El Bolívar semivestido extiende el mensaje de unidad en la ciudad alrededor de la lucha contra la covid-19. El tapabocas cubre su rostro y el de las ciudadanías que toman distancia sobre el manejo de la pandemia…

 

Por / Christian Camilo Galeano Benjumea

El Bolívar desnudo de la ciudad de Pereira ha pasado a ser parte de la lucha contra la covid-19; aunque al hacerlo esta escultura ingresa al imperio del kitsch. El alcalde Maya considera que la obra del maestro Rodrigo Arenas Betancourt debe estar al servicio de la ciudad y convertirse en un símbolo del cuidado de la salud; acorde con los tiempos ordenó que le fuera instalado un tapabocas naranja; Bolívar ha empezado a ser vestido.

La política y el arte han tenido relaciones tensas y complejas. En algunos momentos el arte se ha apartado de cualquier fin político y se ha declarado en completa autonomía, como un canto a la libertad; las obras de arte se han desprendido de los fines sociales y han afirmado al individuo a tal punto que muchas obras se han vuelto incomprensibles para el público. En otros momentos, la política se ha valido del arte para expandir sus mensajes y crear un ambiente favorable a las ideologías de turno, claro está, de la mano de un buen comité censor que ajuste cada obra a las necesidades del Estado.

Ante este panorama de artistas bohemios y políticos censuradores, el antropólogo Carlos Granés desarrolla una lectura muy pertinente alrededor del arte y la política moderna. Piensa que, hoy por hoy, parte del movimiento artístico ha pasado a denunciar las arbitrariedades del mundo, pero la gran paradoja es que no escapa de las dinámicas del mercado, que es el gran generador de injusticias de este momento de la historia. Se denuncia, se representa, se fotografía la barbarie para que las obras sean vendidas en una de las muchas salas de arte del planeta. Esto se puede evidenciar en los miles de dólares que valen las obras políticamente incorrectas de Bansky.

Por su parte, la política ha tomado del arte la irreverencia para instalarse en el poder y así gobernar a su antojo, como lo muestran figuras como Trump, Bolsonaro, Ortega o el mismo Uribe. Los chicos malos de la política, con discursos irreverentes, crean un performance alrededor del ejercicio político que desvirtúa cualquier argumento que pretenda alguna reivindicación social o la preservación del medio ambiente.

En medio de esta representación teatral que ofrecen los artistas como agentes culturales del mercado y las burdas actuaciones de los políticos, irrumpe el kitsch con ese sentimentalismo vulgar.  El cuadro de latas de sopas Campbell o la pintura del Sagrado Corazón de Jesús se venden por montones y crean en las masas la ilusión de acceder a la cultura a través del consumo. Estos son solo dos ejemplos del universo de mercancías-obras de arte que plagan el mundo; el kitsch se expande a través del consumismo. Uno de las dificultades de que el arte ingrese en las dinámicas de producción capitalista es que las obras se fundan en la uniformidad, el arte no transgrede o remueve los valores, solo se vende. Emerge, entonces, una estética de lo chabacano, sin matices, que anula todo diálogo y crítica.

En Pereira, el tapabocas (pasabocas, citando al alcalde Maya) adquiere el estatuto de elemento artístico al ser instalado en la escultura de la plaza de Bolívar. Este utensilio de   salubridad y uso diario (ha masificado su consumo debido a la pandemia) es el símbolo no solo de la prevención, esta prenda uniforma a la ciudadanía, conduce al silencio, a la ausencia de diálogo y deja al Bolívar semidesnudo cabalgando en los terrenos del kitsch.

Bolívar pasa de ser el símbolo de la rebelión y las luchas para convertirse en una manifestación de la asepsia y la resignación. Esta idea es fundamental si tenemos en cuenta que uno de los mayores peligros que trae consigo la actual pandemia es la irrupción de los Estados totalitarios que, amparados en el estado de emergencia, invocan la uniformidad de opiniones para borrar toda crítica, ya que esta sobra cuando lo que prima es la vida.

El Bolívar semivestido extiende el mensaje de unidad en la ciudad alrededor de la lucha contra la covid-19. El tapabocas cubre su rostro y el de las ciudadanías que toman distancia sobre el manejo de la pandemia, los casos de corrupción son ignorados y las voces en contra de la violencia contra la mujer se hacen a un lado. A los ciudadanos hay que taparles la boca por su seguridad y la nuestra, piensan los Estados.

Así, el burgomaestre Maya ha tomado el papel de curador de arte iconoclasta al vestir al símbolo de la libertad y convertirlo en otro ciudadano más, temeroso de la pandemia. Quizá mañana nuestro curador ordene instalarle al Bolívar semidesnudo un chaleco y un pantalón, para que de esta manera se reafirme el imperio del mal gusto y de los Estados totalitarios.

ccgaleano@utp.edu.co

@Christian1090