Hay un ambiente enrarecido, con matices de miedo, de inseguridad frente a la interpretación que el otro hará de lo que se dice. No hay tranquilidad entre los periodistas, porque muchos de los grandes medios en los que trabajan han convertido la indiferencia o la connivencia en patrones rutinarios frente al cubrimiento de los desafueros cometidos por un gobierno que siente rabia por saberse tan impopular.

La decisión de allanar la revista cultural Cartel Urbano –con certeza de haberse cometido una ilegalidad al emitir tal orden– o la petición dirigida al medio digital 070 de eliminar un contenido, por parte de la Policía Nacional, son dos hechos recientes, pero no los únicos, que trazan una línea de acción encauzada a silenciar cualquier disidencia. Lo irónico es que el gobierno del presidente Iván Duque está replicando una de las acciones que tanto critica en la dirigencia venezolana: el cerco a las libertades.

En las redes sociales los apoyos a los medios perseguidos de esta manera han sido numerosos y hay un patrón común en varios de ellos: la remembranza de oscuras épocas en las cuales la arbitrariedad estatal causó mucho dolor e injusticia mientras se cumplía con la supuesta defensa de la democracia, vaya paradoja.

La Fundación para la Libertad de Prensa ya lo manifestó en un comunicado emitido luego de conocerse los hechos en contra de los medios mencionados: “Todas estas agresiones, crean un ambiente de miedo y censura entre los medios de comunicación y colectivos que hacen uso de su libertad de expresión para informar u opinar sobre asuntos de interés público”.

Una prensa amordazada, unas redes sociales censuradas y unos periodistas conocedores de que sus medios no los respaldan, son todos ellos síntomas de una progresiva degradación de la libertad de información, indicios de una sociedad que pretende ser dirigida al unanimismo.

La campaña de persecución y de atemorización se incrementó ante la inminencia de una gran manifestación de inconformidad por parte de sectores ciudadanos que no están de acuerdo con varias decisiones o políticas gubernamentales. Los medios, como es su deber, informan. Cumplen con su labor y la esencia de su deber ser, algo que muchos no desean entender.

Mañana 21 de noviembre está convocado un paro nacional, acción legítima respaldada por la Constitución Nacional y numerosos arbitrios internacionales. En ese contexto los medios de comunicación son naturales trasmisores y relatores de una realidad. Ignorar esta convocatoria o, peor aún, desacreditarla, va en contra de la esencia misma del periodismo. Pero eso quisieran nuestros gobernantes y no pocos propietarios de algunos de esos grandes medios.

Mal hacen las autoridades cuando convierten la protesta en una acción ilegal, dando así aliento para que extremistas de toda índole cacen en el coto cerrado de los ciudadanos inermes que protestan. Los medios, en la actual situación nacional, no podemos servir como amplificadores de estas autoridades legítimas, pero ilegales en cuanto abusan de su poder para estigmatizar y perseguir. Pareciéramos no entenderlo así, en aras de seguir a pie juntillas el dictado oficial.

En un artículo que fue censurado en su momento, Albert Camus escribía: “Es fácil comprobar la autenticidad de una noticia. Y un periodista libre debe poner toda su atención en ello. Porque, si no puede decir todo lo que piensa, puede no decir lo que no piensa o lo que cree que es falso. Esta libertad negativa es, de lejos, la más importante de todas”.

Y esta “libertad negativa”, para reiterar la expresión usada por el Nobel francés, es una de las mejores herramientas del periodismo en épocas de mercantilización de la información, de la manipulación noticiosa y de la supremacía de los intereses económicos de unos pocos sobre los intereses colectivos.

La prensa debe informar, cumpliendo con los parámetros éticos del oficio, pero mal hacen las autoridades y el gobierno mismo en convertir al mensajero en el enemigo que se quiere silenciar. El franco reconocimiento de los errores propios debería ser la actitud propicia de esas mismas autoridades que graduaron como enemigos a los medios y periodistas que cumplen fielmente su labor. De eso se trata de la democracia.