Las ciudades, las instituciones, las empresas, funcionan como máquinas que prescinden del pensamiento, solo necesitan que los hombres y mujeres que trabajan allí cumplan su deber armados de una buena cantidad de clichés. El problema radica en que el cliché es el prólogo de la violencia.

 

Por / Christian Camilo Galeano Benjumea

Dos policías toman por la fuerza a un vendedor ambulante, mientras funcionarios de Espacio Público llevan su carreta con frutas a un camión que está unos metros más adelante. Los policías y funcionarios de la Alcaldía están tranquilos al cumplir con su labor de dejar las calles despejadas para que los ciudadanos transiten sin ningún obstáculo. Por su parte, el vendedor ambulante es un hombre de unos cincuenta años, las canas cubren ya casi la totalidad del pelo, el que hasta hace pocos años tenía un tono castaño, la piel se nota maltratada por el sol, varias manchas cubren sus brazos y partes de su rostro que se nota perturbado por el decomiso de su carreta.

Ante sus reclamos, uno de los policías que lo retiene responde: “estamos haciendo nuestro trabajo, solo cumplimos con la ley”. No hay explicación o conciliación, solo un veredicto: el decomiso de la carreta y un comparendo por la venta ilegal en espacio público. “Este es mi trabajo, yo solo cumplo con mi deber”, son las palabras del otro policía mientras aprieta con fuerza el brazo del vendedor.

Esta pugna se da en una calle céntrica, al fondo se ven otras carretas que huyen calle abajo buscando un sitio donde esconderse para luego salir a vender lo que les queda de mercancía. Por su parte, este mercader de frutas que navega de calle en calle y que ha encallado en las arenas de la ley se lamenta, se mueve y alza la voz en vano, ni la policía ni los funcionarios están dispuestos a perdonar el delito de ser un vendedor informal que utiliza las calles (bien público) con el objetivo de no morirse de hambre (interés privado).

Pese a todo, en un descuido, el vendedor ambulante se libera del brazo de la ley y corre a interceptar a los funcionarios de Espacio Público, sabe que las palabras no sirven con ellos y se lanza sobre su carreta, en un acto suicida cae sobre las manzanas, las peras, las piñas, esperando que no lo separen de su herramienta de trabajo. Los policías –en un acto legítimo de la ley– lo bajan a golpes de la carreta y amenazan con aumentar el castigo ante ese acto de irreverencia.

Arriba del camión, otro policía ayuda a subir la carreta y observa como el vendedor soba su cuerpo y reclama de manera airada que lo dejen trabajar. El policía ve la escena desde el camión que lleva varias carretas y chazas con dulces en su interior, se nota satisfecho por el deber cumplido, toma una manzana de la carreta, la muerde y sonríe ante esta escena que ya es común en las ciudades.

¿Cómo entender esa sonrisa de satisfacción del policía ante el desconsuelo de un hombre que se le decomisa la única forma de trabajar? Esta pregunta tiene eco en las reflexiones que realizó Hannah Arendt durante el juicio en Israel contra el oficial Nazi Adolf Eichmann, un funcionario respetuoso de las leyes alemanas que organizó el traslado de miles de judíos a los campos de concentración.

Ante la contundencia de las pruebas de la barbarie del exterminio judío, Eichmann estaba tranquilo, no tenía mayor culpa, no era un hombre excéntrico ni genial, como señalará Arendt, era terriblemente normal y no se sentía responsable del genocidio. A lo largo de los años realizó un trabajo repetitivo que no exigía pensar, un trabajo que le permitió ascender en tanto que cumplía con su labor y acataba las órdenes.

Organizar los planes, ajustar detalles de la Solución Final, trasladar a los judíos de un pueblo a otro, tabular, gestionar permisos, colocar sellos que facilitaran el desplazamiento en vagones atestados de hombres y mujeres que ignoraban que se dirigían a la última estación de sus vidas. Esta era la labor que cumplía a cabalidad y sin objetar.

