Todo eso eres tú, sin tiempo y sin olvido. Detenido en el vértice de alguna constelación giratoria, observando la Nada, pero presente, día a día, en la música y los recuerdos de mi alma profunda.

Librería Quimbaya. Lanzamiento de su libro «Poemas Canónicos», con su traducción de la poesía de Constantin Kavafis.

Librería Quimbaya. Lanzamiento de su libro «Poemas Canónicos», con su traducción de la poesía de Constantin Kavafis.

Por: Olga Lucía Betancourt Sánchez

El tiempo nos convoca delante de tu memoria. La nostalgia, la ternura, el reconocimiento de tu importante presencia en mi juventud, en nuestra Pereira que estaba ávida de cultura, de música, de historias de ultramar. De reencuentros con la Grecia antigua y con las voces de los viejos poetas errantes que degustaron, en la intimidad de su soledad, placeres transgresores y amores irredimibles.

Contigo, siempre es el tiempo de la evocación. De una melancolía regada por los rincones de tu casa, por los anaqueles de tu música, donde César Frank nutrió mi soledad con sus notas  musicales, mitad divinas y mitad humanas, como símbolo del ángel en desgracia que nos habita.

Hoy, hace diez años que partiste hacia el misterioso destino de los desterrados. Y el tiempo ha pasado como un torbellino de estrellas errantes, sorprendiéndonos con su velocidad irremediable, con su ritmo decadente y la amplitud de su misterio; y súbitamente nos preguntamos, ¿cómo es posible que diez años hayan pasado con la velocidad de un cometa, y que nosotros nos hubiéramos quedado pensando en tí, como si fuera ayer que te vimos o escuchamos por última vez..?

Ya no estamos todos tus amigos. Humberto y Benjamín se han ido, y los otros, nos hemos desperdigado por los laberintos de un mundo cada vez más inhumano e incomprensible. Pero al resonar de tu nombre, volvemos a juntarnos al pie de tu recuerdo, para honrar tu memoria y alzar una copa por las inolvidables noches que nos cobijaron, al calor de tu hospitalidad y al ritmo de tus músicas fantásticas.

Más que tus escritos, más que tu importante novela sobre Sade, es tu presencia, tu voz en la cadencia de los versos, la que ilumina nuestras noches evocadoras. No puedo sustraerme a una melancolía infinita que va más allá de las lágrimas, del silencio que te habita ahora y de la impotencia de ver pasar las estrellas del norte, en la turbulencia de los copos de nieve, que me recuerdan la primera carta invernal que te escribí desde el Madrid de mi errancia, hace ya diez y siete años, y cuya respuesta todavía conservo en el amarillento papel que contiene tus palabras de aliento para mi exilio.

Todo eso eres tú, sin tiempo y sin olvido. Detenido en el vértice de alguna constelación giratoria, observando la Nada, pero presente, día a día, en la música y los recuerdos de mi alma profunda.

Luxemburgo, marzo 12 de 2013