SIMPLEMENTE UN LIBRO

Leer es un acto sublime del que nunca deberíamos escapar, beber del elixir de la sabiduría humana puesta a nuestros pies es la emancipación que nos lleva por caminos que antes fueron insondables, inescrutables.

 

Por / Adriana González Correa

Para recuperar un espacio que a cada rato abandono sin prudencia como es esta columna, quiero romper mi silencio apartándome del tradicional análisis político y adentrarme en un tema que habitualmente no es producto de mis reflexiones públicas, pero que por la magnificencia impúdica de sentimientos que provoca en mí, bien vale la pena compartir  las bondades que aporta la lectura.

Gracias a una anónima recomendación en redes sociales descubrí “El infinito en un junco” de Irene Vallejo, un texto fascinante que logró atraparme obsesivamente –como hacía buen tiempo no me sucedía–. Bien lo afirma el subtítulo, la invención de los libros en el mundo antiguo. No es un texto cualquiera, es una obra literaria de una preciosidad y exquisitez narrativa deslumbrante, con una impetuosa composición y un sinnúmero de oraciones impecables con una profundidad y sonoridad que encandila. Describir la importancia del invento del libro en la vida humana requiere de un esfuerzo memorable, además, Vallejo se obstina en brindarnos un maravilloso viaje por la historia de occidente a partir de los griegos, a la vez que nos trae a la modernidad y a la vida contemporánea con sus experiencias de vida, del cine y la literatura.

No me detendré en hacer una reseña del texto, prefiero usarlo de excusa para narrar las emociones y experiencias seductoras de la lectura, observarla como un objeto en sí misma, como una categoría del alma humana, de la razón y de la vida. Confieso que esta dinámica comenzó a ser habitual gracias a una relación o mejor amistad epistolar que sostengo por la invitación de alguien que con devoción se esfuerza por estar presente en mi vida y al que le agradezco su persistencia. Así que una carta con él es un bello motivo para reflexionar sobre cualquier hábito, cualidad, sentimiento, experiencia vivida, y así la escritura deja de ser un esfuerzo para convertirse en la desenfrenada prolongación de las ideas, los sueños y hasta los deseos.

Reconozco que mi fervor hacia los libros no es un acto innato, crecí entre ellos y la lectura; una abuela de crianza ávida leyente de literatura, poesía e historia se encargó de enseñarme a leer y a amarlos con obsesión, con ello me entregó una patente para adentrarme gozosamente en sus líneas, recorrerlos de principio a fin sin pudor, acariciarlos con mis ojos y sentirlos palpitar en las yemas de mis dedos, saborearlos como aquel beso enamorado que nos arranca el alma, aceptarlos como una huella indeleble que a veces quema, y en otras pasa lánguida y sin denuedo.

Hace poco, en una dedicatoria a un libro -lo que casi nunca hago-, escribí: “Podría vivir sin muchas cosas: sin los besos apasionados de un amante, sin la esperanza del amor que calcina, sin la ilusión de una amistad verdadera. Pero sin el sol, sin la luz, sin un libro, mi vida estaría tan vacía que no valdría la pena continuar con ella”, y lo escrito no es simple retórica, es una verdad en mi vida, es parte de mi historia, de mi ser íntimo y público, no es un comodín para parecer, es una verdad grabada debajo de mi piel y de mi razón.

Debo confesar sin sonrojo que siento cierto voyerismo con los libros, con las bibliotecas –la propia y las ajenas– y las librerías, incluso, vislumbro en ellas una voluptuosidad que humedece y alerta mis sentidos, en ellas y con ellas me percibo diferente, exultante, erótica y por qué no decirlo, en otra dimensión, una poco terrenal, una vida difusa frente a la realidad, que se va espesando y pierde su nitidez como sucede cuando se lee a Murakami, es una experiencia surrealista, me quedo corta en las palabras, porque como le escribí a alguien: “Las palabras nunca alcanzan, ni alcanzarán para describir nuestros más profundos sentimientos, siempre cortas, siempre austeras ante la inmensidad de lo sentido; al tiempo son insondables, inmortales, crueles, falaces, sublimes, profundas, conjugarlas es jugar con ellas, jugar a decir algo que da vida o que mata, las palabras solas mueven el alma y juntas la razón”.

Y vuelvo a mi abuela Teresa, una vieja hermosa, fascinante, deslumbrante para la época que le correspondió vivir, la que me enseñó a amar los libros y la lectura, la que inmóvil vivía conmigo la penumbra en los días escolares. De ahí tengo una costumbre, observar inmóvil y en mutismo cómo apaga el sol sus alas en este hemisferio para volar al otro lado del mundo y quedarme a oscuras después de su partida, a oscuras para pensar en mí, en lo que soy, lo que no se sido o lo que quisiera ser, o simplemente sentir y sentirme.

Recuerdo a Teresa cuando escribe Irene Vallejo que en todos los momentos de la historia han existido pirómanos de libros, mi casa, la de ella no fue la excepción. Tuvimos nuestra propia incendiaria. Vino de visita la hija mayor –una hermosa y superficial mujer–, que sin autorización de la dueña –mi abuela Teresa– en una escena dantesca, que me genera cierto terror infantil, tiró los libros de su biblioteca a la basura bajo el argumento de que lo viejo traía mala suerte, poco logró salvar la octogenaria propietaria y hasta el día de su muerte –a los 96 años– lloró la pérdida.

Tal vez por eso, para mí, leer un libro es sumergirme sin escafandra en la profundidad del pensamiento humano, es en muchas ocasiones una experiencia que literalmente altera mis sentidos, me levanta del suelo, me calcina y me esconde el tiempo.

Algunos libros han sido una compañía adictiva, un amigo que me habla al corazón desde mi propia voz interior y el afán por leerlos me extrae con ímpetu de cualquier actividad para cumplir nuestra cita de las seis de la tarde y cuando faltan pocas hojas para terminarlo, me engaño y con el artilugio de leer y releer una sola página por día aplazo el final; la última página anuncia sin piedad su partida, mentiría si no dijera que sufro y que casi siempre lloro porque se va, porque se fue, porque siento la orfandad y el vacío, es despedir un amor que movió las entrañas y como diría Cavafis en su poema: “Ítaca te brindó tan hermoso viaje, sin ella no habrías emprendido el camino, pero no tiene ya nada que darte”.

Leer es un acto sublime del que nunca deberíamos escapar, beber del elixir de la sabiduría humana puesta a nuestros pies es la emancipación que nos lleva por caminos que antes fueron insondables, inescrutables.

@adrigonco