Colombia es un país complejo, quizá uno de los más complejos de la América hispana, además de México. Algunos propondrán otros nombres, quizá sea cierto. No en vano nuestros mandatarios salen envejecidos luego de su periodo. El hecho constatable es que gobernar este país exige capacidades extraordinarias de un presidente.

Esto último es el problema actual. Luego del paro nacional del 21 de noviembre se hizo evidente la inconformidad latente en muchas capas de esta sociedad clasista –pero que se unió para protestar–, racista –pero aunada para mostrar el descontento-, xenófoba –pero hermanada en la inconformidad–. Ayer, por primera vez en varias décadas, los colombianos nos unimos para demostrar nuestro descontento con el actual gobierno. Un gobierno legítimo por cuanto fue elegido de manera contundente en las urnas, pero que a poco más de 14 meses de iniciar su mandato ya está desgastado, es impopular y no genera confianza entre los ciudadanos.

Ayer, una marea incalculable de colombianos salió a protestar desde tempranas horas y lo seguía haciendo hasta la medianoche. Las marchas terminaron en sonoros cacerolazos, matizados con despreciables actos vandálicos por parte de quienes desean pescar en río revuelto, en la evidente debilidad de un gobierno que antes del mediodía de su periodo ya está desgastado por completo.

Esa ingobernabilidad no le hace bien al país, tampoco debe alegrar a ninguna persona sensata, porque ella es la fisura por la que se cuela el caos. Basta recordar los episodios posteriores al 9 de abril de 1948: la pusilanimidad del gobierno de Roberto Urdaneta y la perversidad de su mentor Laureano Gómez. Todo terminó en un golpe de Estado con apoyo del partido de oposición, la Iglesia y otros actores. Esperemos que la lección ya haya sido aprendida.

Ayer la ciudadanía salió a pedir de forma pacífica y ordenada muchas cosas. Tantas como las que dos siglos de gobiernos egoístas y sordos han cimentado en este país. Pero hay una sustancial: la necesidad de la escucha cierta y honesta de todas las voces ciudadanas por parte de los gobernantes y la toma de decisiones respetando ese diálogo. He ahí la gran falla de este gobierno: no escucha, es arrogante y toma decisiones en contravía del sentir nacional. Los desprecios han sido muchos y ya no se soportan más.

El presidente Iván Duque y el partido que lo llevó al alto cargo que ocupa, el Centro Democrático, tienen ahora la responsabilidad y necesidad histórica de entablar diálogos sinceros con todos los actores sociales, incluida la clase política que tanto desprecia la actual tecnocracia en el poder, como bien lo afirmó hace poco uno de nuestros analistas políticos.

No hacerlo tendrá un alto costo para el país nacional y, por supuesto, para el partido que gobierna. Pero siendo sinceros, mucho más luego de oír y analizar de manera detallada la corta intervención del presidente Duque en la noche de ayer 21 de noviembre, las esperanzas son pocas. La alocución presidencial solo reiteró en los lugares comunes que tanto se le han cuestionado a su mandato y que se convirtieron en manía: reducir el acto de gobernar a la acción policial o militar.

No deseamos –como lo debe hacer cualquier colombiano sensato– que ocurran desbordes violentos, hartos estamos de esa historia sangrienta, pero si no hay un auténtico viraje en la actitud del gobernante y de su partido, todo podrá empeorar. Señor presidente, escuche a la ciudadanía, a todos los sectores políticos y actúe con valentía. En sus manos está la posibilidad de que no desemboquemos en un nuevo ciclo del desangre en el que se ha convertido nuestra historia como nación. ¿Podrá hacerlo?