GUSTAVO COLORADO IZQBuscando el resto, llegó a orillas del Mississippi, ese río cantado por poetas de muchas razas, hasta que se cruzó en el camino con un puñado de hombres consagrados a buscar lo mismo, pero en dirección contraria.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Para Felipe Pérez Salazar

Aunque  nacionalismos y regionalismos invoquen por igual las músicas vernáculas para  afirmar una probable identidad, la  vida cotidiana nos recuerda una y otra vez que las músicas no son de  parte alguna, porque en realidad son de todas partes. Eso explica, por ejemplo, que los japoneses hayan acogido el tango como si fuera propio o que el cancionero gitano cale tan hondo en tantos lugares distintos.

Al abrevar en la fuente inagotable de los miedos, las ilusiones, las desdichas y las alegrías de la gente, las músicas pulsan una cuerda común: la de la memoria colectiva. Esa condición le permitió al viejo  José Barros -sí : el compositor de La Piragua y  uno de  los más frondosos artífices del cancionero del Caribe  colombiano-  anidar en el corazón de los argentinos con una docena de tangos de su autoría. En Fuerte Apache, la barriada donde nació el futbolista Carlos Tévez, los malandrines del siglo XXI escuchan cumbias en las esquinas, con el mismo fervor  que sus bisabuelos les dedicaban a los poemas  escritos por Enrique Santos Discépolo. En contraprestación , en los bares de Pereira se escucha Yira- Yira Cambalache como si fueran cánticos religiosos vueltos de revés.

Todo lo anterior explica  que un músico como Carlos Elliot Jr., nacido  aquí en el vecindario, en  cercanías del río Otún –un vocablo de origen africano– haya encontrado en el profundo sur norteamericano a sus hermanos de ritmo.  Al fin y al cabo, en Pereira también tuvimos negros cimarrones atrincherados en palenques, último refugio ante la persecución de sus amos esclavistas.

 

Siguiendo ese hilo misterioso, el músico llegó a las riberas del Mississippi, a uno de esos lugares donde, según la leyenda,  Robert Johnson  le vendió el alma al diablo a cambio del genio musical que lo haría célebre en el mundo entero. Allí se encontró, entre otros, con The Cornlickers,  una banda tradicional reconocida como parte del patrimonio del blues contemporáneo. Aunque Carlos Elliot Jr. se había formado en los años noventas escuchando el grunge de Seattle, pronto descubrió en  Eric  Clapton el puente que lo conduciría a las raíces del blues, esa poética del dolor en la que guitarra, armónica, bajo y batería se conjugan con voces broncas y desgarradas para curar las heridas de los eternos  exiliados.

Son las mismas heridas de los desterrados del Caribe  llegados a Nueva York después de la Segunda Guerra Mundial. Si estos crearon la salsa  para mitigar sus nostalgias, los  esclavos de las plantaciones de algodón habían hecho de los spirituals, el gospel y, finalmente, el blues, su forma particular de resistencia.

En ciertas vertientes del bambuco y el pasillo -dos ritmos “ autóctonos” de la región andina colombiana- alientan músicas llegadas desde África. Venían en la sangre de los millones de esclavos secuestrados por los traficantes  en  aldeas remotas donde coros y tambores marcaban los ritmos del nacimiento y la muerte, de la cópula y la invocación a los dioses de la tierra, el aire y el fuego.

Tal  vez sin darse cuenta, Carlos Elliot Jr., un músico dotado de una asombrosa capacidad para la improvisación  (Jam session, le dicen en el mundo anglosajón), identificó desde muy  temprano en esos acordes parte de los fragmentos rotos de unos ritmos que se remontaban a los albores de la sangre. Buscando el resto, llegó a orillas del Mississippi, ese río cantado por poetas de muchas razas, hasta que se cruzó en el camino con un puñado de hombres consagrados a buscar lo mismo, pero en dirección contraria. Por eso, ese blues suyo creado al alimón con The Cornlickers suena tan nuestro, tan de todos.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.