No nos quitamos la camiseta. La paz hay que buscarla y construirla, pero con acuerdos y cambios. El consenso ficticio es pensamiento único, en un país que es y tiene derecho a ser variado.

 

Por: Carlos Mario Marín Ossa

El llamado de “Todos unidos somos Colombia” que escuchamos a partir del día jueves, luego del atentado en la Escuela de Cadetes de Policía General Santander, suena bien ante las personas que oyen con la emoción, pero no escuchan con la razón.

Es el intento de generar un consenso nacional ficticio, pronunciado por el “titular” de la presidencia de la República en representación de la élite económica y política que por todos los medios lo tiene viviendo en la Casa de Nariño.

Ante un hecho cruento como fue la explosión al interior del centro de enseñanza de la Policía Nacional, que terminó con la vida de 21 jóvenes colombianos (hombres y mujeres) que se preparaban como oficiales del cuerpo armado del gobierno, todo el foco de atención del aparataje político, judicial, legislativo y mediático se intensificó allí.

Los hechos fueron avanzando desde el jueves hasta la mañana de hoy, en donde el ELN reconoce  –a través de un comunicado que se conoce por redes sociales y varios medios– su autoría en la explosión en mención.

La marcha efectuada el pasado domingo para “unidos rechazar la violencia y el terrorismo” demostró de nuevo que en Colombia existe cualquier  cosa menos unidad. Y no es malo que así sea.

Yo creo que el debate y la divergencia son importantes no sólo para develar la verdad – que es la primer sacrificada en cualquier guerra, y vivimos una guerra– los intereses varios que existen en la sociedad y la capacidad de llegar a acuerdos sociales para vivir con la mayor suma posible de felicidad y bienestar –como dijera Simón Bolívar–.

Por eso es un proceder malvado el intentar inducir un consenso social que no existe y no puede existir en la Colombia actual, en donde los intereses de quienes gobiernan son diametralmente opuestos a los de la mayoría de la población.

Se equivoca el ELN al colocar un carro bomba enfocado hacia jóvenes cadetes, que si bien se formaban para hacer parte del cuerpo armado con el cual combaten a sangre y fuego, provienen de los sectores humildes y son mandados por la élite nacional y extranjera. Ni ellos ni sus familias alcanzan a comprender el juego que juegan, ni para quiénes lo hacen. Se ofrecen, ignorantes de su rol.

Muy satisfechos y beneficiados –en privado, por supuesto– se deben sentir el Fiscal General Martínez Neira, el “presidente” Duque y aquellos que juraron hacer trizas la paz; pues la atención del país se desvió momentáneamente de la corrupción en que se vio descubierto el primero, de la ineptitud histórica en que sucumbe el segundo y de los intereses de mantener concentrada en su manos la tierra y la riqueza robada a través de la violencia por parte de los últimos.

Pero aquí se equivocan el actual gobierno y sus mecenas, si creen que aún tienen el monopolio del pensamiento y del encubrimiento. Ni este país, ni el mundo son hoy lo que antaño. La movilización contra la corrupción y la injusticia seguirá ya mismo.

Los medios de comunicación que los ricos tienen en su poder y que monopolizan casi toda la parrilla y el espectro electromagnético de la nación, ya no cuentan con el dominio exclusivo sobre unas audiencias que son ahora más diversas en intereses, comprensión del fenómeno social, lenguajes tecnológicos y discursivos.

Las nuevas tecnologías son la herramienta de una generación que sustituirá a quienes el domingo vociferaron con odio e ignorancia “Te quitás esa camiseta o te pelamos”. A pesar del abuso, las redes sociales permiten ver otras versiones del mundo y de la verdad oficial.

La asistencia lánguida a la marcha que con su característica astucia convocaron las huestes de los enemigos de la paz –so pretexto de la unidad nacional contra la violencia– muestra que hay una porción gigantesca de nuevos colombianos y colombianas que no son presa de su discurso y que han logrado discernir intereses y verdades.

El concepto de “héroes” es más amplio ahora para nuestra nación, porque allí identificamos también a nuestro campesinado, a los líderes y lideresas sociales que luchan por mejores condiciones de vida para sus comunidades, por defender el agua y la biodiversidad como bienes comunes de la humanidad, para las actuales generaciones y para las futuras.

De la misma forma, logramos descubrir y entender que una marcha que convocan los violentos y corruptos para rechazar la violencia, es sólo una cortina de humo que busca legitimarlos para sacar adelante sus oscuros planes y convertir el dolor en una bandera proselitista de campaña electoral. Los hechos registrados en Bogotá, Medellín y Cali, especialmente, confirman este hecho.

La paz como derecho y obligación del pueblo colombiano, la seguimos defendiendo. Defendemos una paz que se materialice en cambios sociales para que las gentes puedan vivir bien en sus territorios con el respeto a sus usos, cultura y tradiciones.

Defendemos una paz que cambie una economía con la tierra concentrada en pocas manos hacia una que le ofrezca la tierra a quien la trabaja y produce la alimentación para la población, que defienda la producción nacional por encima de la extranjera, que ofrezca salarios dignos y justos a los trabajadores y a las trabajadoras, que garantice educación y salud públicas y como derecho, que garantice la participación política de toda la población en igualdad de condiciones, que respete la naturaleza y se la legue en buenas condiciones a los colombianos que viene después de nosotros.

De tal suerte, exigimos que el gobierno y el ELN continúen la búsqueda de la paz, escuchando a la población, que aunque no guste, es la que debe mandar con todo y su heterogeneidad. Y esta exigencia se debe ampliar a la implementación y respeto del proceso con las antiguas FARC-EP, hoy partido político legal.

¿De todas aquellas voces furibundas que el domingo pedían guerra, cuántas van a coger los fusiles y van a ir a matar y hacerse matar en los campos de batalla?

¿Los “niños” del expresidente Pastrana o los hijitos del expresidente Uribe tomarán las armas para defender la patria en los campos colombianos, enfrentándose en combate con las guerrillas? ¿Lo harán los hijos y nietos de Sarmiento Angulo, de Ardila Lülle, de los Santodomingo, de los Gillinski, de los Char? ¿Lo harán los familiares del ministro de la guerra, de la vicepresidenta, del ministro Carrasquilla, del fiscal Martínez Neira? ¿Lo harán los hijos de Vicky Dávila, de Claudia Gurisatti, de Darío Arizmendi, de Néstor Morales?

La respuesta es NO. Los muertos del lado de la policía y del ejército los ponen los pobres y clases medias (que en Colombia también son pobres). Los muertos de las guerrillas también los ponen los pobres.

No nos quitamos la camiseta. La paz hay que buscarla y construirla, pero con acuerdos y cambios. El consenso ficticio es pensamiento único, en un país que es y tiene derecho a ser variado.

@MarioossaM