Así pues, en la dicha o en el infortunio, en el placer o en el dolor, el goce de narrar está siempre presente para acompañar y darle otro sentido a la aventura humana.
Por: Gustavo Colorado Grisales
Cuenta Mircea Eliade que en los campos de concentración soviéticos tenían más posibilidades de sobrevivir los prisioneros que corrían con la fortuna de tener un cuentero entre sus compañeros de celda. De alguna forma los relatos les insuflaban fuerzas para soportar el tormento.
Del mismo modo, en Las Mil y una Noches la princesa Sherezada consigue eludir una y otra vez la cuchilla que pende sobre su cabeza, hilvanando una historia interminable cuyo desenlace mantiene en vilo al rey.
En la infancia la lectura de cuentos constituye la forma más certera de adentrarse en los inciertos meandros del sueño, plagados de pesadillas.
Más adelante, los amantes se hechizan unos a otros tejiendo historias reales o inventadas acerca de la propia vida.
Así pues, en la dicha o en el infortunio, en el placer o en el dolor, el goce de narrar está siempre presente para acompañar y darle otro sentido a la aventura humana.
Ese goce lo encontramos en cada una de las páginas de Crónicas de Eme Zeta, la selección de textos periodísticos de Emilio Correa Uribe, publicada por el Instituto de Cultura y Fomento al Turismo de Pereira, como una de las obras ganadoras de la convocatoria de estímulos 2015, en la categoría Obra inédita de un autor fallecido.
Como sucede siempre con este tipo de textos, los de Emilio Correa Uribe resultan imposibles de clasificar. A través de su lectura, uno va del artículo de opinión a la viñeta y del ensayo breve a la anécdota, pasando por ejercicios que rondan la ficción. Por eso lo más práctico es definirlos como crónicas, en tanto este género supone de entrada un intento de recrear las situaciones experimentadas por un individuo o una sociedad en un momento dado. Para el cronista la ciudad en particular y el mundo en general son apenas un pretexto para contar historias.
En el caso de Crónicas de Eme Zeta (este era uno de los seudónimos del autor), se trata de la Pereira comprendida entre 1921 y 1954. Tres décadas que abarcan hasta un año antes del asesinato de Emilio Correa Uribe durante el gobierno del dictador Gustavo Rojas Pinilla.
Una muestra de esa ciudad aparece en el texto titulado Un oficio peligroso:
La última que nos faltaba. La verdá, pa´ mi Dios, que la noticia me tiene completamente preocupado. Casi que no pude pegar los ojos. Y es que no es para menos. Un hombre anda por allí “desnudándose completamente” delante de las señoras del sexo femenino y “descubriéndoles” la América, con una frescura que puede usted reírse de los salpicones de lulo, del Delaware y del Gallito Punch…
No está malo el oficio que se consiguió este compatriota. Ahora la situación no se presta sino para que todo el mundo ande desnudo. A menos cantidad de ropa, mayor economía y ya se sabe que esa es la política del gobierno: economizar, economizar, economizar. Este prójimo, cuyo nombre sentimos no poder publicar, es un “económico”. Nada de pantalones, nada de saco, nada de ropa interior. Nada de nada.
Salpicadas de una permanente dosis de humor negro que le debe mucho a la tradición picaresca propia de estas tierras, las crónicas dan cuenta de los fenómenos políticos y culturales, así como de los adelantos tecnológicos que transformaron día a día la vida de una aldea que, muy temprano, y como resultado de su posición geográfica, experimentó una incesante corriente de inmigración que sembró en sus habitantes la inquietud por los prodigios y horrores acaecidos en tierras lejanas.
Así, Eme Zeta se ocupa de Hitler y del cine mexicano; de las modas llegadas de Norteamérica y de los prejuicios religiosos del vecindario; de la situación económica y de la guerra con el Perú; de los ideólogos liberales y conservadores, así como del bullicio de los vecinos que escuchan radio a todo volumen: la aldea y el planeta se dan cita en esos textos cortos marcados por un sello común: el humor y el cuidado del estilo que hacen de ellos producciones literarias dignas de una tradición tan conspicua como la que remite a Luis Tejada en Colombia, a Roberto Arlt en Buenos Aires o a José Martí en La Habana y Nueva York.
Publicadas en el periódico El Diario, fundado por el propio autor, las crónicas llevan títulos como: Una metida de “Pata”, Los tres pelos del gato negro, “ Muera el orador…” ¡ El colmo, señor, el colmo!, Tapen eso, bárbaros o El Suicida desconocido. Siguiendo ese rastro, el lector puede tomarle el pulso a una ciudad signada por una permanente pugna entre su talante liberal y la asfixiante vigilancia de la ortodoxia católica. Sus textos devienen así agente liberador que oxigena el enrarecido aire a sacristía y nos devuelve de paso el viejo y saludable goce de narrar.
PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
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