera de nuestras vidas. Un bobo puede recorrer toda la tierra y nada le sucederá; pueden fusilarlo en México y nada le habrá sucedido. Aventurero es el que realiza su corazón por el mundo; el tipo lleno de vida que crea sus circunstancias y cuya llegada produce una transformación en el ambiente.

El viajero es el camino que recorre, no hay trayectos nuevos, Ítaca y La ciudad siempre están con él, al igual que el mundo. La dicotomía: sujeto que viaja y objeto que es conocido, es ilusoria; tanto el uno como el otro están en relación, el sujeto es el mundo que conoce y cambia, el mundo es el objeto que observa y permanece. Ambos se niegan y afirman en un movimiento constante, el viajero lleva en sí lo que permanece (temores, fracasos, ilusiones…), pero también está abierto al cambio, es el mundo.

Los poemas de Kavafis develan una gran derrota: hoy son pocos los viajeros que se lanzan con sus ruinas para llegar a Ítaca. Pocos tienen la valentía de emprender el viaje sobre los mares de lo conocido y desconocido. Ítaca y La ciudad son solo fantasmas en un mundo atestado de turistas.