GUSTAVO COLORADO IZQRespondiendo a alguna señal secreta que no alcancé a captar, todos desenfundaron sus teléfonos y cámaras digitales enfocando ora a Beto, ora a su dueño o a la veintena de animales invitados al agasajo.
Por: Gustavo Colorado Grisales

Parecía la escena de una de esas películas delirantes de Federico Fellini o Carlos Saura: un montón de perros de distintas razas adornados con moños y gorros de colores, arrastraban a sus amos hasta el centro del parque de Los Álamos en Pereira. Sobre una mesa adornada con festones los esperaba una enorme torta con forma de hueso.

La jauría jadeaba y ladraba, mientras hombres mujeres y niños hacían lo propio. Un anciano con cara de jubilado próspero anunció con voz entrecortada que su perro Beto estaba cumpliendo el primer año de vida. Ese era el motivo de la fiesta. La turba humana prorrumpió en una salva de aplausos mientras algunos vecinos, curiosos, se asomaban a los balcones de los edificios. Respondiendo a alguna señal secreta que no alcancé a captar, todos desenfundaron sus teléfonos y cámaras digitales enfocando ora a Beto, ora a su dueño o a la veintena de animales invitados al agasajo.

Olvidaba un detalle: había, además, dos gatos colados que todo el mundo ignoró.

Y mierda de perro. Mucha mierda de perro.

Contemplándolos, entendí por qué tantos afirman que ya no hay redención para la tribu humana, tal es su grado de desesperación.

Por lo visto, a nadie se le ocurrió pensar en lo más elemental: el homenajeado ignoraba que asistía a su propio cumpleaños, como lo ignoraban todos sus congéneres aulladores. A diferencia de los humanos, su vida transcurre fuera del tiempo, esa invención de seres atribulados por la fragilidad y por eso mismo creadores de dioses y consuelos.

La parranda humano perruna alcanzaba por momentos el paroxismo. Una anciana con el pelo teñido de color morado arrojaba puñados de confeti a la concurrencia que, agradecida, la recompensaba con decenas, cientos de fotografías tomadas con sus teléfonos y multiplicadas por el mundo a través de WhatsApp.

Como corresponde a un país de retóricos, uno de los asistentes hilvanó un discurso, interrumpido de inmediato por el griterío: en estos curiosos ritos modernos no hay mucho lugar para las palabras.

Fracasados en el intento de comunicarnos con el prójimo a través del amor, la amistad o la complicidad, nos volcamos ahora sobre el reino animal con la desesperada esperanza de los náufragos.

Sobra advertir que la escena me capturó desde el comienzo. Contemplándola, recordé el episodio de histeria desatado en las redes sociales por la muerte de un perro apuñalado por un transeúnte que se sintió atacado.

Ese día mi mente hizo ¡Plop! Por supuesto, se trataba de un acto terrible, incluso imperdonable… pero ¿no mueren todos los días personas apuñaladas o acribilladas a tiros y a nadie le indigna eso? Algo irrecuperable debe haberse desmoronado en nuestro interior para que sucedan cosas tan extrañas como esas: la fiesta de cumpleaños de un perro; la indiferencia ante la tragedia humana contrastada con la exasperación ante el sufrimiento animal; la incomunicación de los parroquianos reunidos en un parque. Esa torta con forma de hueso destacaba en medio de todo como el símbolo de unos tiempos signados por la banalidad. Parecía el anuncio de una cruzada. Como la Cruz Gamada; como la hoz y el martillo. Quién sabe. A lo mejor esas personas estaban plantando los cimientos de una nueva y singular religión cuya divinidad es el vacío. Nada más que el vacío.