Fotografía tomada de El País (España)

EDITORIAL: Calma en la euforia

Colombia ha transitado por todo tipo de guerras internas, docenas, según varios historiadores. Colombia ha vivido aislada a lo largo de la vida republicana, marcada por una bajísima tasa de inmigrantes de otras nacionalidades. La primera situación nos formó en el ánimo belicista como nación desvertebrada que somos; la segunda nos blindó de la modernidad, la cual llegó de manera tardía.

Esa Colombia es la que se pudo reconocer hoy en las calles, donde casi no interesó el suceso trascendente que se dio en La Habana con la firma del cese bilateral de hostilidades y el fin del conflicto entre el Gobierno y las guerrillas izquierdistas de las Farc. Poco cambió hoy la cotidianidad en un país acostumbrado ya al anómalo desangre y reacio a las salidas negociadas con el otro que es diferente, mucho menos con un actor armado que durante 52 años ha recogido tras de sí una larga estela de crímenes.

Más de medio siglo de enfrentamiento armado, varios procesos fallidos con las Farc –los más sonoros el de La Uribe y el de El Caguán– han cultivado el áspero callo de la indiferencia ciudadana ante el grupo guerrillero más antiguo y numeroso de América. El escepticismo es evidente en muchos, al igual que la esperanza de otros tantos.

Unos, los escépticos, refugiados en la figura de una extraña “resistencia civil” y aupados por poderosos personajes de la política nacional que cuentan con efectivas vitrinas mediáticas. Los otros, los esperanzados, viviendo con emotividad los acuerdos y pregonando que el fin de la guerra es posible. Divididos unos de otros, en buena mayoría, por el foso cavado en el desconocimiento de que existen múltiples y antagónicas formas de pensar.

Claro que cualquiera que tenga un mínimo de civilidad pregona la paz, mucho más cuando la guerra ha manchado de sangre su propia puerta. Pero a esta paz –que en realidad es un importante acuerdo parcial, pero no definitivo con el grupo más dañino en términos de orden público–, esta paz, insistimos, cojea del lado más necesario: del optimismo surgido en el apoyo indeclinable y consensuado de la ciudadanía. Estas negociaciones han fracasado en cuanto a la capacidad de lograr el apoyo popular; sin importar los miles de talleres, programas y demás recursos de todo tipo que se han dirigido a su divulgación entre los colombianos.

Y esa tarea de la verdadera pedagogía de la paz, de absoluta comprensión de los acuerdos parciales pactados hasta el momento y sobre lo que resta por negociar, es un ejercicio que el Gobierno actual no puede asumir solo. Su bajísima popularidad lo inhabilita para ser garante de esta tarea. Y allí deben entrar en franco compromiso otros agentes de la vida ciudadana.

De este modo, cada uno, desde su ámbito, debe no solo ser un divulgador de los acuerdos logrados, también un crítico de lo que se perciba cuestionable. Apostar además por la pedagogía del diálogo en la diferencia, al respeto de aquellos que de manera legítima descreen de lo negociado. No se trata solo de la tarea loable de llevar a buen fin la negociación con las Farc, se trata en realidad de que de una vez por todas nos entendamos diferentes, diversos y amparados por la misma bandera… que nos sintamos connacionales. A este país le falta sentido de Nación, ese es el problema medular que facilitará que el monstruo de la violencia generalizada salte en cualquier otro futuro recodo de nuestra historia. Y esa es la difícil tarea que debe comprometernos: aprender del pasado.