El ortoréxico empieza valorando la calidad y limpieza de los alimentos que consume y termina con su vida encerrada y aislada, pues, en su mente los pensamientos más recurrentes del día giran en torno a la comida.

 

Por: Alexánder Granada Restrepo

Los hombres de todos los tiempos que vivieron en sociedad dejaron como legado el testimonio de muchas revoluciones. Este comportamiento lo registra la historia como un movimiento cíclico, y parece obedecer a la condición natural de la materia que lo constituye, en su búsqueda y necesidad física de cambio, de transformación. El siglo XXI, el siglo de la información; tempranamente nos ha permitido observar mixturas revolucionarias, cuando se anuncia en algún lugar de la Tierra el nacimiento de un motivo social, los agitadores revolucionarios lo reciben y se encargan de ondearlo con fuerza hasta lograr formar olas informáticas con los replicadores gratuitos, los que a su vez, los llevan a puertos muy lejanos  y allí, arrasan en un día las estructuras sociales que han sido establecidas  durante muchos años de trabajo, culpándolas del pecado más grande que pueda cometer un grupo organizado: vivir en un estado de quietud.

De estas últimas revoluciones apareció, de la nada, la Revolución Nutricional, que ha logrado llegar a todos los rincones de este mundo redondo; y con el poder de la maniobra humana, está penetrando a gran velocidad también los reinos inferiores de la Tierra. Es así como en el cumplimiento de un decreto casi celestial, hemos decidido modificar de forma artificial la alimentación de los animales y las plantas e intervenir el perfecto sistema nutricio de la Tierra; consiguiendo con ello, según los nuevos revolucionarios, una gran victoria en la alimentación, especialmente de caballos, perros y gatos.

Este cambio en el ritmo del orden de la Naturaleza le ha costado al hombre la aparición de nuevas y preocupantes enfermedades, tales como: ortorexia nerviosa, bulimia nerviosa, anorexia nerviosa, abulia y vigorexia, por mencionar algunas. La ortorexia nerviosa es la obsesión por consumir alimentos “saludables”. El ortoréxico empieza valorando la calidad y limpieza de los alimentos que consume y termina con su vida encerrada y aislada, pues, en su mente los pensamientos más recurrentes del día giran en torno a la comida. A diferencia de los avergonzados bulímicos –quienes su revolución la dirigen contra el imperialismo omnipresente de las calorías–, los ortoréxicos  se sienten orgullosos de sus reglas alimenticias y las comparten abiertamente, porque no ven su situación como un estado enfermizo que destruye la salud y la convivencia, sino como un nivel de sabiduría que ha sido alcanzado, y que lamentablemente para ellos, este saber no fue conocido por sus padres y por sus abuelos.

Dentro de los Fundamentalistas Nutricionales se encuentran Los Veganos. Este grupo humano se prohibió consumir cualquier alimento de origen animal, logrando superar de lejos, las limitaciones de Los Vegetarianos, pues tampoco consumen leche, queso, miel, huevos, etc. Su revolución tiene la intención de llegar a un nivel de justicia entre las especies del reino animal, que implicaría, por ejemplo, que al tomar el hombre el huevo que ha puesto una gallina, estaría incurriendo sin discusión en el delito de robo.

Ante esta nueva confusión que vamos formando, conviene consultar la instrucción de Dios, el Dios Único, el Dios de Abraham; para encontrar el camino correcto en estas discusiones y preocupaciones tan humanas.

Nos dice Dios, por medio de la carta que San Pablo le dirigió a los Romanos

“Reciban al que es débil en la fe, pero no para entrar en discusiones. A algunos la fe les  permite comer de todo, pero hay quienes son débiles en la fe y solo comen verduras” (14:1-2).

“No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todo alimento es puro, lo malo es hacer tropezar a otros por lo que uno come” (14:20).

“Porque el Reino de Dios no es cuestión de comidas o bebidas; sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (14:17).

Es necesario luego de estar instruidos por el Creador del hombre y de la Naturaleza, alimentarnos con gratitud, con alegría, con moderación, y vivir en la buena fe, en permanente movimiento, para cuando nos llegue La Revolución de los Ociosos, no nos encuentre disponibles.

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