El anacronismo del ser

GUSTAVO COLORADO IZQLa sensación de seguridad se ha hecho trizas. Un sudor frío recorre la  espina dorsal del ahora ex exitoso. “¿ Qué les diré a mi madre, a mi mujer, a mis hijos, a mi amante -moza le decimos  en Colombia a esa figura entrañable-, a mis amigos, a mis vecinos?”.
Por: Gustavo Colorado Grisales

Sin mediar  palabra, el tipo se aproximó a la mesa de la universidad donde disfrutaba un café y me espetó a la cara: “Somos una multinacional y tenemos algo importante  para usted”. Acto seguido abrió un maletín con un logo en el que se adivinaba un pájaro volando de revés y se sentó sin pedir permiso. Supongo que las agresivas políticas de ventas de su empresa autorizan esa suerte de  intrusiones en la vida del prójimo. Ya lo sabemos: “El fin justifica los medios”.

Sobra advertir que su abordaje resultó  un fracaso: estoy vacunado contra los efectos de la publicidad, el mercadeo, las fuerzas de ventas y otros organismos peores. De modo que el  sujeto decidió emigrar a la mesa contigua, donde cuatro muchachas de piernas bronceadas y pechos operados escribían mensajes de texto en las pantallas de sus teléfonos.

A salvo de la invasión alienígena y proclive como soy al ocio pensativo, le dediqué los minutos restantes a reflexionar sobre algunos aspectos curiosos del suceso. El primero ya es habitual: muchas personas  omiten esa parte tan  refrescante de la convivencia que es el saludo: lo consideran una antigualla, así como una pérdida de tiempo y van al grano. Es más: si uno los  saluda no le responden.

El segundo aspecto conduce a meandros más inquietantes. Sí se fijaron bien, el fulano prescindió de su nombre, lo que no es un asunto menor “Somos  una multinacional”, dijo, en el mismo tono lapidario con que -según los cronistas- los demonios del Antiguo y Nuevo Testamento dicen “Somos legión”.

Entonces empecé a comprenderlo: la  antigua voluntad de disolverse en una masa, en un cuerpo compacto que  brinde seguridad, como el ejército o la iglesia, se desplazó en estos tiempos hacia la figura de las  grandes corporaciones. Si su alcance es planetario, mayor será la sensación de invulnerabilidad. De ahí el fervor supersticioso que inspira el concepto de globalización. ¿Se han fijado en el sentido último de expresiones tan cotidianas como “Tomar el control del televisor”’? Bueno, por ahí va el asunto: quien pasa los canales del cable y en cuestión de minutos va de China a Madagascar y de California a Manchuria, sucumbe con facilidad a la ilusión de tener el mundo entero en las manos.

Pero aferrarse a ese tipo de certezas conlleva riesgos mortales. Durante un minuto imaginé la escena: el tipo que renunció a su nombre y se  define a sí mismo como el fragmento infinitesimal de una empresa de talante global es llamado un viernes a las  cinco de la tarde a la oficina de su jefe inmediato (Boss, le dicen los  anglohablantes). “Señor X,  después de un análisis a sus habilidades y competencias hemos concluido que su perfil no se ajusta a los nuevos desafíos corporativos. Así que hemos decidido contratar en su remplazo al joven Y. Puede pasar a partir del lunes por sus prestaciones.”. Ni siquiera la compasiva palmadita en la espalda (otra antigualla) y entonces “todo lo sólido se desvanece  en el aire” -para copiar una afortunada frase de Karl Marx- o, como decimos por estas tierras: todo se fue al carajo. La sensación de seguridad se ha hecho trizas. Un sudor frío recorre la  espina dorsal del ahora ex exitoso. “¿ Qué les diré a mi madre, a mi mujer, a mis hijos, a mi amante -moza le decimos  en Colombia a esa figura entrañable-, a mis amigos, a mis vecinos?”. En su curiosa jerga, los expertos en desarreglos de la conducta dirán que nuestro hombre ha perdido la autoestima.

Pero los dioses no abandonan a sus criaturas. A modo de recompensa por la repentina pérdida, mientras examina en el espejo del ascensor -que ahora es en realidad descensor- su rostro desencajado, acontece el milagro: el tipo del maletín y los malos modales recuerda de súbito que tiene un nombre: podría ser James Cristiano, para rendirle tributo a la divinidad bifronte que reina en el cielo de los televisores por estos días. Y detrás de todo nombre hay una historia. Alegre a veces,  casi siempre amarga. Y detrás de cada historia se esconde ese anacronismo resumido en  el verbo ser. Lo cual no es poco cuando un hombre se enfrenta a la tarea de reinventar el propio destino.