Pedimos zonas verdes como si la capital risaraldense careciera de ellas. Los predios del batallón San Mateo, una disputa que tiene a los ciudadanos deseosos de un gran parque para el municipio. Otro parque para matar.

 

Por: Carlos A. Marín

Parece que la moda verde está entrando en los corazones de los pereiranos, a tal punto que ahora se imaginan un gran mundo de árboles allá donde los soldados rasos se levantan desde las 4:00 de la mañana a cumplir con extenuantes jornadas de entrenamiento.

Todo sería normal hasta ahí. La dificultad se hace evidente cuando recorremos la ciudad y comprendemos que Pereira no esa urbe pálida y seca en la que la humedad, el oxígeno, la vegetación no alcanzan.

Con sorpresa camino las zonas verdes de la ciudad, unas más olvidadas que otras y me pregunto: ¿en serio estamos pidiendo un parque?

Quiero empezar este argumento del porqué no tenemos consciencia acerca de las zonas verdes, que el pedir un parque supone un reto mucho mayor para el municipio del que se pueda pensar.

Mucho antes de que la moda verde tomara la fuerza que se le reconoce ahora, se originó un hermoso lugar denominado el Parque de la Vida, un parque que 15 años después de ser ubicado, se ha convertido en el rincón más olvidado de los pereiranos.

El homenaje, que nació muerto, es ahora un espacio tupido de vegetación, donde figuras de animales se pierden entre la maleza. Aquellos niños que fueron representados en este parque fueron asesinados dos veces: la primera por Luis Alfredo Garavito y la segunda por la memoria de los ciudadanos. Este sería el primer ejemplo entre varios.

Existe una vaga idea entre algunos  líderes de opinión de Pereira y es creer que desde la comodidad del escritorio se abordan mejor los temas que tienen impacto en la población. La necesidad de vivir los hechos de primera mano para después sentarse a escribir se convierte en una responsabilidad cuando la voz de esos líderes es escuchada y tenida en cuenta. Para pedir parques hay que ser conscientes de cuáles tenemos, cuáles hemos liquidado.

Otro ejemplo. La zona baja del Viaducto César Gaviria Trujillo, un espacio que serviría como corredor para que propios y turistas se atrevan a disfrutar del magnífico puente construido en 1997. Hasta el momento se está adecuando con coloridos murales. ¿Se convertirá en un lugar de convergencia de ciudadanos? Esa es una buena propuesta para las personas que vienen reclamando los predios del batallón San Mateo: adecuemos los lugares que hemos dejado morir. Este, donde se empinan los pilones que sostienen el puente, es un punto olvidado.

El Metroparque del Café, un sitio que por su extensión invita al esparcimiento, unión familiar y disfrute. Además se encuentra ubicado en el corazón de Pereira. La zona de los barrios Jardín I y II que complementan un hermoso paisaje que visto desde el cielo genera una connotación diferente entre los selvático y lo urbano.

Concluyo haciendo referencia al polémico parque Olaya Herrera, patrimonio del municipio, todo un lujo en esa tendencia de ciudades verdes. Cuando aludo a polémico es porque desde hace aproximadamente dos años hasta la fecha, el lugar viene siendo ocupado por ciudadanos amigos de la marihuana; uno que otro, de lo ajeno; estudiantes y personas del común, estos últimos a veces desmotivados a frecuentarlo por los primeros. Tan delicada se puso la situación que las autoridades tuvieron que intervenir haciendo presencia en el sitio. Triste porque el único verde que debería estar allí es el verde de los árboles, y no el verde del uniforme de las autoridades.

La inclusión de los consumidores de marihuana en el Parque Olaya no debe en ninguno de los casos interpretarse como un gesto que excluya a otras poblaciones de igual importancia. Se pueden buscar mecanismos para cohabitar el lugar, teniendo en cuenta también la opinión de los vecinos del sector.

Es pues una mirada hacia lo que ya nos compete, esa necesidad de recuperar los espacios que hemos dejado ir con el tiempo, el olvido. El discurso verde debe ampararse en la salvaguarda de los sitios que ya fueron creados para que en un inmenso verde escapemos de vez en cuando del gris denso del asfalto.