Dentro del juicio la pensadora judía percibe que una de las formas en las que se atrinchera Eichmann ante las acusaciones es a través de clichés, es decir, respuestas prefabricadas que integran a un lenguaje burocratizado.

“Yo solo cumplía órdenes”, “actué bajo el amparo de la ley, no hice nada ilegal”, “fui un ciudadano respetuoso de la norma”, “Yo solo hago mi trabajo”… una lista interminable de clichés (actos de habla) que Arendt percibió durante el juicio, servían de escudo al funcionario nazi para evadir su responsabilidad.

Lo perturbador del cliché es que satura la vida de los ciudadanos en las sociedades modernas y es la antesala a las barbaridades que suceden a diario tanto en las calles de las ciudades como en los campos de batalla.

“…Eichmann, pese a su deficiente memoria, repetía palabra por palabra las mismas frases hechas y los mismos clichés de su invención (cuando lograba construir una frase propia, la repetía hasta convertirla en un cliché) … Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona. No era posible establecer comunicación con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado de las más seguras de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros, y por ende contra la realidad como tal.”

El mundo para los ciudadanos, y en especial para los funcionarios, está repleto de respuestas prefabricadas que soportan cualquier acción por más arbitraria que sea. Al afinar el oído podemos escuchar los relatos de paramilitares, guerrilleros o militares que asesinaron a personas que no tenían nada que ver con el conflicto amparados bajo el: “yo solo cumplía órdenes de mis superiores” o el caso de algún funcionario de una oficina estatal que se niega ayudar o prestar una mejor atención porque: “esa no es parte de mi trabajo, diríjase a otra oficina”. Los clichés liberan a unos de culpas y a otros los ahoga lentamente.

Otro matiz del cliché es la anulación directa del otro, se borra la posibilidad del diálogo porque el cliché es un muro que impide cualquier comunicación. No hay necesidad de hablar, ya todo está resulto a través del cliché; el otro solo puede acatar de manera dócil los mandatos del funcionario o prepararse para el castigo.

Al borrar a los otros se actúa sin la necesidad de tener un espejo que cuestione las acciones que se llevan a cabo. El cliché uniforma a los funcionarios y los integra a la maquinaria burocrática, al tiempo que despoja de cualquier vestigio de culpa o responsabilidad.

Como lo evidencia la calma con que muchos policías asumen a diario la labor de aplicar normas, muchas veces injustas, que condenan a las personas más vulnerables de la pirámide social; el cliché se aplica a los de ruana con mayor fuerza.

El pensamiento, la inteligencia, la capacidad de dialogar, condiciones necesarias para toda comunidad se hallan en completo asedio, ya que desde las mismas comunidades emergen los clichés debido a la burocratización continua a la que están sometidas.

Las ciudades, las instituciones, las empresas, funcionan como máquinas que prescinden del pensamiento, solo necesitan que los hombres y mujeres que trabajan allí cumplan su deber armados de una buena cantidad de clichés. El problema radica en que el cliché es el prólogo de la violencia.

Los clichés proliferan en todos los ambientes, las universidades, los colegios, las fábricas… el cliché infesta a la humanidad al desplazar el pensamiento y la capacidad de comprender a las demás personas. La realidad se ajusta al cliché y el lenguaje se empobrece al no ser pensado, solo es repetido, como suele suceder en las academias, por dar solo un ejemplo.

El cliché, entonces, es una trampa que lleva en sí el ser humano y que le permite, en términos de Sartre, actuar de mala fe. Un autoengaño que sirve de consuelo para evadir la realidad y los dilemas morales que vienen con ella. Todo se resuelve en el cliché, la vida, la muerte, el castigo.

Al caer la tarde, el vendedor ambulante observa al camión de Espacio Público alejarse mientras en su interior funcionarios y policías celebran que la ley en esta ciudad se hace cumplir.

@christian1090

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