Quién sabe qué fábulas puede urdir sobre su propia vida la muchacha que se toma cientos de fotografías en una sola jornada. A lo mejor su media naranja hace a lo mismo a unas cuantas cuadras de distancia y las pulsaciones de los teléfonos crean entre ellos una red de comunicaciones que los mortales no alcanzamos a sospechar.

Por Gustavo Colorado

GUSTAVO COLORADO IZQEl tópico es antiguo: la literatura es una suerte de espejo que nos devuelve el mundo vuelto de revés. Así, mientras en los cuentos de hadas la heroína pasa por toda clase de infortunios antes de alcanzar la esquiva felicidad, en la vida cotidiana las cosas empiezan mal y terminan peor: del altar a la audiencia de divorcio media cada vez menos tiempo. El relato sería así una especie de compensación ofrecida por Dios, o el azar, para ayudarnos a corregir la realidad.

Pero al espejo le ha surgido un poderoso competidor: las selfies, ese curioso ritual en el que los hijos de la sociedad post industrial se aferran al último credo posible: la contemplación de sí mismos.

Como disponía de tiempo, observé la escena de principio a fin. En una de esas ceremonias en las que gradúan de no sé qué cosas a niños que a duras penas pueden caminar, un pequeño disfrazado de pollo deambulaba por ahí, mientras su joven madre se consagraba a fotografiarse a sí misma durante al menos dos horas. Cada vez más insatisfecha, se pasaba el pelo de un lado a otro del cuello, se encrespaba las pestañas y alisaba el vestido en busca de la siempre elusiva perfección. Luego descansaba unos diez minutos y reiniciaba la tarea. Entretanto, sus padres- los abuelos del pequeño pollo- la miraban como quien vigila una estrella a punto de apagarse en la noche.

Conjeturo que estos chicos ya no leen cuentos de hadas porque el relato son ellos mismos y los destellos de la pantalla de su teléfono son las páginas del libro. Quién sabe qué fábulas puede urdir sobre su propia vida la muchacha que se toma cientos de fotografías en una sola jornada. A lo mejor su media naranja hace a lo mismo a unas cuantas cuadras de distancia y las pulsaciones de los teléfonos crean entre ellos una red de comunicaciones que los mortales no alcanzamos a sospechar.

Hay algo de metafísico en ese empecinamiento. A lo mejor la gente, agobiada por el vertiginoso paso del tiempo y el talante inasible de los sucesos, trata de aprehender el instante como una prueba de existencia. El destello de una prenda en la vitrina, la mirada del extraño que pasa, el automóvil desde el que la miran, el plato servido en el restaurante: todo puede ser una prueba a la hora de la disolución.

Así que, mientras los profesores le damos vueltas a la cabeza en busca de las claves para “promover la lectura” resulta que estos chicos ignoran los libros porque solo tienen tiempo para leerse a sí mismos, en una suerte de ritual narcisista en el que la pantalla del teléfono hace las veces de agua cristalizada. Va uno a saber qué miedos, qué anhelos, qué sospechas alientan los practicantes de esa liturgia mientras intentan atrapar la imagen perfecta: el momento exacto en el que la princesa encantada despierta de su sueño y el sapo se convierte en príncipe. La realidad por fin puesta a salvo de las miserias del tiempo.

Jorge Luis Borges anhelaba un paraíso de libros y temía un infierno de espejos. Por eso volvía una y otra vez a las páginas de Alicia en el país de las maravillas. Los hijos de la burbuja digital sueñan distintos paraísos y temen otros infiernos. Al menos eso es lo que sospecho cuando veo a esta chica poseída por el desasosiego emprender por enésima vez la tarea de fotografiar su propio cuerpo, como si temiera su inminente desintegración. Acaso en la alta noche, ante la certeza de que nadie la mira, acepte que, como el resto de los mortales- jóvenes o viejos- ha perdido otra batalla