El acto de creer es algo que no desaparecerá hasta que la especie humana se extinga definitivamente. Aunque es cierto que el ateísmo ha crecido notablemente durante los últimos tiempos, el hecho de creer se ha desplazado a terrenos muy alejados del concepto de creencia en un ser superior.
Por: Manuel Ardila
El reciente ataque contra la revista de corte satírico “Charlie Hebdo” por parte de extremistas musulmanes lleva a hacerse varias preguntas por el grado de sevicia y crueldad con el que se ejecutó. Los medios tradicionales pondrán énfasis en verificar las alegadas vinculaciones de los perpetradores con grupos extremistas como Al Qaeda o EI, investigarán las posibles fallas en las que hayan incurrido los servicios de seguridad franceses y tratarán de vislumbrar los próximos objetivos de la ira extremista entre otros tantos temas de interés.
Lejos de estos asuntos reposa el tema de la libertad de expresión, la importancia que obviamente tiene y los posibles límites que la afectan, de los que hemos empezado a hablar pasadas unas cuantas horas de la masacre.
El asunto de la libertad de expresión, aunque no seamos caricaturistas, periodistas, columnistas o siquiera consumamos los “productos” generados por las profesiones antes mencionadas, nos toca de cerca: la ejercemos todos los días.
La esencia de un ser humano se forma a partir de lo que se conoce como la experiencia sensible y a pesar de que una persona esté sometida a las más feroces y restrictivas formas de censura (o autocensura), hasta las más pequeñas e imperceptibles pulsiones estarán guiadas por la libertad en todas sus formas, como si ella fuera un líquido que, de manera natural, penetra o vulnera las defensas de la roca más densa o el metal más duro. En un mundo caótico y desordenado como en el que vivimos, controlar cada una de las facetas que compone a un ser humano es (hasta la fecha) imposible.
Si la libertad de expresión (o la libertad en su sentido más amplio) está presente en cada aspecto posible de la vida (incluso hasta cuando no se posee), ¿tiene en verdad límites? No deja de llamar la atención que los que más reclaman en contra de lo que algunos denominan “perversión de la libertad de expresión” sean aquellos grupos religiosos (y prefiero referirme a ellos para hablar de las disputas entre las demostraciones de libertad de expresión y la religión organizada y no a las figuras religiosas de cada uno de ellos que, en mi humilde opinión, no son capaces de experimentar eso tan humano que es sentirse humillado u ofendido) que en el pasado hicieron todo lo que estuvo a su alcance para constreñir al máximo las libertades de sus seguidores y ahora que su influencia mengua, dan un golpe en la mesa y buscan desesperadamente imponer sus normas y preceptos a una sociedad que no es la misma de hace siglos.
Aun así, no me referiré a ellos a continuación como representantes máximos de lo que conocemos como “creer” sino a cada ser humano, dado que el sentimiento religioso, el creer, es tan intrínseco al ser humano que se escapa de la capacidad de comprensión del dogmatismo religioso.
El acto de creer es algo que no desaparecerá hasta que la especie humana se extinga definitivamente. Aunque es cierto que el ateísmo ha crecido notablemente durante los últimos tiempos, el hecho de creer se ha desplazado a terrenos muy alejados del concepto de creencia en un ser superior. Al referirme al acto de creer de esta forma, convengo que es una capacidad que nos toca de maneras indeterminadas y guiadas por la experiencia personal de cada quien (y que al ser así, cualquier falta o agravio hacia ella se llega a considerar como un ataque a nuestra integridad personal).
A pesar de esto, creer en algo y percibir un ataque a una creencia como un ataque a nuestra persona, no las blinda de ser objeto de sátiras y burlas por parte de otros, precisamente porque a pesar de su apariencia de “sacralidad”, una creencia no lo es tanto por lo común que es y por la multiplicidad de formas que pueden tomar gracias a lo variopintos que somos los seres humanos.
Nuestras sociedades están fundadas en la necesidad de coexistir con otros seres humanos y esa coexistencia (a menos que se dé por la prevalencia de una clase que someta a otra) se basa principalmente en el respeto a la integridad física del otro.
La integridad física de otra persona debe ser considerada como sagrada. Los “honores mancillados” o las “creencias injuriadas” son heridas que sanan rápido en los corazones de los creyentes, o por lo menos no les impide vivir o moverse a placer, mientras que la vida de un ser humano (o los medios por los cuales ese ser humano procura vivir a la máxima expresión posible) pueden ser dañada o exterminada de manera irreversible. Si cada confesión, idea o creencia es sujeto de sacralización por el impacto que tienen en las vidas de la persona que las posee, nuestra capacidad crítica y nuestra capacidad de vivir en sociedad se verá en grave riesgo (sin contar que por ese hecho, cada creencia deja de ser particularmente especial).
De entre las muchas preguntas que sugiere este texto, una en especial toma preponderancia: ¿Las creencias de una persona valen la vida o la integridad de otra? (y aunque la respuesta parezca bastante simple de hallar, a no pocas personas les parece difícil de contestar).


