La muerte de Sergio, es una muerte infame, inaceptable, dolorosa; es un asesinato perpetrado por todas las manos de quienes defienden y reproducen la hipócrita doble moral que nos asfixia.

Gloria Por Gloria Inés Escobar Toro

Muchos años atrás leí el libro Alexis o el tratado del inútil combate de la magistral escritora Marguerite Yourcenar. Su lectura por primera vez me hizo reflexionar en esas batallas interiores, y por ende ocultas, que libramos los humanos cuando encontramos que aquello que somos, sentimos y pensamos riñe con esa invisible pero firme y presente malla llamada cultura, esa red de ideas, valores y creencias, que rige nuestras vidas.

Cultura que es presentada por quienes la defienden como respetuosa, abierta y moral -es decir, correcta y sana-, pero en realidad es un instrumento que constriñe, excluye y muchas veces destruye como lo hizo con Sergio Urrego, el joven de 16 años que el pasado 4 de agosto se suicidó empujado por una sociedad que no tolera sino una sola forma de ejercer la sexualidad a pesar de que la realidad ha demostrado la enorme diversidad que existe de vivirla.

Y es que aunque el suicidio se considera un acto libre y voluntario, y por tanto el único culpable es quien lo realiza, en no pocas ocasiones la encerrona, el maltrato y la impotencia ante situaciones creadas por la misma cultura, se convierten en el dispositivo que activa la máquina de la muerte por mano propia.

Las cartas de Sergio, sus mensajes y llamadas a amigos y familiares reflejan el desespero, angustia y rabia frente a una sociedad que ha impuesto una moral única de la cual difícilmente se puede escapar ileso. Sus últimos días son el registro de un combate que en este caso, pero de manera trágica, también resultó inútil, como en el libro de Yourcenar.

Alexis, el personaje central del relato de la escritora belga, libra una fuerte y silenciosa lucha contra sí mismo, contra lo que era y sentía: “Sólo podía juzgarme según las ideas admitidas a mi alrededor: me hubiera parecido más abominable aún no horrorizarme de mi culpa que haberla cometido, por lo tanto, me condené severamente”. Él se esforzó con sinceridad por erradicar de sí el sentimiento e inclinación que sentía por aquello que la cultura le prohibía: la atracción por los de su mismo sexo; al mismo tiempo luchó contra un sentimiento de culpa por no poder responder a lo que se exigía y esperaba de él, por no encajar en el molde único y correcto que algunos han determinado como tal.

El combate que atormentó a Sergio aunque tal vez fue diferente, con seguridad también resultó muy doloroso e inútil, como todos aquellos que se libran en contra de lo que verdaderamente hace parte de la personalidad e integralidad del ser.

Pero finalmente, y sobre todo, el combate librado por ambos seres, el ficticio y el real,  demuestran palmariamente la irracionalidad de una sociedad que carga a las personas con culpas absurdas, que llena sus días de tormento y desasosiego, que las condena a negar y reprimir una conducta sexual que en nada causa daño a la sociedad, que las obliga frecuentemente a vivir una doble vida y una mentira perpetua, que las lastima y agrede al punto de arrojarlas, en muchos casos, a la muerte.

La muerte de Sergio,es una muerte infame, inaceptable, dolorosa; es un asesinato perpetrado por todas las manos de quienes defienden y reproducen la hipócrita doble moral que nos asfixia.

 

Septiembre 11 de 2014