El café y el papel

No todos somos dignos bebedores del café; de morir bajo los efectos del veneno paciente. Bien lo dice Balzac en su obra “Tratado de los excitantes modernos” cuando, en tono despectivo, clasifica los amantes del café en dos grupos: los rubios y los morochos.

 

Por: Manuela Ocampo Mejía

En uno de sus relatos -Dr. A. Cula & Frank. N. Stein– Walter Beckers afirma que la única manera de empezar bien una jornada es con una taza de café. Napoleón sólo se levantaba de su cama con una dosis de café –negro, cargado, parecido al espresso–. Aseguraba que es estimulante “me causa un escozor, una carcoma singular, un dolor que no carece de placer”. Es más fácil cambiarse de religión que de café -decía Georges Courteline- porque como todo vicio es un veneno que mata lento. Voltaire bebía y bebía café, una taza tras otra sin parar, orinaba mucho y bebía mientras lo hacía; sabía que era un veneno lento. Una vez afirmó: “Por esto es que lo bebo hace cuarenta años”. T. S Eliot medía su vida en cucharitas de café -esas chiquitas, de azucarera- y Bertrand Russell, el filósofo, pensaba que “La vida es sólo una taza de café tras otra y no preocuparse por otra cosa”. El café huele a cielo recién molido decía Jessi Lane Adams. Es un veneno divino.

No todos somos dignos bebedores del café; de morir bajo los efectos del veneno paciente. Bien lo dice Balzac en su obra “Tratado de los excitantes modernos” cuando, en tono despectivo, clasifica los amantes del café en dos grupos: los rubios y los morochos. Los primeros -ligeros, débiles, con estómago de papel- toman tinto claro con azúcar y soportan el café instantáneo. Los segundos -manos tersas, dientes manchados y estómago resistente- beben café oscuro y amargo. El café, piensa Balzac, es como un vehículo de guerra cargado con ametralladoras, jabalinas y arqueros que entran en un campo de batalla aterciopelado, rosado, suave y húmedo. Las entrañas se estremecen: “Las exprime, las solicita como una pitonisa clama a su dios, maltrata esas hermosas paredes como un  carretero que brutaliza a sus caballos”. Y comienza la batalla, una de ideas, que derrama sangre de tinta.

A veces la vida es tan quebradiza que parece depender de nada, de una gota. Así fue la vida de Joseph Roth, protegida y cimentada por el vaivén del alcohol y los éxitos efímeros de la escritura. No suspendió su vida por cuarenta y cinco años porque siempre pudo beber y escribir -no parecía un mortal, al que se le acaba la plata y las ideas–. Roth creía que se trataba de un milagro. Escribía y bebía. Un punto a parte y un trago de café con coñac. Un párrafo y un whiskey, una idea y un esspresso. Pero no eran milagros, era la mezcla de café y alcohol. Balzac aclara la confusión: “A partir de entonces –de la entrada del café a las entrañas–, todo se agita; las ideas tambalean como batallones de un gran ejército en el campo de batalla, y se libra la batalla, los recuerdos vuelven a paso de carga, con los pendones desplegados; la caballería ligera de las comparaciones se despliega en espléndido galope; la artillería de la lógica acude con sus carros y saquetes; las ocurrencias llegan en tromba; se alzan figuras; el papel se llena de tinta pues empieza el desvelo que terminará en torrentes de agua oscura, como la batalla de pólvora negra”.

El café produce escritores con estómago resistente, que se preocupan más por el color de la bebida que por lo que pasa afuera de su batalla interior y que su religión es el café. Que piensan como Ruben Darío: “Una buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta”. Y con una personalidad singular, como Truman Capote. “Soy un autor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que esté acostado, ya sea en la cama o en un diván y con un cigarrillo y café a la mano”.