Así, entre una digitalización y otra, no sólo ha acumulado un banco virtual de libros, si no que ha podido confirmar que cada lector es un universo particular que se puede comprender a partir de los libros que este lee.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea 

“Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnifica ironía me dio a la vez los libros y la noche”, de esta manera inicia Borges su canónico Poema de los dones; pienso en esos versos mientras reviso dos libros que tengo en mis manos, uno de Ana Ajmatova, Réquiem, y el Diccionario de sinónimos castellanos de Roque Garcia.

Los observo, ojeo, abro de un lado para otro viendo la calidad de estas obras artesanales y agradezco a Sebastián por su buen trabajo. Ese es el nombre ficticio que le daremos al protagonista de esta columna y hacedor de libros.

Todos los que profesamos un amor casi enfermizo por los libros nos hemos encontrado con las barreras que impone el mercado para acceder a determinados autores. Allí, frente a la vitrina, debemos soportar con actitud estoica ver el libro deseado y debajo el precio que supera las expectativas de nuestros bolsillos. Abandonamos la librería haciéndonos la promesa de que volveremos en poco tiempo por aquella joya literaria o filosófica o científica que guarda un secreto que nos desvela; promesa que en muchas ocasiones no podemos cumplir.

Qué decir de aquella sensación de derrota al pasar por librerías de todo tipo y preguntar por un libro y en ningún lugar pueden dar razón del título. Caminamos exhaustos, con una desazón en los labios y un malestar en nuestras bibliotecas donde debería estar el libro que buscamos.

Sin embargo, la vida es extraña y llena paradojas que en ocasiones nos perjudican o en otras logramos salir beneficiados. Así, a través del comentario de un amigo me enteré de la existencia de alguien que hace libros. Según me contó después, él realiza la labor de indagar por diferentes medios, internet, bibliotecas locales o de otros lugares, bibliotecas de amigos o conocidos para encontrar el libro que el cliente esté buscando.

Después de hallar la obra, este artesano de las letras, digitaliza el libro, imprime, encuaderna, empasta y revisa. La obra debe quedar impecable, porque no es una mercancía cualquiera, ya que aquel que ha realizado el pedido suele estar embargado por la ansiedad de llevar meses e incluso años tras la búsqueda de aquel texto. Sebastián lo sabe y por eso se toma el tiempo para realizar una obra que deje satisfecho tanto al cliente como a él.

Mientras relata los laberintos en los cuales ingresa para poder acceder a una obra, recuerda con gracia uno de los pedidos de mayor dificultad. Un estudiante de posgrado de alguna universidad de la región necesitaba con urgencia un libro del cual solo hubo una edición de doscientos ejemplares de hace décadas, es decir, un libro escaso y costoso.

Cuando por fin encontró un ejemplar que había sobrevivido al tiempo y al olvido, no pudo evitar el estupor al enterarse del precio, el dueño de aquel libro tasaba su valor en un millón doscientos mil pesos. El costo lo daba la necesidad del cliente y la avaricia desmedida del dueño. Como no es usual que los amantes de la cultura sean prósperos empresarios o generadores de capital, aquel estudiante tuvo que dejar el libro en manos del dueño, un agiotista del saber.

Abatido ante la imposibilidad de tener en sus manos el libro que necesitaba solo pudo esperar. Aunque no pudo reproducir el libro, sí lo hizo un familiar del estudiante al que se le pidió que buscara en una biblioteca pública durante su viaje por Europa. Allí se pudo sacar una copia y mandarla a Colombia, aquí Sebastián hizo su labor, digitalizó, ajustó, imprimió, encuadernó y empastó.

El libro pasó de valer un millón doscientos mil a costar cuarenta mil pesos. Además, se rompió con ese monopolio del saber que la economía y la avaricia suelen tener sobre algunos libros.

Es imposible no preguntarse por el inicio de esta labor, después de escuchar con atención las búsquedas y lo delicado del proceso de elaboración de un libro. Sebastián cuenta que estudiaba una carrera de humanidades, esas donde abundan las fotocopias y los estereotipos de intelectuales que solo tienen dinero para un café.

Allí, en una de las clases se pidió leer el Alcibíades de Platón, aquel diálogo donde Sócrates interroga por la justicia y la naturaleza humana. De esa lectura y como si la vida fuera también una nota a pie de página de las obras de Platón, decidió fotocopiar el libro y empastarlo. Lo que fue un acto individual y sin mayores pretensiones, desencadenó en una lista de pedidos que con los días irían aumentando.

Cabe resaltar que este hacedor de libros no pretende convertirse en un emporio editorial paralelo de libros escasos, sabe que su labor es más simple y profunda, acercar esos libros perdidos en el tiempo a sus nuevos lectores. Esta actividad puede analizarse en varias direcciones, según él.

Por una parte, cada libro que fabrica es un puente entre él y sus clientes. Ya que, nunca está de más ojear esos libros, leer apartes y construir una imagen de la personalidad de aquel lector. Así, entre una digitalización y otra, no sólo ha acumulado un banco virtual de libros, si no que ha podido confirmar que cada lector es un universo particular que se puede comprender a partir de los libros que este lee.

Al mismo tiempo, esta labor artesanal termina por ser una apuesta con tintes rebeldes. En el sentido de arrancar del mercado aquellos títulos a los que solo puede acceder una pequeña elite académica y económica. En este caso, esos pequeños libros, encuadernados en cuadernillos, logran romper la censura que impone la economía y llegar a esos individuos que anhelan saber un poco más.

Continúo la conversación al tiempo que toco los nuevos libros que llegarán a mi biblioteca. Cada libro pasa por ser una llave para comprender un poco mejor este mundo y Sebastián lo sabe, por eso su labor de hacedor lo llena de un orgullo que lleva en silencio.

*ccgaleano@utp.edu.co