El conflicto de la tolerancia religiosa

HUGO ANDRÉS ARÉVALO G columnaEsta propuesta de acabar con la tolerancia de la religión se podría entender en el contexto actual mundial como un ataque hacia el ciudadano y sus derechos a la libertad de expresión, pero no lo es.

 

Por: Hugo Andrés Arévalo González

Puedo estar de acuerdo con la tolerancia en muchos temas, pero uno de ellos me saca de casillas: la religión.

Hay un conflicto interno y externo que surge por  tolerar la creencia de religiones que en su mayoría destruyen al individuo, sociedad y medio ambiente; y la  propuesta para combatir ese conflicto religioso parte del siguiente enunciado: se tolera la diversidad de creencias (de manera exterior, desde la constitución y la práctica ciudadana), pero de manera interior (desde las posturas y convicciones morales propias) se desean promover acciones externas que facilitan cambiar esas tolerancias, por el deseo propio del individuo para acabar esa diversidad, contradictoriamente, para beneficio de la sociedad misma.

Esto se ejerce no de manera grandilocuente, gritada, explícita, sino camuflada, mediante una serie de reformas educativas y sociales, reestructurando las herramientas pedagógicas desde los puntos que encarnan la mayoría de diversidad religiosa: estudiantes y docentes. Es decir, para no atentar ahora contra la libertad de culto de las personas, y sus derechos a la libre expresión, hay que buscar el camino más constructivo pero el más lento: el de fortalecer la educación. Remodelar la educación, basada en herramientas para permitir ver que el mundo tiene diferentes explicaciones desde la ciencia, o interpretaciones desde la religión o las artes; y no mencionar o, peor aún, imponer solo un saber.

Ser tolerante en la creencia de religiones presenta la siguiente paradoja: hacia el individuo, el respeto que se merece por tener sus propias creencias y el derecho a practicarlas en tanto que no perjudiquen a sus semejantes (aquí hablamos entonces de equidad en cuanto a deberes y derechos, leyes; ética); por otro lado está: la intolerancia hacia la estructura religiosa que el individuo toma para construir su vida. Esta segunda es lo que hay que combatir sigilosamente, porque la Iglesia católica, el movimiento musulmán y todas las manifestaciones de esas dos formas de gobierno divino, sobreviven ahora escondiéndose de manera peligrosa, detrás del privilegio de la libertad de culto.

Esta propuesta de acabar con la tolerancia de la religión se podría entender en el contexto actual mundial como un ataque hacia el ciudadano y sus derechos a la libertad de expresión, pero no lo es. El proceso histórico que han tenido las creencias, si bien le han permitido al ser humano intentar darse explicaciones divinas sobre el mundo y el funcionamiento del universo como tal, han generado más dependencias y perjuicios desde todos los puntos de vista. El solo hecho de haber aceptado la religión y haberla legalizado implícitamente en la libertad de expresión en los derechos humanos y de cada país, presuponen una violencia simbólica[1], en tanto que esas creencias no son vistas por muchos de los ciudadanos como algo que atenta contra sus vidas, sino como algo que les da sentido, cuando en realidad es todo lo contrario: es innegable la estructura de poder político y económico que se esconde detrás del asunto. La falta de inversión económica significativa en educación es lo que contribuye al estancamiento de los ciudadanos.

¿Y quién soy yo para decir que las religiones son perjudiciales y mis convicciones no están erradas? Hay que ver la historia sangrienta que hay tras los dogmas actuales de la gente. Muchos de esos individuos que practican –y pocos de los que  practican de acción y no de palabra– el cristianismo, el catolicismo, y en general, sus movimientos religiosos derivados que se promueven en Colombia, no tienen idea siquiera de lo que ha sido su religión a nivel histórico; ejemplo de ello que, como lo expresa el escritor Fernando Vallejo, la biblia es el peor enemigo de la biblia, y los casos para citar esa enemistad de ella misma y del perjuicio de su ejercicio, es: ‘’Si alguien tiene un hijo rebelde que no obedece ni escucha cuando lo corrigen, los sacarán de la ciudad y todo el pueblo lo apedreará hasta que muera (Deutoronomio 21:18-, 21)’’. Y como hay personas que se escudan que lo que está escrito –por mano del hombre–, en el antiguo testamento, es cosa del pasado, pues aquí les va algo más actual: ‘’si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a la esposa y a los hijos y a los hermanos y a las hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo (Lucas 14:26)’’.

¿Contra qué religiones lucho? Contra todas las que han permitido por su estructura (leyes, órdenes, imposiciones, castigos, dádivas) el perjuicio tanto individual como colectivo, en contravía con el beneficio de los poderes económicos y políticos.

Principalmente, mi crítica va en contra de dos religiones: la cristiana (y todas sus derivadas) y la musulmana; aunque hago más énfasis hacia la católica y todas las ramas de su ejercicio, porque son las que contradictoramente bajo la ‘’libertad y orden’’, y bajo la libertad de cultos en Colombia, es la única que se profesa en las instituciones educativas. Otra violencia simbólica.

Evidentemente habrá muchas personas que puedan ser cristianas o de otras religiones, y que pese a la carga histórica y brutal en sus espaldas de la violencia que sus religiones causaron, son personas que pueden practicar una vida de paz, amor y tolerancia con el resto de gente que le rodea. Sin embargo, de estas personas es de las que se alimenta su sistema: de las activas con las aparentes propuestas filantrópicas de su religión, pero pasivas con el compromiso sociopolítico para acabar en realidad con las empresas económicas.



[1] “Todo poder de violencia simbólica, o sea, todo poder que logra imponer significados e imponerlas como legítimas disimulando las relaciones de fuerza en que se funda su propia fuerza, añade su fuerza propia, es decir, propiamente simbólica, a esas relaciones de fuerza”. Disponible en internet. Actualizado: 13 de junio de 2013. La violencia simbólica como reproducción Biopolítica del poder. El poder de la violencia simbólica. – Pierre Bordieu: (Bourdieu y Passeron, 1996: p. 44). Link: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=127020306005