Excúsame Simón, es probable que esto tampoco lo sepas, pero es que el hombre es el único animal que no sabe enfermar, que desconoce cómo morir.

 

Por / Cristian Cárdenas Berrío

“El hombre alberga lugares en su pobre corazón que todavía no existen, y para que existan debe entrar en ellos el dolor”

                                                        León Bloy.

Simón está enfermo, y grave. Esto no pasaría de ser algo anecdótico si no fuera porque Él es un engranaje peludo y fundamental en la dinámica afectiva de la familia, y si no fuera porque aquello de dejar ir a quien se ama se experimenta de una forma cruel y terrible al tener que ponerlo en práctica en la propia vida. Qué lejos siento ahora a Zenón, Séneca, Epicteto y toda esa pandilla estoica con su ideal de imperturbabilidad; lo cierto, queridos sabios, es que la existencia va por otros cauces, discurre por las cuencas de la compañía que origina el apego, del amor que da lugar a una historia en común, y del dolor en el que suelen acabar las empresas humanas.

Desde hace nueve años Simón ha sido una constante amorosa en la casa. Al principio fue una presencia intermitente, entre mordelona y amigable, con la que se compartía el espacio y el amor de mi esposa. Luego, por una dinámica secreta y aún incomprensible y que en todo caso no viene a cuento dilucidar, terminó instalando su vida de forma permanente en nuestro hogar.

Así, de una manera sinuosa pero firme, el compartir se tornó convivencia, lo amigable dio paso al amor, y la presencia se transformó en la conciencia de estar delante de un otro. Bien sé que es poco probable que un perro tenga el concepto de alteridad, pero también sé que “la máquina antropocéntrica” que hemos laboriosamente construido solo reconoce al otro en lo humano y que con este principio nos ha privado de una plena, profunda y fructífera experiencia vital en esta roca que habitamos.

Debo decir que no soy lo que ahora llaman un animalista, ni esto es un alegato a favor de los derechos animales, ni un aporte a la reflexión de Agamben sobre lo humano y lo animal, y no sé qué otro montón de categorías y nociones y teorías y… Soy consciente de que tratar de humanizar un perro es ridículo e inviable, pero creo que la tarea importante es tratar de abrir la propia humanidad para ser más perro.

Por eso estas líneas solo son el esfuerzo de alguien hondamente esperanzado en las palabras que quieren dejar testimonio escrito del paso de un alma plena, de un amante sin atenuantes por nuestras vidas, y, por qué no, también son una manera de entender cómo un animal llegar a ser un otro para uno.

Porque si algo ha hecho Simón es enseñarme, mostrarme que para ejercer las mayores virtudes que los hombres hemos inventado, no hace falta comprenderlas, claro que él ignora los conceptos de lealtad, amistad y amor, pero los ejerce; no sabe que es la compañía y la bondad, y aún así las practica, es más, siento que las cultiva.

Con Simón he comprendido que se puede llegar a tener relaciones de pertenencia que no avasallen, que el amor sin contrapartidas es la única manera sensata de poder ser uno mismo y dejar estar al otro, que aceptar y respetar a quien se ama es la única manera posible de una sana relación afectiva, que la amistad no es una forma de la compensación.

Ulises, el héroe de la Odisea, solo llora dos veces durante sus aventuras. La primera, al ver a Ítaca desde la proa de su embarcación y sobre esto Kavafis y Borges han escrito bellísimos poemas. La segunda, ante el saludo de su perro Argos, cuenta Homero que “Mientras hablaban, un perro que había estado dormido levantó la cabeza y levantó las orejas. Este era Argos, a quien Odiseo había criado antes de partir hacia Troya […] Cuando Odiseo vio al perro al otro lado del patio, se echó una lágrima de los ojos sin que Eumeo lo viera.”

Ulises, el héroe que había ingeniado el ardid del caballo para tomarse Troya, quien había desafiado a Poseidón durante diez años en el Mediterráneo, el que había bajado al Hades y rescatado el vellocino de oro, quien había escuchado a las sirenas y sobrevivido, el que había vencido a los Cíclopes, el mortal que había conocido el doble placer de compartir el lecho con Circe y luego escapar indemne de sus sábanas, rompe en un sollozo al ver a su perro viejo y moribundo sobre una montaña de estiércol, reconocerlo y saludarlo con un leve movimiento de las orejas y la cola, llora al ver que se gastó sus últimas fuerzas en un acto de amor: “Pero Argos pasó a la oscuridad de la muerte, ahora que había cumplido su destino de fe y había visto a su maestro una vez más después de veinte años.”

Hoy entiendo, al fin, el llanto de Ulises, para él Argos era un otro, alguien con quien compartía la caza y la aventura, cosa que Eumeo deja clara más adelante en ese mismo diálogo.

Digo que el héroe ve en su perro a un otro, porque solo en el otro puedo ser yo mismo y en Argos el rey de Ítaca se reconoce, es claro que a pesar de todas sus hazañas Odiseo no sabe quien es él, se ignora a sí mismo; cómo olvidar lo que las sirenas le cantan: “Ven Ulises, nosotras sabemos quién eres y lo que has hecho en Troya”, esa era su mayor tentación y deseo, saber de buena tinta quien era, las sirenas no lo ignoran y de allí su invitación; el héroe griego solo comprende quién es en verdad frente a su tierra y a su perro, reconoce en ellos su verdadera patria y su ser, se sabe por fin él mismo en la verde simplicidad de su tierra y en el amor de su perro Argos que solo reconoce límites en la muerte.

Hoy entiendo también la importancia de compartir la vida con Simón. La semana pasada yo también enfermé, aunque él más que yo, como buen macho de mi especie parecía sufrir lo indecible padeciendo aquella virosis, en medio de mi desazón y aislamiento, aparecía Simón oponiéndose silencioso a sus dolores y achaques; frente a mi inacción ostentosa acostado veinticuatro horas en cama, él parecía reafirmar la vida sin mi gesto teatral; nunca se queja, no sabe qué es lamentarse ante las imposibilidades y fragilidades del cuerpo; no, no es estoicismo, es vitalismo, es validar en cada gesto la valentía que requiere estar vivo, imposible no sentir vergüenza frente al rostro siempre animoso de nuestro perro. Excúsame Simón, es probable que esto tampoco lo sepas, pero es que el hombre es el único animal que no sabe enfermar, que desconoce cómo morir.