La vida va tan rápido que ni nos estamos dando cuenta que la estamos viviendo. Todo el tiempo las personas muestran con más ímpetu la necesidad de vivir esclavas a sus celulares e ignoramos que ese tren de la vida sigue corriendo.

 

Por / Carolina Guzmán Valencia

Las redes sociales nunca antes habían sido tan interesantes, ni el silencio que ahora reina en las calles había sido tan impetuoso, ni la voz de mi conciencia había sido tan clara. Estamos viviendo algo que a lo mejor nunca habíamos pensado tener que vivirlo, el encierro.

En medio de la segunda guerra mundial, muchos de los habitantes de Europa, en especial los judíos, tuvieron que vivir confinados, pero no de igual manera que lo está viviendo el mundo entero en la actualidad debido a esta pandemia llamada coronavirus. En los años 40 no había conexión a Internet y tampoco existía la televisión, así que la gente sólo podía recurrir a los periódicos y los pocos afortunados que tenían radio en sus casas, podían seguir un poco más de cerca el ascenso del nazismo. Es cierto que no se trataba de un virus que impedía el contacto físico con los otros, pero vivieron algo peor: el temor de ser obligados a esconderse.

A medida que transcurrían los meses, se fueron acabando los insumos en la canasta familiar, la guerra no sólo acabó con la vida de millones de judíos –sin importar edad, sexo, talla, color, nacionalidad– sino también con el suministro de víveres, medicamentos, y cada vez más era casi imposible encontrar algo para poder comer a diario. Fueron años en que la gente conoció el verdadero significado de hambre, de crisis, de escasez, de frío, de incomunicación, de encierro; y el único consuelo para soportar ese modo de vida era el abrazo de la familia antes de ir a dormir.

El coronavirus nos ha robado el contacto, las caricias, los besos, pero nos ha demostrado por otro lado la fuerza de las palabras y el importante lugar que deberían tener en nuestras vidas. Nos ha otorgado el beneficio de no sentirnos incomunicados, de tener la fortuna de hablar con alguien a quien apreciamos y que se encuentra a miles de kilómetros de distancia de donde estamos, de hablar con esas personas que se fueron de nuestro lado, pero nunca de nuestros corazones, y tener la certeza de saber que están bien, que de alguna manera podemos llenarnos de alegría con esos instantes de compañía virtual.

Que afortunados somos los de esta era moderna, de poder tomar un teléfono sin importar dónde estemos y hacer esa llamada que tanto ansiamos, sin tropiezos, sin obstáculos, sin esperas. Esta pandemia nos ha concedido la dicha de pelear esta guerra desde la comodidad del hogar, disfrutando solos o en familia, de las muchas opciones que proponen la televisión por cable, el Internet, los juegos de video y de mesa, los libros, o incluso el placer de poder saciarse con los frutos del cine.

Este encierro me ha hecho pensar más que nunca en esas personas que vivieron la guerra. Ellas soñaban, sencillamente, con encontrar algo para comer, ¡nosotros con encontrar algo que no esté agotado en el supermercado! Ellas soñaban con despertar vivos y libres, ¡nosotros sanos y libres!

Después de haber conquistado el mundo, ganado derechos, peleado guerras, labrado caminos, y ganado nuestras libertades ahora viene un virus a privarnos de nuestro estilo de vida, para enseñarnos a buscar otras alternativas; a unos encontrarnos con nosotros mismos, a otros con la calma, y a algunos más con el temor que da la soledad.

Sin embargo, este encierro no está tan mal si dedicamos esta oportunidad para escribir aquel libro que siempre quisimos escribir, o componer esa canción que siempre tuvimos en nuestras mentes, pero que por falta de tiempo nunca nos atrevimos a hacerla, o a leer ese libro que compramos hace tanto tiempo y aún sigue en la biblioteca de la casa sin siquiera haberle quitado el empaque, o para pintar ese paisaje con el que tanto soñamos en las noches.

Esta crisis sanitaria de hecho es una invitación a tomar un nuevo destino que nos lleve a retomar cosas que habíamos abandonado con el desarrollo de la tecnología y el ritmo vertiginoso en que vivimos en este milenio. ¿Por qué no aprovechamos para volver al cuarto oscuro y revelar esas fotos que se quedaron en un rollo de esos que ya no se suelen comprar? ¿O a jugar con nuestros niños con ese juguete que les dimos en navidad y que aún no encontramos el tiempo para disfrutarlo con ellos? ¿O a armar esos rompecabezas en familia como los que tanto me gustaba hacer cuando era pequeña?

La vida va tan rápido que ni nos estamos dando cuenta que la estamos viviendo. Todo el tiempo las personas muestran con más ímpetu la necesidad de vivir esclavas a sus celulares e ignoramos que ese tren de la vida sigue corriendo. Y así, mientras estamos viendo futilidades en Facebook, nuestros hijos están dando sus primeros pasos; mientras estamos viendo fotos en Instagram nuestra planta floreció; mientras estamos viendo la televisión nuestro abuelo dio su último suspiro.

La vida se nos ha vuelto tan banal que ya no sabemos pasar tiempo en familia, o incluso con nosotros mismos. Necesitamos llenarla cada vez más de imágenes que ni siquiera pertenecen a nuestra vida, vivimos llenos de ilusiones de sueños ajenos –lo cual está bien hasta cierto punto–, olvidando vivir los nuestros.

Lo escribo nuevamente, somos muy afortunados de vivir en la era de la tecnología, pero no podemos permitir que esta absorba nuestra existencia. Es cierto que es una herramienta que nos acerca a los otros; sin embargo, no nos proporciona ese contacto físico que nos impregna de los olores del otro, que nos permite sentir el calor de otro cuerpo, ni nos deja llevarnos con nosotros un cabello del amigo.

Estamos atravesando una guerra contra un adversario invisible que nos ha aislado para enseñarnos nuevamente a vivir. Tal vez mañana volvamos a valorar la vida que tenemos, a dar gracias por tantas cosas que poseemos, pero que se han convertido en algo tan cotidiano que ni siquiera nos damos cuenta que en verdad se trata de un regalo (Internet, un computador, un celular, una casa, una cama, la comida, un trabajo, un carro).

Este encierro nos pone a priorizar lo que es realmente importante, lo que merece la pena que pongamos todo nuestro empeño y nuestro tiempo. ¡Cómo me gusta pasar tiempo con mi hijo!, ese tiempo que sé que no volveré a recuperar porque la vida no da esperas y todos envejecemos un poco más cada día.

El viaje hacia el crepúsculo es largo, entonces hagamos que cada instante valga la pena, busquemos en las noches un motivo para despertar al día siguiente, sentir la brisa fresca en nuestro rostro, escuchar los pajaritos de la primavera, darles un beso a nuestros seres amados. Aquí estoy, como el resto del mundo, reconectándome conmigo misma para ver con nuevos ojos el futuro. Pero quiero ante todo vivir el presente…

Marzo, 2020