EDITORIAL / LOS NADIE

Todo fuego tiene un inicio, pero de ninguno se sabe cómo terminará. Y a esa estrategia de piromanía estratégica parecieran estar jugando varios actores de la vida nacional. Desde el primer mandatario y su partido, hasta los ministros, las fuerzas policiales, un sector de la oposición política y, hastiada por la ausencia de soluciones, parte de la ciudadanía misma. Este carrusel de apuestas en las que se está exponiendo el pellejo mismo de la democracia endeble que sustentamos pareciera ser parte de un plan largamente meditado por algunos para mantener el statu quo, negar el necesario cambio que una sociedad enferma demanda; pero que sus dirigentes no solo niegan, sino que hacen retroceder en los mínimos avances alcanzados en años recientes.

Los desmanes de la Policía Nacional, esa que se suponía era de todos, ya rebasaron lo imaginable y se convirtieron en atropellos sin nombre; atacando sin respetar edad, sexo o condición de discapacidad. El homicidio de Javier Ordóñez fue el detonante, pero desde que rige el actual Código de Policía –eufemísticamente denominado Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana– las situaciones empeoran cada vez más. Las extralimitaciones y brutalidad policial ya hacen parte del paisaje, no por frecuente, menos indeseado. Ese nuevo florero de Llorente rebasó la tolerancia de la ciudadanía, que se lanzó a las calles para ejercer su legítimo derecho a la protesta, pero que fue empleado como excusa por varios policiales para disparar sin control contra la población civil y por algunos otros ciudadanos para hacer rapiña.

El 9S de ayer, que tuvo como epicentro a Bogotá, pero que también se dio a su medida en varias otras ciudades, no pierde su dimensión al etiquetarlo con el epíteto de “vandalismo”, como repiten los gobernantes desde la fría Bogotá. Claro que brotes de esto se vieron, pero más allá de lo coyuntural es evidente la inconformidad de los estratos populares, la insatisfacción de nutridos sectores ciudadanos, en particular de los jóvenes, no en vano casi todas las víctimas mortales reportadas hasta el momento tenían entre 17 y 27 años de edad –muchas de ellas circunstanciales en medio de una llamarada que seguro demorará en extinguirse–.

Los jóvenes son el germen de la esperanza, nos han repetido desde la época clásica. Pero en nuestro país está creciendo una nueva generación perdida, que no haya en sus líderes un aliento para seguir adelante, mucho menos en los contextos en los cuales sobreviven. Según el primer informe de inclusión laboral en Colombia, dado a conocer en febrero de este año, dos millones 700 mil jóvenes ni estudian, ni trabajan, ni reciben alguna formación. 200 mil más que el año anterior. ¿Para ellos cuál es el líder que guiará su futuro? Ninguno, mientras las prioridades del Gobierno estén centradas en los intereses del sector privado y de los grandes propietarios de tierras, algo más acentuado hoy que en el pasado, cuando al menos el disimulo imponía cierta capacidad de escucha y alguna recatada largueza en inversión social. Los jóvenes, otras víctimas en el país de la inequidad, de la desigualdad.

Con esas víctimas, y las muchas más que ha dejado la violencia generalizada que crece sin pausa en los poco más de 19 meses del mandato de Iván Duque Márquez, es con quienes debemos estar. En un país alimentado de manera crónica por las mil y una formas de la violencia debiéramos rodear a las víctimas, de todos los orígenes e ideologías, pero no está ocurriendo así. El mismo Gobierno ha demostrado hasta la saciedad la falta de identificación con la ciudadanía, exhibe orgulloso el corazón amurallado ante cualquier muestra de identificación con su dolor. Esta falta de empatía –ya discutida por muchos observadores de la vida nacional– convierten a Duque y su gobierno en uno de los más odiosos de la historia reciente en cuanto a su relación con quienes gobierna. Algo que ya rinde sus dolorosos frutos, los mismos que ojalá cesaran, pero son pocas las señales para el optimismo.

Sin un diálogo honesto toda esta situación de enorme insatisfacción ciudadana será imposible remediarla; pero las declaraciones del día de ayer son prueba más que suficiente de la escasa intención de entablar diálogo por parte de la harto arrogante plutocracia que rige el país y de la enorme indolencia con la cual se conducen los asuntos ciudadanos. El Gobierno como Empresa parece ser la marca angustiante de este periodo presidencial que solo piensa en réditos, mientras los nadie –que lo somos casi todos en Colombia– solo servimos como alegres comparsas para presenciar atónitos las piruetas del rey que marcha desnudo apabullado por los elogios de su Corte.