EL AMOR COMO ANESTESIA PARA SOBRELLEVAR EL MIEDO

Para refugiarnos, para sobrellevar el miedo, propongo concebir el amor como esa conciencia partida que se pierde en el encuentro con el otro, un otro que me saca de mí mismo y me antecede.

 

Por / Diana Marcela Brochero Sepúlveda

Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitas a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa.

Julio Cortázar

Hoy parece que el campo del amor está siendo relacionado con todo, ¿será entonces que pensar el amor ayuda? ¿Será que genera esa tan nombrada empatía? O sencillamente el amor contemplado desde estos frentes nos lleva a una misma fatalidad: “estar buscando infructuosamente algo que siempre se nos escapa o saber que aunque no hay nada no podemos dejar de buscar”

En el vaivén de encuentros y desencuentros entre las parejas en sus inicios el amor es concebido como algo positivo, hay una visión optimista del amor; sin embargo, luego de pasar a los hechos se abren muchas perspectivas que lo sacan de ese optimismo ingenuo, ese amor idealizado del cual nos han vendido la idea de ser el único medio para llegar a la felicidad y conquistar el bienestar humano.

El amor es el intento permanente de completarnos y cuando logramos enamorarnos con erotismo, con pasión, nos sentimos plenos, por tanto, lo queremos todo y que perdure, pero ¿qué pasa al día siguiente de haber logrado esa plenitud tan anhelada?

Todo tiene un inicio, conocemos a alguien, nos enamoramos, convivimos y con el paso del tiempo casi sin darnos cuenta ese estado empieza a fracturarse, se vuelve rutina, comenzamos a sentirnos agobiados por el tedio… ¿será entonces que este amor Eros no es suficiente?, ¿se trata entonces de un amor que cuando llega a un punto máximo es incapaz de expandirse más, es imposible de sosegarse, es un amor sin otro?

Sócrates expone “amamos lo que nos falta y cuando lo encontramos lo queremos para siempre”. Esto nos lleva a pensar si, una vez que encontramos el amor, dejamos de desear o si por el contrario una vez satisfecho el deseo temporal y haber completado una parte de nuestro ser tenemos que avanzar en la búsqueda hacia nuevas formas que encajen y completen esa obra inacabada en la cual nos hemos convertido.

Justo en ese momento cuando el amor se percibe como una cosa, como un bien, cuando parece que nunca va a llegar a terminar de completar esa obra –que somos nosotros mismos– se vuelve perturbador, por lo tanto contrario a la felicidad, y empieza a forjar una dinámica que genera dependencia, volviéndose así el amor una fuente de perturbación permanente.

Sin embargo, existe, afortunadamente, otra forma de concebir el amor, una forma en la que no se busca ganar, un amor que no cosifica, un amor que desde el desapego deja ver que al perderse se gana, un amor de ágape en el que, según palabras de Adorno, sólo serás amado el día que puedas mostrarte débil sin que el otro lo aproveche para mostrar su fuerza.

En este tipo de amor no se busca poseer a la pareja, se prioriza al otro dejando que haya una pérdida consciente del yo, es casi un amor que van contra de la naturaleza humana colmada de egoísmo y por eso tiene ese tinte de excepcional, de extraordinario, de locura, fuera de la lógica del intercambio.

Para refugiarnos, para sobrellevar el miedo, propongo concebir el amor como esa conciencia partida que se pierde en el encuentro con el otro, un otro que me saca de mí mismo y me antecede; retirarme para que el otro sea sin estrategias, sin acuerdos, sin utilidad, ya ha ido demasiado la humanidad por el camino de la expansión de lo propio y la ganancia como único fin y… si probamos otra cosa, ir en contra de uno mismo y amar aunque se pierda por fuera de toda lógica. ¿Por qué sí?, ¿por qué no?