GUSTAVOCOLORADOVencido, me ofreció un vaso de agua a modo de recompensa. Atravesé la sala, presidida por una máquina de escribir marca Olivetti y una colección de discos de vinilo en la que sobresalían la Primera Sinfonía de Brahms, el Sticky Fingers de  The Rolling Stones y El violín de Becho, de Alfredo Zitarrosa.

Por: Gustavo Colorado

No resistí la tentación de contarles la historia de mi encuentro con El hombre oxidado. Como bien saben ustedes, caminar por las montañas equivale para mí a la misa dominical de muchos mortales. En mis recorridos suelo cruzarme con personas que piden  alguna cosa: agua, pan, orientación sobre la ruta, la hora o un simple saludo.

En esta ocasión fue distinto. Era una de esas mañanas luminosas que le hacen honor al nombre anglosajón para el día domingo: Sunday. El hombre  estaba de pie junto a la puerta desvencijada de su finca y me pidió que le diera una mano para empujar su auto renuente a encender o a dar cualquier señal de vida mecánica. “Debo hacer una diligencia y el maldito no responde”, dijo a modo de explicación. Era un tipo de unos sesenta años, de figura estilizada y buenos modales, con la característica nariz roja de los borrachines por vocación. En el cuello lucía una profusión de collares que bien podían hablar de un pasado hippy o de una reciente conversión a las causas ambientalistas.

Fue así como entré a  la casa de El hombre oxidado. Mi primera impresión fue la de una pieza floja en los goznes del tiempo. Por las grietas del patio de cemento se asomaban unas minúsculas plantas de flores amarillas,  animadas por una curiosidad recién descubierta. En un cobertizo que alguna vez fue albergue de gallinas devenido mausoleo de objetos domésticos se apilaban sillas de mimbre, sofás despanzurrados, maletas con sellos de aduana de países remotos, sombreros de plumas sin plumas, neveras portátiles, libros de hojas marchitas como mariposas disecadas, aparatos de radio, guantes de beisbol y pelotas de baloncesto.

Este hombre viajó mucho y un día se apeó o alguien lo abandonó en esta estación fuera del tiempo y el espacio, pensé  mientras empujaba, en un esfuerzo inútil, su viejo Dodge de los años setentas que gemía entre estertores de latas como un  enfermo desahuciado.

Vencido, me ofreció un vaso de agua a modo de recompensa. Atravesé la sala, presidida por una máquina de escribir marca Olivetti y una colección de discos de vinilo en la que sobresalían la Primera Sinfonía de Brahms, el Sticky Fingers de The Rolling Stones y El violín de Becho, de Alfredo Zitarrosa. Instalados en la cocina rehusé sentarme en una silla metálica que amenazaba ruina y me concentré en la visión de una enorme nevera con aire de ballena encallada,  sobre la que reposaba un horno de microondas  cubierto por una capa de óxido que  le daba aspecto de armadillo. De vuelta a la sala me detuve ante una colección de ejemplares del Almanaque Mundial en cuyos mapas todavía figuraban países como Abisinia, Yugoslavia  o El Congo.

Pero todavía me esperaban sorpresas. De una de las paredes colgaba un calendario detenido en el mes de marzo de 1993. Tal vez  fueron los días en que, por alguna razón, mi anfitrión se deslizó fuera del sistema o este lo expulsó a él por alguna falta, un vicio o una pasión secreta. Fue por esa época cuando decidió abandonarse al mismo ritmo  irrevocable de sus objetos domésticos, me dije. Entonces comprendí: lo que en principio confundí con bronceado era en realidad una pátina de metal que lo acercaba a la condición de escultura antigua, quizás uno de sus secretos anhelos.

Cuando le devolví el vaso vacío después de beber un agua con sabor a herrumbre vi en el dedo anular de su mano derecha el resplandor dorado de una sortija matrimonial. El único objeto a salvo de la capa metálica que parecía constituir el ADN de la casa. Algo adivinó en la expresión de mi rostro, porque me paralizó con el fulgor de sus ojos acuosos invitándome  a no formular preguntas personales. Le pedí ayuda para empujar mi carro, fracasamos en el intento, lo recompensé con un vaso de agua y eso es todo, me decían esos ojos detenidos, como la casa misma, en un paisaje remoto. De modo que le agradecí el agua, lamenté no haber sido de mucha utilidad y seguí mi camino, imaginando las múltiples circunstancias que pudieron haber llevado a El hombre oxidado a echar anclas para  siempre en esta grieta del tiempo.