CHARLAS DEL LUNES / LECTURAS PÚBLICAS DE NOCHE

Cuando usted quiera hablar de un autor comience por leerlo atentamente, busque los lugares característicos, encuentre sus asuntos, y en seguida regrese y léalo y desenrolle las páginas hábilmente…

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

21 de enero de 1850

Lo que tiene de particular este método de enseñanza indirecta es que se trata de una lectura y no de una lección. De ahí que el maestro no lo parezca tanto, porque, mejor dicho, no hay ni siquiera necesidad de alguien así. Se necesita de un guía que apenas preceda, que camine con usted a igual ritmo. “No se trata, decía el Programa, de hacer un Curso de literatura ni una retórica francesa, ni de lecciones de estética, sino simplemente de una serie de lecturas. Una lectura bien hecha es comentario sobre ella misma”. Esta última observación será verdadera con una modificación. Admito el límite establecido entre la lectura y la lección; por eso creo que podríamos ir mucho más rápido en explicaciones, en comentarios, sin que deje de ser una lectura. El comentario tiene sus cualidades, sin duda, pero ¿por qué no hacerlo en un rápido paréntesis, como en fluida contravía, sin interrumpir nada y propiciando la inteligencia?

Podría ir más lejos, y según mi muy corta experiencia como profesor, esto es lo que me parece. Además de los Cursos que me figuro superiores y muy sabios como el del Collège de France y los de las Facultades, las lecciones de literatura, para ser útiles y cumplir con su verdadero objeto, deberían componerse en gran parte de lecturas, de extractos abundantes, hechos con elección, y más o menos comentados. Cuando usted quiera hablar de un autor comience por leerlo atentamente, busque los lugares característicos, encuentre sus asuntos, y en seguida regrese y léalo y desenrolle las páginas hábilmente para que, así también, a pesar de la muy ligera intervención de su parte, quede en el espíritu del auditorio. Hay acentos que insisten, que subrayan, por así decir, algunas opiniones habituales; y los hay marginales, que se deslizan en la lectura, distinguidos por otros tonos; algunas precisiones indicadas casi gestualmente pueden ayudar al auditorio a reconocer la idea principal con la cual formarse una impresión. Así lo seguirán con honesta libertad, y sacarán sus conclusiones, sin necesidad de creer en la autoridad de un maestro, sin aceptarlo en efecto, creando para sí mismos ideas distintas sobre el autor en cuestión. No podemos leerlo todo, sin duda, de cada escritor; pero hay que leer lo suficiente para encontrar el sentido de la forma y propiciar, en el que sale de escuchar, la necesidad de conocer yendo al original: pero se debe, en rigor, ofrecerle amplias opciones para que, aun si no se informa más allá de la lectura pública, guarde un recuerdo propio, una idea precisa, sobre cada obra conocida. El arte de la crítica, de un modo, en el sentido más práctico y más vulgar, consiste en saber leer juiciosamente a los autores, y en enseñarlo a los demás abriéndoles camino, evitándoles el ir a tientas.

Esto es verdadero, igual para las lecciones, y por eso pienso que, en el fondo, no hay una diferencia esencial entre la lección y la lectura. Solamente conviene que, al final, no parezca una lección. Este es el punto delicado que hay que pensarse.

En el caso presente, tenemos que lidiar con las nuevas inteligencias, no ya dúctiles y delicadas como las de los niños, sino inteligencias en general construidas, derechas, sanas, conocedoras de las corrientes declamatorias del siglo; y de las inteligencias un poco rudas, poco manejables en el primer acercamiento, y suspicaces hasta el enojo si notan la impostura. El arte consiste en manejarlos. No hay porqué pretender dictarles impresiones futuras cuando ellas resultan simplemente de aquello que les presentamos.  En primer lugar, nos dice Montaigne, hay que tantear, ensayarlos largamente, dejar a los espíritus ir tras su propia luz. Un lector que hace sus pruebas, que les demuestra su no afiliación partidista, que no posee ninguna actitud más que contribuir al mejoramiento intelectual, se ganará al público. Si desde un principio se enseña estable y convencido, en estrecha compañía con el comportamiento social, podrá muchísimo sin necesidad de ser adverso y parecer un fraude.

Para las explicaciones, e igual reduciéndolas solo a lo mínimo, el lector debería dispensarse de un preámbulo con el punto de vista a tratar, así como exponer un poco las palabras que el autor utiliza, situarlo en su siglo, y llevar, por así decir, a las dos partes, la lectura y el público, hacia el efecto, en ciertos grados al menos, inevitablemente igualador.

 

[…]

Hay un síntoma general por constatar: el espíritu de la clase obrera parisina está mejorando. Si me preguntan qué entiendo por eso respondería con un sentido que no es el de los gentiles de ningún partido, y no es compartido por ninguna opinión. La clase laboriosa no se mejora, según veo, por tener esta o aquella idea política, inclinarse hacia puntos de vista sociales (admitiendo muy bien las disidencias), sino simplemente cuando comprende que hay otras vías además de la del trabajo regular. Solo un trabajo que se conoce puede mejorar. Cuando la mayor parte de una población se encuentra así, los violentos están advertidos, poco a poco, de que serán expulsados de la masa; aquí es cuando se mejora, y es el momento para que los políticos clarividentes aparezcan con medios honestos, morales, simpáticos. Las Lecturas de la noche, con sus límites modestos, son todo eso.

[Fragmentos]

* “Des lectures publiques du soir”, Causeries du lundi, tome 1, Libraire Garnier Fréres. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_Sobreeldolmen_)