LOS LIBROS QUE NOS CAMBIAN LA VIDA

De una u otra manera, un buen libro intenta perturbar nuestra concepción del mundo.

 

Por / Jhonattan Arredondo Grisales

Para empezar, es importante preguntarnos: ¿Los libros pueden cambiarnos la vida? Alguien, con una mirada escueta de la literatura puede decir que los libros sólo son divertimento. Otro, por el contrario, puede argumentar que los libros son una fuente de conocimiento que tiene como propósito trascender tanto su valor lúdico como su valor estético; es decir, que éstos penetren en el confuso espectro de la conciencia, que nos obliguen a detenernos en medio del camino y que desde esa palabra que encontramos en la última página veamos lo que antes no veíamos. Por supuesto, entre las dos posturas que acabo de mencionar, la segunda es la que más me interesa.

Si bien la lectura es juego, goce, placer, creo que su poder de persuasión excede su actitud recreativa. De una u otra manera, un buen libro intenta perturbar nuestra concepción del mundo. Incluso aquellos libros que falsamente tienen el rótulo de “literatura infantil”, debajo de la superficie donde duendes y hadas aparecen en bosques encantados, casi en secreto, ocultan una verdad insospechada: presentar —a través de una ficción que en algunos casos utiliza el recurso de la fantasía— la compleja armazón a la que está expuesta la frágil e insondable naturaleza humana. Pero también, claro está, las alegrías que a veces nos hacen pensar que la realidad no es tan dura como parece.

De manera que al abrir las cerraduras de una historia estamos ante una especie de portal que nos crea y, a su vez, nos recrea. Bien dijo Italo Calvino: “Leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser”. Es cierto que eso “que está a punto de ser” no sucede con bastante frecuencia. Entonces, decepcionados, luego de pasar horas y horas descifrando un enigma, creemos que nos han timado: los personajes resultan vacíos y el argumento que sedujo en la contraportada, en últimas, terminó siendo algo estéril en relación con lo que previamente habíamos imaginado.

La comprensible desazón puede deberse a tres posibilidades: primero, que el libro elegido no sea el indicado; segundo, que el momento para el hallazgo esté destinado para otra ocasión; y tercero, que el libro que te propinará el fuerte hachazo, por razones desconocidas aún no se haya escrito. En cualquier caso, la lectura de un libro trascendental, cualquiera que sea el formato, requiere paciencia y humildad para agachar la cabeza cuando descubras que estás ante algo que nunca habías escuchado. Porque leer, entre tantas cosas, es una forma de escuchar las voces y los pensamientos de quienes dialogan con nosotros, sin importar la raza, el sexo, la religión, las filiaciones políticas, el estrato social o la distancia que nos separa.

Pensarán, si llegaron hasta este punto, que esta columna de opinión también los ha engañado. Supongo que se preguntan dónde están “los libros que nos cambian la vida”. Pero la verdad es que he dicho todo lo anterior para contarles una anécdota que, a mi parecer, resume el tema en cuestión: el viernes 15 de julio de 1955, Gabriel García Márquez, luego de una parranda vallenata en el bar La Cueva de Barranquilla, viaja a París como el primer reportero de El Espectador en Europa. Tenía veintiocho años, había publicado su primera novela y ya era un periodista con reconocido prestigio.

Como se sabe, después de cierto tiempo, debido al cierre del diario donde inició su carrera el joven escritor aracateño se vio sin recursos y el hambre no tardó en hacer sus reclamos. No obstante, la respuesta ante el desamparo fue escribir una de las mejores novelas que se encuentran dentro del canon de la literatura latinoamericana: El coronel no tiene quien le escriba (1961). Quien siga las huellas que hay detrás de esta novela, sabrá que las sincronías entre los momentos de su escritura y los momentos de la angustiante expectativa del coronel son similares, como si la vida real y la ficción se emparentaran para hacernos creer que son la misma cosa.

En fin. A donde quiero llegar es a lo siguiente: cada vez que la vida me cierra sus puertas, cada vez que el mañana se cubre de neblina y, en especial, cada vez que pienso que este oficio es inútil, por alguna razón viene a mi mente la figura del viejo coronel caminando hacia el puerto donde espera recibir el edicto de su pensión. No hay detalles que nos digan lo contrario; sin embargo, sospecho que, en el fondo, el coronel sabe que la notificación nunca llegará. Pero hace silencio y como un ritual continúa esperando, cada viernes, la carta milagrosa.

Así que, cuantas veces descubro que lo deseado nunca llegará, hago silencio y continúo esperando que las palabras alcancen su objetivo. Acaso los libros que nos cambian la vida sean eso: una breve dosis de inusitada esperanza.

@Jhonattan_1990