Colombia eligió, así haya sido con una abstención alta (60%) y luego de una campaña enrarecida y llena de toda clase de denuncias por parte de los dos principales candidatos, quienes a la postre pasaron a la segunda vuelta. No hubo, por tanto, cobro alguno por parte de la ciudadanía, ante bien fueron favorecidos y recibieron un evidente respaldo a sus estrategias de guerra sucia.

Además, el país eligió con casi medio millón de votos de ventaja la propuesta guerrerista del candidato Óscar Iván Zuluaga. A esta decisión se suma la masa de votantes atraídos por Martha Lucía Ramírez, quien también aboga por la guerra frontal a las Farc. Ambos suman más de 5 millones 755 mil votos, que aunque inferiores a los más de 6 millones 324 mil de los candidatos que están a favor de la paz, deja serias dudas sobre la posibilidad real de que en la segunda vuelta gane la propuesta del presidente Santos.

Con toda la importancia que tiene la exploración de una negociación de paz, ya muy avanzada por cierto, es evidente que el ánimo belicista y la estrategia del temor surtieron sus efectos. Otra cosa que se confirmó es que la Colombia “cachaca”, aquella del interior y algunos departamentos de la región amazónica, apuesta por la mano dura y una ideología de derecha que fundamenta su discurso en la guerra sin cuartel que prohija la ausencia de cualquier diálogo. Esa, por lo menos, es la Colombia que vota.

En el otro lado están los partidos y candidatos que animan una Colombia urgida del diálogo, de la paz y de poner fin a décadas de desangre de lo mejor de sus hijos. Esta Colombia está conformada por las mecánicas electorales tradicionales más muchas voces independientes.

Esta primera vuelta -en la que nada se ha perdido, pues todo ya estaba perdido- deja varias lecciones para aquellos que ven en la política una acción ciudadana:

La primera, que desear no es elegir. Es una “acción”. Muchos creen, los jóvenes en particular,  que votar no es más que dar un “like” o lanzar un trino desesperado en las redes sociales. En los diferentes puestos de votación fue constatable algo creciente: quienes votan son los viejos, esos mismos reacios al cambio y amantes, por simple psicología humana, del orden por encima de todo.

La segunda, que la guerra sucia es un terrible búmeran que no se sabe a quién va a golpear. Esta vez golpeó al candidato presidente. El espectáculo sórdido que presenciamos los colombianos, y del cual también terminamos como partícipes, demostró la pérdida total de la altura política y de la dignidad de quienes dicen ser nuestros referentes. El país de la ofensa y del linchamiento público salió a flote con mayor fuerza que nunca.

La tercera, que las Fuerzas Armadas no votan, pero eligen. Esa fue una de las grandes derrotas institucionales, pues por cuenta de la paz, la cual permea múltiples y a veces desconocidos intereses, una institución tan prestigiosa terminó dejando en evidencia las fracturas a su interior, como se pudo constatar en la querella pública entre los generales retirados.

La cuarta, que ya todo está politizado, incluida la justicia.  Y eso que hoy parece tan normal, hace unas décadas era inconcebible. Peor aún, ya la justicia funciona como mecanismo de persecución de los opositores.

Por último, algo que es nefasto, pero nada nuevo. Las Farc siguen eligiendo presidentes, ahora como en 1998. La lección parece no haber sido aprendida y los señores de la guerra devienen en auténticos barones electorales. Hoy, tal como antes, pesan más las manifestaciones contra las Farc que las muestras de apoyo a la paz. En el colombiano promedio la venganza y el rencor no permiten asilo para el diálogo.

Tal como están las cosas, al proceso de paz de La Habana le espera un entierro de tercera para poder así entrar en la definitiva paz de los sepulcros. Esa misma paz blanqueada con los cuerpos de miles de humildes colombianos que hoy votan con desparpajo por la guerra.