EDITORIAL / EL GENERAL DESCONTENTO

Colombia vive desde el 28 de abril jornadas ininterrumpidas de protesta destacables por varios aspectos: por la continuidad de las mismas en varios puntos del país, porque en apariencia los líderes de oposición no figuran como convocantes y por el marginamiento por parte de los sindicatos de trabajadores. En suma, algo inédito en el país.

Para mayor extrañeza, los cacerolazos y marchas espontáneas se dan por igual en los barrios más populares como en aquellos donde dos carros de alta gama están parqueados en el garaje de sus habitantes. Algo está pasando y, aunque todavía es temprano para analizar, vayan estas reflexiones primerizas, en caliente tal vez, sobre algo que de seguro dará para muchas y más profundas interpretaciones posteriores.

La cereza en el pastel amargo de la inconformidad fue la difusión de algunos de los contenidos propuestos en la Reforma Tributaria del actual gobierno. El estoicismo secular de los colombianos se vino a pique, afectado desde antes por los coletazos económicos y psicoemocionales de la pandemia que ya está en su segundo año, sin perspectiva de final a la vista.

Peor caldo de cultivo era imposible de cocinar, inimaginable hace dos años, cuando en el 2019 los colombianos se lanzaron a las calles para exteriorizar su indignación contra el actual mandatario y los desmanes de la policía contra la población civil. El movimiento de protestas que se extendió por varios países contagió a los colombianos, con numerosas y nutridas protestas semanales o mensuales.

Luego llegó la declaratoria de pandemia –en marzo de 2020–, una bendición para la alicaída popularidad presidencial, además de servir como tapadera para el general descontento ciudadano. Una pausa que duró poco debido a las protestas surgidas ante nuevos casos de brutalidad policial y desdén oficial al respecto. Estas acciones terminaron en los fatídicos 9S y 10S que dejaron tantas víctimas, por demás impunes hasta el momento; varias sedes policiales fueron quemadas.

Pero solo fue una pausa que estalló con mayor fuerza en este 2021. Y la marea pareciera irreversible. Los 14 civiles asesinados durante las protestas de ayer en Cali -hecho denunciado en rueda de prensa por organizaciones de derechos humanos- son solo una alerta del mal camino que puede tomar esto, mucho más cuando el líder del partido de gobierno invita a acciones de fuerza como disparar contra la población. Todo este panorama se suma al profundo desinterés gubernamental por controlar la brutalidad policial. Por supuesto, para las víctimas pasadas, presentes y futuras, solo queda clamar por justicia.

 

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Un capítulo aparte merecen los medios de comunicación tradicionales, una buena parte de ellos cercanos a los poderes económicos o al partido de gobierno, que han cumplido un deslucido papel en el cubrimiento de la protesta social. El desequilibrio y sesgo interpretativo dan vergüenza, hasta el extremo de que un canal de televisión de larga trayectoria falsificó imágenes de protesta para hacerlas ver como manifestaciones de apoyo a la desmantelada propuesta de Reforma Tributaria que en últimas tuvo que dar a conocer anoche mismo el arrinconado Presidente.

La pobreza en contexto y análisis han sido el pan de esos otrora grandes medios y hoy convertidos -muchos de ellos- en comparsas del sainete gubernamental. Motivo adicional para dejar de ser referentes para la ciudadanía, una instancia nada feliz para el periodismo y que empobrece la cobertura democrática. Ya esos medios se enteraron de que no representan el sentir ciudadano, mucho menos son sus voceros.

En contraste, destacable ha sido el papel de docenas de medios nativos digitales que han suplido con suficiencia y en un ejercicio ejemplarizante los fallos informativos. La voz ciudadana, la amplitud de miradas, el cubrimiento en vivo, el análisis, el contexto y, sobre todo, el respeto por quienes protestan –sin recurrir a epítetos descalificadores– demuestran que una antigua manera de pensar el periodismo da sus estertores, pero otro, más sensible e independiente, goza de buena salud.

Las marchas no terminarán, el descontento tampoco, falta ver si la conciliación y la escucha llegan hasta los cenáculos del poder, tan esquivos a gobernar con y para la ciudadanía, pero tan dados a la plutocracia, a ese gobierno de unos cuantos bendecidos por las mieles de la fortuna.